La colmena
Magdalena Trillo
¡Es el petróleo, estúpido!
En el debate generado por las recientes movilizaciones médicas se ha instalado una etiqueta recurrente: los médicos son “privilegiados”. Es una descalificación eficaz porque evita cualquier tipo de análisis. Basta pronunciarla para dar por cerrado cualquier debate. Sin embargo, la realidad profesional de muchos médicos en el sistema público, especialmente en Andalucía, desmiente ese tópico. El camino hacia la medicina comienza pronto y no es sencillo. Acceder a la carrera exige años de estudio intenso, renuncias personales y una presión académica constante para alcanzar notas de corte muy altas. La formación universitaria es larga y exigente, pero no garantiza estabilidad laboral. Tras finalizarla, muchos aspirantes necesitan varios años de preparación para superar la oposición MIR, en un contexto de una fuerte competencia. La etapa de especialización tampoco puede calificarse de cómoda. Cinco años de formación con una elevada exigencia asistencial, numerosas guardias mensuales, a menudo sin libranza y una responsabilidad creciente. Finalizada la especialidad, no siempre existe una incorporación inmediata como especialista. Muchos de nosotros/as hemos encadenado contratos como médicos generalistas en urgencias o en centros hospitalarios municipales. Trabajando ya como especialistas, hemos tenido el “privilegio” de los contratos “búho”, con trabajo nocturno y fines de semana, jornadas de 24 horas y una elevada carga de guardias mensuales; todo ello con sueldos casi mileuristas. Durante años, muchos profesionales enlazaban contratos eventuales de corta duración, a veces renovados mensualmente, seguidos de largos periodos como interinos. No es infrecuente que la estabilidad laboral llegue bien entrada la madurez profesional. ¿Son todos estos privilegios? Confundir prestigio social con condiciones laborales dignas es una simplificación interesada. Las huelgas médicas no buscan conservar ventajas, sino advertir del deterioro de un sistema que se apoya de forma estructural en la precariedad y el desgaste de sus profesionales, especialmente de los médicos. Un sistema así termina resintiéndose, y cuando lo hace, el impacto alcanza inevitablemente a los pacientes. Lo cierto es que yo, como médico me considero un privilegiado, por ser capaz de curar y aliviar el sufrimiento a cualquier ser humano. Y ese agradecimiento que diariamente recibo de los y las pacientes, es lo que me ayuda a seguir amando mi profesión. Esto sí que es un verdadero privilegio.
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