Tribuna

Javier Castejón Casado

Cirujano y profesor de la Facultad de Medicina de la UGR

El lenguaje de políticos y científicos en la pandemia

Mientras unos se empeñan en alimentar esperanzas inútiles poniendo fecha a la consecución de la deseada vacuna contra el coronavirus, los otros caracterizan sus comentarios por la prudencia

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una de sus intervenciones El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una de sus intervenciones

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una de sus intervenciones / Efe

A cualquier ciudadano avezado debe extrañarle el diferente tono con que unos y otros, científicos (médicos, virólogos, epidemiólogos, preventivistas y especialistas de todo tipo) y políticos (presidente de gobierno o comunidades autónomas, ministros, consejeros, etc.) abordan el tema de la pandemia que amenaza nuestras vidas y nuestro bienestar cotidiano.

Pongamos el ejemplo de la vacuna. Mientras los políticos se empeñan en alimentar esperanzas inútiles poniendo fecha a la consecución de la deseada por todos vacuna contra el coronavirus y el comienzo de la vacunación universal de los ciudadanos, los científicos caracterizan sus comentarios por la prudencia en términos de fecha de obtención de la vacuna y la necesaria longitud en el tiempo de estudios comprometidos con la seguridad de la misma.

A este respecto, podemos citar las palabras del ministro Illa, quien, el pasado 26 de agosto afirmaba en Twitter que a finales de año tendríamos en España las primeras dosis de la vacuna. A esta afirmación se sumó también el presidente Sánchez, quien el pasado 7 de septiembre se atrevía a decir que "esperamos que en el mes de diciembre podamos empezar a vacunar a parte de la población de España".

Donald Trump, presidente de Estados Unidos Donald Trump, presidente de Estados Unidos

Donald Trump, presidente de Estados Unidos / Efe

En el ámbito internacional, los políticos también parecen hacer un uso artero de las palabras cuando se trata de prometer la deseada vacuna. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha prometido varias fechas sobre la aparición y dispensación de la vacuna, postergándola siempre ante la evidencia de que ésta no terminaba de obtenerse en los laboratorios. El pasado 16 de septiembre desautorizaba a uno de los principales expertos sanitarios de su Gobierno, al afirmar textualmente que "seremos capaces de distribuir 100 millones de dosis de vacunas para el final de 2020, y luego un número muy grande después".

¿Qué dicen los científicos al respecto? Paralelamente a las afirmaciones que hemos citado, podemos resaltar la reciente reseña que nos enviaba el reputado virólogo Luis Enjuanes, del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC, cuando afirmaba que "lo de la vacuna en 2020 son fechas más bien políticas que científicas". Esta era su respuesta cuando, en un programa de televisión del pasado 9 de septiembre, el presentador cuestionaba lo siguiente: "El Gobierno español y otros gobiernos están hablando de distribuir las primeras vacunas dentro de tres meses. ¿Son plazos realistas?".

En este mismo orden de cosas, el conocido cardiólogo Valentín Fuster, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, ha llegado a afirmar, a propósito de los políticos y su prisa por la vacuna que teme que la impaciencia se imponga a la ciencia, e incluso llega a afirmar que "no se puede mezclar la política con la ciencia".

También podemos citar a Bonaventura Clotet, director del Institut de Recerca de la Sida IrsiCaixa y jefe del servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona, quien estima que no será hasta dentro de dos años cuando llegue la vacuna.

Una momento de una vacunación, en este caso de la gripe Una momento de una vacunación, en este caso de la gripe

Una momento de una vacunación, en este caso de la gripe / Salvador Diges / Efe

En medio de unos y otros se halla el ciudadano estupefacto, víctima potencial del coronavirus y protagonista asombrado de tanta información que le apabulla y no le aclara, que le sorprende y no disminuye en un ápice su temor a la pandemia y la amenaza que ésta supone para él y los suyos. Cuando escucha a los políticos, se siente esperanzado de la pronta vacuna; cuando escucha a los científicos, frunce el ceño y se incrementa su incertidumbre y su miedo. ¿A quién creer? ¿A esos políticos, que por otro lado son quienes tienen el poder inmediato de organizar nuestras vidas, decidiendo las medidas a seguir en cada momento, o a los científicos, que no tienen poder sobre nuestras rutinas, pero son los que conocen la intimidad genética del coronavirus y su comportamiento frente a los componentes de las vacunas que van construyéndose en los laboratorios?

El ciudadano se halla estupefacto, asombrado por tanta información que le apabulla y no le aclara

Esta confusión, a la que nos atrevemos a llamar babélica, –en recuerdo de la Torre de Babel cuya construcción en la búsqueda del cielo fracasó debido a que la multitud de lenguajes de su constructores impidió el entendimiento entre éstos y la consecución de la obra– sume al ciudadano en una estupefacción tal, que le imposibilita hacer un análisis de las circunstancias que le rodean ante tal cúmulo de datos confusos, cuando no contradictorios, que llueven sobre su mente no experta en estas cuestiones.

