El lado correcto de la historia

09 de marzo 2026 - 03:07

La historia es una eternidad low-cost, de los chinos: tuvo principio y tendrá fin. Y más ahora que ya sabemos quién tiene la IA y para qué la usa. Quizá la IA, la que ahora, como niña que es, nos sorprende a diario con sus travesuras y ocurrencias, dentro de unos meses –tal es su velocidad de escape–, facilite la destitución de Trump, Netanyahu o Putin, al darse cuenta, a sus progresivas luces, de que estos tipos pueden incluso acabar con ella. La historia, sus relatos, sus testimonios, con frecuencia tergiversados y, por tanto, más o menos fiables, nacen con la escritura. Heródoto, fue el primero que intentó contar el enfrentamiento entre persas y helenos con algo de imparcialidad. Es Cicerón el que la convierte en “maestra de la vida”. De ella dijo: “La historia es, en verdad, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria (…) y mensajera de la antigüedad”. Hay hoy, con Netanyahu y su sicario Trump arrasando con todo, un afán de los líderes mundiales por situarse en ‘el lado correcto de esa historia’. Pero esta eternidad de pacotilla, la que da la historia a las acciones humanas, a diferencia de la que prometen las religiones, no disfruta de un justo juez que, llegado el fin de los tiempos, decida quién estuvo en el lado correcto de la historia y quién en el lado oscuro; que resuelva, sin lugar a duda ni error, quién ha de sentarse a su derecha y quién a su izquierda. Dónde los justos, destinados al goce eterno, y dónde los réprobos, condenados, para siempre, al fuego inextinguible de drones y misiles. Porque los enloquecidos Putin, Netanyahu, Trump, como dioses, proclaman que ellos y sus secuaces, son los que verdaderamente ocupan el lado correcto de la historia. Los acompañan y bendicen popes, pastores y rabinos. Nuestro presidente, huyendo del ‘viceversa’ local –o sea, del “y tú más” que paraliza la política doméstica–, abandona el solar patrio, se enfrenta a Trump y, David redivivo, lanza a la cabeza del matón palabras como peladillas, pellizcos de monja, reivindicaciones de estar del lado correcto de la historia. Su último cohete, exhumado del pasado: el eslogan “No a la guerra”. Con él se arriesga a que el Goliat americano nos mire mal. Por lo pronto, este funambulista incombustible está consiguiendo parabienes y adhesiones mundiales. Y, lo que más irrita a sus enemigos, votos.

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