La tribuna

Cruzando la mediana edad

Cruzando la mediana edad

Escritor Y Periodista

Se cumplan o no años en enero o febrero, a cierta edad los meses del invierno parecen invitarnos a cruzar el paso medio de lo que ha dejado de ser ya una larga andadura. Enero sobre todo bien podría ser el mes hospitalario de la mediana edad. Decía Jung que la vida comienza a los 40 años. No antes. Hasta entonces uno sólo ha estado haciendo investigación. Por eso es a esta edad cuando la vida comienza, como si se tratara de un renacimiento de células existenciales, y no porque tengamos las respuestas a la pesadumbre y la angustia, sino porque nos hacemos las preguntas correctas, incluidas las que nada preguntan y se quedan como interrogantes suspendidos en un vacío pleno. En la mediana edad, señala Jung, los hombres recuperan lo que fue reprimido en la mocedad y acogen su parte femenina inconsciente, el ánima, mientras las mujeres abrazan su opuesto, el ánimus, el eterno masculino inconsciente.

Delimitar la llamada crisis de la mediana edad ha ido variando según las generaciones. Hubo un tiempo en que se fijó entre los 30 y los 50 años, aunque hay quien asegura, a sus 70 años, que siente estar atravesando la calzada de la mediana edad. Algunos estudios demuestran que quienes tienen alrededor de 60 años sintieron el desequilibrio vital hacia los 53, mientras los de 40 databan el temblor interior a los 38. Más que cronológica, la datación de la mediana edad es más un trasunto espiritual, que se revela cuando la madurez levita y se advierte al contraluz su voluta sin forma, como si fuera el humus de la vida en su esencia. Alcanzado tal estadio de elevación, entre el olor a madera dulce de sándalo y el aroma a incienso divino, uno celebra su propia sensación de beatitud, no importa si al modo de la paganía ajena o si bajo un halo de ofrenda a Dios.

En 1965 el psicoanalista canadiense Elliot Jaques acuñó la expresión “crisis de la mediana edad”. Habló también del “pesimismo contemplativo”, esa actitud de escucha con los ojos y que uno abraza dejando atrás todo idealismo juvenil. Quizá no haya una estación más apropiada que el invierno para acoger el pesimismo contemplativo de uno mismo y de sus semejantes. Su reflejo, pictórico y bello, revierte en lo que también contemplamos ahí fuera tras la ventana de cada cual, allí donde ha caído la nieve o la helada de la noche, o donde el sol brilla en lo alto sin calentar las entrañas de la carne en los hombres y los animales, y donde el cielo de lapislázuli, entre tanta lluvia, luce puro y diáfano en la mañana fría, igual que el cielo que estoy contemplando yo ahora tras mi balcón, mientras escribo estas líneas no sé si tan puras y diáfanas (ya disculparán la confidencia).

Así y todo, la ciencia parece refutar la idea que asocia el pesimismo de la vida a la mediana edad. Uno parece hallar un bienestar difuso pero inefable cuando en mitad de la ruta se observa desde fuera en la intersección de la luz y la sombra, del ascenso y la caída, del dolor y la epifanía, de los sueños y las decepciones. Ocurre cuando asumimos –otra vez Jung– la enseñanza no heridora de la individuación. Leonardo Da Vinci se dio cuenta de ello al decir que “quien no puede lo que quiere, ha de querer lo que puede”.

Muchas de estas cuitas existenciales en torno a la mediana edad las he escuchado varias veces en la triste Navidad pasada en R3 por voz del Niño de Elche en Extrañas Heterodoxias, en el programa dedicado a la cuestión y que suele incluir música afín según los temas tratados de semana en semana. Debo la escucha de este podcast a la persona amiga que uno halló en mitad del camino, como todo lo que parece ocurrir en el decurso maduro de la vida. “¿Debo olvidar las cosas que sabía?”, se pregunta Leonard Cohen en Travelling Life, viajando ligero, como dice la canción. O como sugieren, con heterodoxo contrapunto, las sevillanas del Inventario de Ecos del Rocío, y que repiten que “de los 40 pa’rriba no te vayas a mojar, que ya pa’lante se mira y queda menos que pasar”. En la mediana edad uno descubre lo insólito, como que hasta una sevillana del tiempo ido nos alcanza cuando creímos perdido su compás

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