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Rafael Sánchez Saus
Vista a la derecha en el PP
En la ceremonia de los Bafta en la que Una batalla tras otra recibió seis premios, dijo Paul Thomas Anderson: “Cualquiera que diga que las películas ya no son buenas puede irse a la mierda”. El pestilente lugar al que tan groseramente manda a quienes lo digan me sirve para definir su película. De una parte, nadie dice que esta simplona generalización de que las películas, todas, así, en general, ya no son buenas. Y de otra, aun en el caso de que alguien, equivocándose, lo dijera, estaría en su derecho de opinar libremente de acuerdo con su gusto y su criterio. Por qué haya inventado esta estupidez que no responde a ninguna realidad quizás dé una pista que ayude a comprender el declive de su filmografía, que tan extraordinariamente arrancó.
Que el cine estadounidense lleva décadas sufriendo una importante bajada de calidad media es un hecho. Que grandes talentos individuales siguen creando grandes películas es otro hecho. Como lo es que la última película de Paul Thomas Anderson es tan grotescamente pretenciosa como torpe en su ambición satírica. Por mucho ambientador de premios que le echen –Globos de Oro, Critic Choice Award, César, Bafta–, a los que se sumarán muchos de los 14 Oscar a los que está nominada, no desaparecerá el olor a la materia orgánica a la que manda a quien diga esa imbecilidad (que nadie ha dicho) de que “las películas ya no son buenas”. Además de gran escultor, como tan bellamente lo definió Yourcenar, el tiempo es también un gran crítico y la pondrá en su sitio.
Quien fue la esperanza del más inteligente, sensible, creativo y rotundo cine estadounidense, el autor que nos deslumbró entre 1996 y 2007 con las cada vez mejores y más ambiciosas Sidney, Boogie Nights, Magnolia y Pozos de ambición, da la razón a sus imaginarios enemigos que manda a la mierda con el desarrollo posterior de su filmografía, especialmente con Puro vicio y Una batalla tras otra que, por no citarme, Carlos Boyero llamó “un bostezo tras otro” y calificó como “una de las películas más tontas e insoportables del año” y “un delirio sin causa”. Lo que sea –el ego hipertrofiado, el incienso de las críticas, los laureles de los premios, la falta de autocrítica– ha restado valores a su obra. Y le ha hecho decir esta grosera estupidez.
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