Tribuna

José Luis Hernández Pérez

Exalcalde de Guadix

Padre Poveda, Guadix se la debe

El mejor homenaje podría ser poner una estatua del sacerdote en la recién remodelada Alcazaba como el reconocimiento definitivo de toda la ciudad a la labor y el sacrificio que realizó por los más débiles

Viñeta recogida en el libro 'Un amigo valiente, Pedro Poveda' de Margarita Bartolomé.

Viñeta recogida en el libro 'Un amigo valiente, Pedro Poveda' de Margarita Bartolomé. / EGU

OY un profundo admirador del Padre Poveda y se lo digo a todo el mundo. Es imposible ser de Guadix, del barrio de las cuevas y no sentirse "povedano". Lo bonito y también lo justo, sería que este sentimiento fuera compartido por todos los vecinos y vecinas de la ciudad de Guadix. Pero los prejuicios, las envidias y la oscuridad de aquella época lejana de principios del siglo XX que aún perduran en ciertos sectores sociales, lo impiden, de momento. Pedro Poveda no es un santo de barrio, es un santo universal.

Estoy convencido de que con un pequeño esfuerzo pedagógico y sin complejos, dando a conocer su obra y la complicidad que tuvo con la gente humilde y buena de esa barriada de cuevas, se podría lograr el reconocimiento deseado. Es cierto que prestó un gran servicio a una parte de la ciudad, pero no podemos olvidar que era la más necesitada. Tuvo la sensibilidad de ver a los invisibles, a los que se pretendía esconder, y comprometerse con ellos, brindándoles cariño –tan necesario– a través de la cultura y la educación, lo que le ocasionó graves problemas, "que a punto estuvo de costarme la vida" –dejó escrito–. Es sorprendente comprobar como su acción, en tan breve tiempo, alcanzara un impacto tan grande y duradero.

A estas alturas de la película, ya va siendo hora de que todos los habitantes de Guadix conozcan sus méritos y los aplaudan con orgullo, agradeciendo a este accitano de vocación –no de nacimiento– los enormes sacrificios y el duro trabajo que realizó por los desamparados. Sinceramente creo que el Padre Poveda se merece el homenaje y agradecimiento de Guadix en su conjunto, y así lo reivindico.

Corría el año 1894 cuando un muchacho de Linares, llamado Pedro José Luis Francisco Javier Poveda Castroverde, se trasladó a Guadix para continuar los estudios teológicos en el seminario, quería ser sacerdote, "instrumento de Cristo". Tres años después lo consiguió, ordenándose en la diócesis accitana y dando comienzo a su labor evangélica.

Pero este joven sacerdote no podía sustraerse del pensamiento que le perseguía desde su época de estudiante, y que sin saber por qué era tan recurrente a la hora de sus paseos diarios por la Alcazaba, lugar de expansión y meditación de los seminaristas. Por ese tiempo, le gustaba asomarse, desde ese promontorio y observar la amplia zona de cuevas y cerros, de la que nadie quería hablar, "si hay que hacer apostolado –se repetía– ése es el lugar".

Es imposible ser de Guadix, del barrio de las cuevas y no sentirse "povedano"

Fue en el año 1901, ya como sacerdote, cuando se adentró en el barrio –que carecía de caminos de acceso, sólo había veredas– para dar catequesis a sus moradores. Quedó prendado de esos niños y niñas, de las personas humildes, sencillas que lo contemplaban con ojos abiertos y agradecidos. Ya no pudo desprenderse de sus hermosas miradas. El compromiso estaba adquirido y no había marcha atrás, su conciencia lo impedía.

Se puso manos a la obra, buscó colaboradores y dinero para financiar el proyecto socio-educativo, ideado por él. En el centro de este hábitat, creó talleres para adultos, fundó las escuelas del Sagrado Corazón de Jesús y al comprobar la desnutrición de sus futuros alumnos y alumnas, puso en marcha unos comedores sociales. Mediante la formación pretendía la transformación social.

