Nuestro idioma cuenta con una auténtica enciclopedia de sabiduría popular resumida en un refranero al que habitualmente se recurre, pero al que no se hace, por lo general, el debido caso. Estos simples, pero a la vez profundos pareados, cuentan con numerosas citas "taurinas", como no podía ser de otro modo y, entre ellas, la más popular es la de "el toro de cinco y el torero de veinticinco". Hoy en día el toro suele tener cuatro, que no es mala edad, pero el torero supera con creces esta edad, hasta el punto de que muchas carreras alcanzan las "bodas de plata" e incluso las superan. El viejo dicho de "renovarse o morir", en el buen sentido de la palabra, no suele tener cabida en el refranero "taurino". Que un padre conceda la alternativa a su hijo, salvo casos excepcionales de reaparición para esa única ocasión, refleja una longevidad en activo difícil de congeniar con un espectáculo que demanda nuevos alicientes.

Que un torero se mantenga como figura más de dos décadas tiene tan solo dos explicaciones, o los toros han perdido buena parte de su raza, lo que permite andar en su cara con cierta "soltura", pese a la lógica merma de facultades asociada al paso de la edad, o los nuevos "valores" no han puesto sobre el tapete esa "raza" que les falta a los cornúpetas y que les permita desbancar a unas figuras que languidecen en sus intocables puestos. El toro de cinco... y se necesita con urgencia "refrescar" el escalafón. Dado el poco compromiso de las grandes empresas con el futuro de la tauromaquia, dadas las escasas oportunidades para los nuevos valores y que a partir de dos funciones, contaran con una novillada picada en su feria. Todos y cada uno de los grandes seriales que salieran a la luz deberían tener novilladas para lanzar nuevos valores, con el objetivo de que esos jóvenes no llegaran a Madrid a la desesperada a matar una auténtica corrida de toros en puntas. Y lo hacen sin bagaje ni experiencia. De esa crueldad tienen culpa las empresas y aficionados que luego no son capaces de exigirle igual a quien manda en el escalafón. El toreo tiene que apostar sin condenarles a un infierno del que salen escaldados. La reconstrucción debe de empezar con novilladas en plazas de tercera y segunda, con la exigencia de escenarios de tercera y segunda, para que cuando se le exija en un coso de primer orden puedan afrontarlo.

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