Una imagen de Xavier Pagès-Corella durante el concierto de la OCG Una imagen de Xavier Pagès-Corella durante el concierto de la OCG

Una imagen de Xavier Pagès-Corella durante el concierto de la OCG / Antonio L. Juárez / PhotographersSports

Este fin de semana, con permiso de la pandemia, de las vibraciones telúricas, de la meteorología y de la autoridad competente, se interpretó en el nazarí Auditorio Manuel de Falla el ciclo Cinco canciones granadinas que, con textos de Rafael Guillén, ha compuesto Xavier Pagès-Corella. Para ello, la Orquesta Ciudad de Granada actuó con el tenor David Alegret y el propio compositor en el podio.

Pueden servir estas palabras de análisis, pero aún más quieren subrayar, quizá innecesariamente, la importancia que este evento ha tenido para Granada. Si la actividad musical se viene demostrando ya indispensable como elemento idiosincrático en la moderna personalidad ciudadana, nos encontramos con que, además, se produce el estreno de una obra escrita para nuestra orquesta; ni un músiconi un instrumento de más ni de menos.

Un hecho así, que siglos ha fuera tan cotidiano en el devenir de la producción musical, es hoy una rara avis que no surca nuestro cielo todos los años; ni siquiera todas las décadas. Y sin embargo, la perspectiva avala la necesidad de estos vuelos, antes que dejar que la temporada de una orquesta sea un mero museo reproductor de viejos clásicos de otros lares, aunque esta sea una labor importante.

La savia nueva no solo reverdece el panorama musical; la personalidad cultural granadina, más allá de la capacidad de repetir bellamente, se pone en primera división de la creación con una producción propia de nuestro tiempo, con una posible embajadora sonora y literaria que estará lista para representarnos en los auditorios más lejanos mientras haya fascinación por las artes.

Lo excepcional también nos devuelve a todos la emoción de la incertidumbre, porque solo el compositor tiene nociones de la prestancia sonora de la obra. Y solo aproximadas porque, sobre las tablas del escenario, el empaste sonoro real de la partitura tiene su propio duende, y los intérpretes le aportan una buena parte del atuendo.

Para la confección de la pieza, Pagès se ha inspirado en los textos de uno de los más notables autores de la poesía en castellano que a sus casi 88 años, cuando la tierra está en reposo, habita junto la interseción del Darro y el Genil. Las Cinco canciones granadinas de Guillén aparecieron publicadas por primera vez en 1986, dentro de una antología en homenaje a Lorca ensamblada por Gallego Morell. Más popularidad alcanzaron al ser incorporadas en 1993 a la tercera edición del Cancionero-guía para andar por el aire de Granada, título que, desde que viera la luz en 1962 con los dibujos de Antonio Moscoso, fue nutriéndose de otros poemas de temática granadina incorporados por el poeta.

Guillén, viajero constante y desembarazado, con una pluma en sus cuartillas generosamente enmendadas, los pies en cualquier parte del mundo y la cabeza a menudo al otro lado de lo conocido, se detiene en este volumen atípico en la recreación del aire de su entorno primero, con textos de concienzudo arraigo y sin desdeñar las métricas populares.

En breve, una tumultuosa entrada del tejido orquestal permitió al tenor asir el aire para exclamar: "¡Si yo alcanzara a la aldaba / para llamar a las puertas / del alba!", dando paso al ciclo que la magia del compositor ha musicalizado cuidadosamente y que no cejará hasta que, envuelto por el tañido apagado de las campanas, oigamos los versos finales de la quinta de las canciones: "De tiempo, más que de bronce, / la campana que vela en la torre". Estas campanas, las tres de que consta el campanólogo de la Orquesta Ciudad de Granada, fueron las mismas tres que siempre oímos, despuntando el alba, en los últimos compases de El amor brujo de Falla, con textos de María Lejárraga.

Es de notar la brillante y larga tradición de compositores catalanes inspirados por el embrujo y la temática andaluza, en la que vamos a poder encuadrar esta obra. Baste recordar someramente a Abéniz con Pepita Jiménez, la suite Iberia o Zambra granadina; a Pedrell con L’ultimo abenzerraggio; a Valls con la Suite andaluza para contrabajo; a Gerhard con Alegrías o a Montsalvatge con el Concierto del Albaycín. Y catalanoparlante era el Tàrrega de Recuerdos de la Alhambra, o el Penella de El gato montés. El propio Pagès ya recreó la figura de Juan de Sessa en su Suite Juan Latino.

Pero no quisiera dejar de hacer mención al hecho, importante también, de que antes del estreno del viernes -y junto a la coral Oración después del canon, de Arvo Pärt y la Serenata para tenor, trompa y cuerda, sobre una antología de poemas nocturnales musicados por Benjamin Britten (magníficas piezas sobre las que hay abundante bibliografía)-, la orquesta recuperó la obra Mulhacén de Nicanor de las Heras. Esta bella obra, encargo de las III Jornadas de Música Contemporánea de Granada, fue escrita también para la OCG y estrenada por esta formación bajo la dirección de Juan de Udaeta. Era también febrero y en el mismo auditorio, aunque en el año de gracia de 1992.

Un concierto con un estreno así, y un feliz reestreno, es un tren que sobrepasa el ámbito puramente musical. Solo se presenta una vez, por primera vez, en la estación y hay que estar allí para ver cómo se ensancha el morro de su locomotora hasta llenar con los vagones el espacio reverberante. Sus bellas hechuras fueron las del arte creado para nosotros, con el esfuerzo de nuestra gestión programática y económica, en las que nos hemos de ver reflejados como sociedad propia de una capital cultural. Después se le espera un largo recorrido internacional y que, de vez en cuando, vuelva a casa; seguramente con el bagaje del tiempo y del roce de las vías.

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