Para estar cerca de ellos y ser uno más de la comunidad, se alquiló una cueva. Realizó una tarea humanitaria, educativa y de formación profesional. Este compromiso le acarreó muchos disgustos e incomprensiones. Parte de la ciudad –especialmente la jerarquía eclesiástica– no entendían que malgastara sus energías en esas pobres gentes. Les disgustaba el protagonismo –no buscado– que iba adquiriendo esta "oveja descarriada". El obispo, Maximiano Fernández del Rincón, que también fundó unas escuelas, en la ciudad, en este caso las de la Presentación, lo percibía como rival directo en sus aspiraciones a la santidad.

Tal fue la presión que ejercieron sobre él que se vio obligado a abandonar la ciudad un fatídico 11 de febrero de 1905. De madrugada, sin hacer ruido, con una maleta de cartón y en la más absoluta soledad, subió la carretera de Murcia en busca del tren. Las gentes del barrio –tan faltos de atención y cariño– sintiéndose ninguneadas e indignadas, se manifestaron durante seis largos meses, frente al Palacio Episcopal. En alguna ocasión, el alcalde intentó poner orden y le rompieron la vara de mando en sus narices. Para poner freno a las protestas, exigían el regreso del maltratado sacerdote.

Éste, nunca más volvió a la ciudad y el rayo de luz y esperanza que supuso, se apagó, y al barrio regresó la oscuridad y el abandono durante decenas de años, hasta la llegada de los ayuntamientos democráticos que se emplearon a fondo en dignificar la zona, dotándola de servicios, agua potable, luz, asfalto, recogida de basuras y otras infraestructuras.

El Padre Poveda, después de unos años de meditación y estudio se convirtió en un gran pedagogo, siendo su principal preocupación la formación de los formadores, basada en cuatro pilares de obligado cumplimiento. El estudio en profundidad de las técnicas avanzadas y de sus creadores; la obligación de poner en práctica estas técnicas de vanguardia; dar vida a lo aprendido mediante la escritura y conferenciar a través del diálogo y la participación. En el centenario de su nacimiento, fue declarado por la Unesco como "Pedagogo y Humanista".

Desde el primer momento, apuesta de manera decidida, por la mujer para desarrollar su proyecto educativo; apuntaría que “no está el mérito en la casa, ni en el menaje, ni en otras cosas, el mérito está en vosotras, en vuestro trabajo, en la enseñanza, en el buen ejemplo, en la puntualidad, esmero, vocación, amor, con que os consagráis, a la enseñanza”. Por ello, desde ciertos sectores se le define como uno de los primeros hombres "feministas".

En este contexto, y justo un año después de la autorización de la entrada de la mujer en la Universidad en 1911, fundó "la Institución Teresiana" como "Asociación internacional de laicos comprometidos con la Iglesia para la promoción humana y la transformación social, mediante la educación y la cultura", cuyo lema es Deus Scientiarum Domino, "Dios Señor de la Ciencia".

El sacerdote apostó de manera decidida por la mujer para desarrollar su proyecto educativo

Son ellas, "Las Teresianas", las que a lo largo de los años, han mantenido encendida la llama "povedana" en el Barrio de las Cuevas de Guadix. De manera generosa y altruista han dado continuidad a las escuelas fundadas en su día por el sacerdote visionario. Con metodología vanguardista y pionera, forman a sus estudiantes potenciando, de manera decidida, el diálogo entre el maestro y los alumnos. Gracias y mil veces gracias a ellas, por mantener el compromiso adquirido y por considerar a estas escuelas como el "corazón" de la obra "Teresiana", ampliamente extendida, a nivel nacional e internacional.

Por todas estas razones, sinceramente creo, que el Padre Poveda, elevado a los altares en el 2003, se merece la consideración, el aplauso y el homenaje de todos los accitanos y accitanas. Este homenaje popular podría consistir en ubicar una estatua, a cuerpo entero, a ras de tierra, del sacerdote Poveda en la recién remodelada Alcazaba –su lugar de inspiración- justo en la muralla por la que se asomaba para contemplar su querido Barrio de las Cuevas.

Esta estatua sería el reconocimiento definitivo de toda la ciudad a la labor y al sacrificio que realizó por los más débiles, a la sensibilidad mostrada para con los olvidados. Atraería a grandes y pequeños que lo podrían acariciar mientras admiran, junto a él, ese bello paisaje de cerros arcillosos y cuevas encaladas. El Padre Poveda se lo merece, Guadix se la debe.

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