Aún más incompresible para el ciudadano que la cuestión de la fecha de las vacunas, es la relatividad multicambiante de las fronteras del virus y las medidas diversas que anuncian e imponen las autoridades en comunidades autónomas vecinas, cuando no en pueblos adyacentes o en comercios de calado similar; medidas que no parecen estar demostrando mucha eficacia en el control de la pandemia, a juzgar por la evolución de las cifras de contagios, hospitalizaciones y muertes.

El ministro Salvador Illa El ministro Salvador Illa

El ministro Salvador Illa / Efe

¿Entiende el virus de fronteras entre pueblos vecinos, cuando a uno se le confina porque ha superado la temida tasa de 500 contagios por 100.000 habitantes y el de al lado sólo presenta una tasa de 450 contagios por 100.000? ¿Está sirviendo para algo que unos barrios de Madrid se vean confinados y otros no? ¿Entiende el ciudadano que, en nombre de la salud, se impida a los estudiantes de Granada ir a clase, pero no a reunirse en los bares? ¿Se comprende que un día los comercios tengan que cerrar a las 22:00 horas, y al día siguiente a las 20:00? ¿Se habrá enterado el virus de que ya no hay clientes en los bares a las 20:00 horas?

Es evidente que todas estas medidas, tomadas desde el terreno de lo político, no parecen estar teniendo un resultado muy eficaz en la contención de la pandemia.

A principios de octubre, un total de 55 sociedades científico-médicas, que aglutinan a 170.000 profesionales sanitarios, solicitaban, en un manifiesto común, dirigido a los políticos, decisiones basadas en la evidencia, intentando (desde la actitud siempre no beligerante de la ciencia) darles un "tirón de orejas", al decirles aquello de "en Salud, ustedes mandan, pero no saben". La prestigiosa revista médica, The Lancet va más lejos al afirmar que una de las principales negligencias contra la evidencia es la negativa de los políticos españoles a evaluar sus propias decisiones sobre la pandemia.

José Miguel Cisneros, jefe de enfermedades Infecciosas del hospital Virgen del Rocío de Sevilla y antiguo presidente de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica, firmante del manifiesto, reflexiona: "España ha sido la primera en la primera ola y primeros en la segunda. No hemos aprendido por falta de evaluación, no se ha hecho autocrítica ni se ha usado la evidencia disponible y esto es lo que reclamamos".

Se puede resumir todo ello en que siempre han existido dos formas de hablar o comunicar lo que se sabe acerca de la realidad, en este caso, acerca de la pandemia y sus consecuencias sobre el ser humano: el lenguaje de la ciencia y el lenguaje de la política.

Del lenguaje científico sabemos que es conciso, escueto, claro y concreto; se basa en la evidencia, y reconoce sus propias limitaciones en el conocimiento de la realidad. Así parece que hablan nuestros científicos, pero no nuestros políticos.

El lenguaje científico se basa en la evidencia; el político, en la demagogia y el oportunismo

Del lenguaje político intuimos que no es así, pues desgraciadamente parece basarse en el oportunismo, la demagogia, la promesa incumplida y, por supuesto, la relatividad de las decisiones que pueden ser cambiantes de un día para otro y con escasas y poco claras explicaciones a la ciudadanía. Todo ello sin entrar en las contradicciones que continuamente escuchamos entre unos y otros, pareciendo acusarse mutuamente del mal que aqueja al ciudadano. Decía hace poco el conocido periodista Iñaki Gabilondo que, debido a las contradicciones sobre esta cuestión entre políticos de uno y otro signo, el ciudadano debería sentirse como si fuera pasajero de un avión y de repente, en medio de una gran tormenta de aire, comprobara que los componentes de la tripulación, pilotos y copilotos, comenzaban a pelearse entre ellos, dejando los mandos de la nave al albur de la tormenta.

Entre unos y otros, políticos y científicos, vaga el ciudadano que quiere comprender la realidad de lo que sucede y nutrir su cerebro de ideas fecundas que le permitan abordar con esperanza el sacrificio o esfuerzo preciso ante la amenaza del virus. Pero se encuentra ante la confusión babélica que le impide atisbar, no ya la sombra del cielo adonde querían llegar los constructores de la torre bíblica, sino ni siquiera escapar a la incertidumbre y al miedo que entre virus y políticos le meten en el cuerpo.

Javier Castejón Casado es médico cirujano en el Hospital Virgen de las Nieves, profesor Facultad de Medicina de Granada y experto en Epidemiología y Metodología de la Investigación.

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