El día se hizo pesado. Años cargando una misma historia hace insoportable amanecer y dormir sin rellenar espacios que el tiempo derrumbó. En la mecedora echas de menos infancia, juventud y cuantos detalles del alma construyeron tantos y tantos recuerdos. Recuerdos. Los que permanecen, los que de tarde en tarde recuperan sonrisas, los que de cuando en cuando trasiegan alguna emoción. Ojos adormecidos mirando una puerta siempre cerrada. En aquellas paredes, silencios compartidos y pensamientos aletargados en permanente monotonía. Nada te inmuta. Olvidaste sonreír, abrazar, llorar. Si acaso el dolor, el de verdad, el que cala huesos y embarga miles de imágenes que nunca volverán. Unas manos arrugadas, una mirada baja, un alma agrietada que por no saber, no sabe ni en qué minuto transita, cuántos transcurrieron desde la última vez que la puerta abrió para traer algo de agua a tu vida. Y pasan las horas. A nadie le importa. Ni tan siquiera a ti. El día volverá a irse de vacío. La noche, volverá a ser interminable. Y pasan las horas. Y pasan las horas… Vivir si a tu alrededor todo está quieto resulta cansino. Si sirves o no, si serás primero o último, si merece la pena invertir palabras y una mano cercana en tu vida. Quizá el día en que decidiste vivir y ser tras aquellas paredes, quizá el día que dijiste no, que era la mejor solución, quizá ese día descubriste que uno, aunque se arrogue el derecho y poder de condenarse a estar solo, de dejar de ser un estorbo, a pesar de que aún crees fue la mejor y maldita solución, te sientes solo. Irremediablemente solo. Y cansado. Alguna lágrima. Queda menos. Quizá nada. Pasan las horas. La televisión, ruido, la hora de comer, el día, la noche. Y vuelta a la habitación, a ver si hoy, como hace días, vuelves a soñar. Aquel día fue distinto, supo distinto, olió distinto. Colores, agua, sentimientos, trozos de vida aún no desgastada que en el sueño luchan por exprimirse hasta donde les dejas ir. La puerta se abre. Caminando, dejas atrás tristeza y desencuentro. En tu rostro un atisbo de sonrisa. Mirada al frente. Recuperas el orgullo tanto tiempo escondido. Una brisa devuelve la vida que tantas nubes arrebataron.

La vida volvió a ser lo que era. “Bienvenido al mundo“, dijo. “Andaba esperándote”. “Has tardado mucho”. No supiste qué contestar, pero un esbozo de sonrisa lo delataba todo. Y tu nieto. La mano de tu nieto que te acercaba a lo que un día conociste. Y tu hijo. “Vamos a pasear, papá. Hablemos. Y cuéntame cómo te va la vida, cómo te trata el día, cómo te duerme la noche…”. Dice Fundación Caixa que en nuestro país cerca de 3 millones de mayores sufren soledad. Que es una realidad muy extendida y que, de alguna forma, nos apela e interroga a todos, ya que tiene que ver con algo tan humano como la vulnerabilidad, la fragilidad y las pérdidas. Aun así, a menudo se vive en silencio por el sentimiento de culpa y vergüenza que puede suscitar en aquellos que la padecen. Dice Fundación Caixa que la soledad no se ve, se siente. Algo deberá haber en nuestras manos para que se sienta menos. Estoy convencido de ello... estoy convencido…

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