Porque existen. Porque están allí. Porque un día nos tocó y hace dos días me vi extrañamente consolado en las páginas de este periódico con la iniciativa de unos benditos padres que han donado al Materno de Granada toda una zona de columpios y toboganes para niños hoy entregados a su enfermedad. Porque un día me conté entre ellos. Porque sigue habiendo gente buena en este mundo. Y porque me apetecía recordarlo…

“Lo vi pasar a mi lado. De la mano de su madre. Apenas dos años. Asomando el pañal por el pantalón, después de un viaje que dura más de lo que debiera. Seguro, erguido, sabe dónde va. Vida. Sólo vida. Sin ninguna voltereta más. Unos pasos atrás, su abuelo. “Bebo, entra conmigo”. Apenas articula palabra. La cita es a las ocho y media. “Bebo, entra conmigo, ¿eh?”. Avanzan deprisa, lo deprisa que diminutos pasos ofrecen a su edad. Planta séptima. Materno Infantil. Granada. El camino se hace largo. Pelón. Tan pequeño, ya conoce la rutina de los martes. Tan pequeño, ya esconde entre silencios una vida entera en los pasillos del hospital…”.

Donde termina la sala de espera, se encuentra el pasillo de las habitaciones. Es más largo, impone más. Ese juega con el futuro, con lo que no supimos entender, con la dificultad de vivir cuando el puzle decide no encajar. En esa sala nada importa: éxitos personales, reconocimientos, orgullo, nuestra existencia e identidad… sólo tiempo para maldecir, para preguntar porqué a él, porqué no a ti, qué hizo para merecerlo. Y cuesta trabajo. Cuesta mucho creer en algo que no sea regresar a la normalidad.

Nunca lo pensé. La condición humana tiene un sexto sentido para apartar la desgracia, para hacer como si no fuera con nosotros. Pero hete ahí que un día te toca, que tienes que afrontarlo. Ese día te das cuenta que ni las olas, ni el mar, ni tan siquiera una puesta de sol volverá a ser como antes. Ese día te levantas, atraviesas el pasillo de la séptima y te das cuenta que la vida solo tiene un sentido: dejar alguna vez de atravesarlo. No es un drama. No me lo invento. Existe. Os aseguro que existe.

A pesar de todo, sonríen. Y juegan. Y lo sientan entre ellos mientras esperan. Desde hace tiempo sólo cabe esperar. Y no mirar mucho más allá del presente que viven. “Jose, te toca”. Jose da un salto del asiento y se levanta. De su mano recorren el pasillo. “Bebo, vente ya”. Voces. No son ángeles. Son de aquí, del terruño, de bata blanca. “Qué guapo vienes hoy”, “quién te ha regalado esas zapatillas”, “cuando terminemos te voy a enseñar lo que se ve en el microscopio”. Aunque sea interminable el pasillo, la vida tiene que sonreír para ellos. Día tras día, llevar sonrisas a sus vidas. A sus niños. A sus pelones. Es su obligación de día, pero no acierto a saber cómo serán sus noches.

Pues eso, la esperanza. Que sigue viviendo en el materno de mi ciudad…

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