Sostener, como tantos analistas hacen, que la captura de Nicolás Maduro por parte del ejército estadounidense ha terminado con el Derecho Internacional, es como decir que los Diez Mandamientos han dejado de ser un código penal fiable: un anacronismo de enfática puerilidad.
Hace ya mucho que el Derecho Internacional no es más que un pilar más del nuevo régimen político que ha venido a sintetizar los antiguos –comunismo, capitalismo, fascismo–: el ilusionismo. Cuando en el año 22 Rusia juntó tropas en la frontera ucraniana, se dijo que Putin no pisotearía el Derecho Internacional, que sólo quería provocar. Ya ven. En cuanto a la masacre de Gaza, y las decenas de resoluciones de las Naciones Unidas convenientemente dictadas conforme a los principios del Derecho Internacional, poco hay que decir: son fuente primordial del ilusionismo que impera en todas partes, además de prueba fehaciente de que quizá va siendo hora de repensar la utilidad de las Naciones Unidas, que como espejismo capital de nuestra era es la institución que desde luego mejor sirve a los propósitos del nuevo régimen.
Así que espantarse ahora de que Trump haya violado el Derecho Internacional –rama del derecho que regula las relaciones entre Estados cuyas normas emanan de tratados y principios fundamentales del derecho– para, en una operación muy susceptible, por lo quirúrgica y efectiva, de haber sido acordada con agentes venezolanos, no deja de ser de una ingenuidad entrañable. La ingenuidad se multiplica cuando se comprueba que en los planes de Trump no estuvo nunca devolver la soberanía a los venezolanos y abolir un régimen cuya última sinvergonzonería manifiesta, ante los ojos de un mundo impasible, fue robar descaradamente unas elecciones en las que fue ampliamente derrotado. A los chavistas les ha dado tiempo más que suficiente para adueñarse de todas las fuentes de petróleo de Venezuela y por lo tanto a Trump le conviene que los chavistas se perpetúen en puestos de poder para, a cambio de las mordidas que crea necesarias y la entrada de empresas norteamericanas para la extracción de petróleo, hacer lo que nadie discute que sabe hacer: negocios. Les va a dar tiempo suficiente para que formulen también el espejismo de una transición democrática que desactive a María Corina Machado, que hace mal en confiar tan ciegamente en la jugada ilusionista de Trump, aunque qué otra cosa podría hacer.
De ilusionismo sabemos mucho aquí. En pocos países se ha instaurado con tanta fuerza el ilusionismo como en España. Un presidente de gobierno que se desdice cada dos por tres, un consejo de ministros incapaz de presentar un presupuesto al Congreso, a pesar de lo cual no convoca elecciones, un parlamento de nivel vergonzoso, una oposición incapacitada, y todo sigue más o menos adelante, como si lo que conocemos por vida pública sucediera sobre las tablas de un escenario y fuéramos meros espectadores de una obra sin mucha sustancia y constantes giros dramáticos y cómicos que se tapan los unos a los otros: ilusionismo en estado puro.
Obviamente nada de ello sería posible sin los adelantos tecnológicos y la marabunta de voces y ruido propiciada por las redes sociales: la prueba más evidente de la llegada del ilusionismo como régimen político cuyo afán esencial es inventar la realidad que mejor le convenga a quien mande (así en China, el comunismo es capitalismo de estado y en Estados Unidos el liberalismo se pone a las órdenes de una empresa mayor, el patriotismo) es precisamente la efervescencia y vértigo con que la Inteligencia Artificial va colonizándonos hasta el punto de que ya no se sabe qué es real y qué no. Las propias imágenes del asalto a Caracas parecían una creación de la IA. De aquí a nada, la realidad sólo será una cuestión doméstica, cada cual sufrirá la suya –un accidente, un diagnóstico nefasto, una deuda– mientras por encima de ella se irá creando una pegajosa realidad virtual, teatralizada, funesta, donde conceptos que hasta ayer mismo tenían cierto valor –Democracia, Soberanía, Derecho Internacional– se habrán convertido en meras ilusiones. No, no es casualidad que el movimiento que lidera Trump se llame MAGA.