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Tribuna

Salvador Moreno Peralta

Arquitecto

La oposición en sus trampas

Cuando un político de la oposición llega al poder tiene que hacer un máster acelerado en realismo, porque las cosas son siempre más complejas de lo que parecen fuera de él

La oposición en sus trampas La oposición en sus trampas

La oposición en sus trampas / rosell

Aunque pueda parecer discutible, el hecho de poseer el poder te da una leve primacía moral sobre el hecho de no tenerlo. Tener el poder al menos te genera la responsabilidad de ejercerlo, de responder ante los ciudadanos, te hayan elegido o no. Si tienes verdadera vocación política -y admitamos que a ese llamamiento no responden sólo los forajidos- el poder te instiga a dejar huella de tu paso por la pequeña o gran historia de su ámbito de influencia. Por contra, hacer oposición, traducido a la política española, significa que has estado impidiendo que tu adversario gobierne por todos los medios a tu alcance, movido por el ánimo primario y asilvestrado de arrebatarle el sillón a dentelladas sin parar mientes en que quizás cuatro años después te tocará gobernar a tí. Y es entonces cuando te das cuenta de haber cometido un error de cálculo.

Cuando no se gobierna hay barra libre para proponer lo que haga falta con tal de aplastar al contrario sabiendo, positivamente, que poco o nada de lo que se vocea se puede realizar; pero este asunto ya lo dejó ontológica y antológicamente claro doña Carmen Calvo con el llamado "principio de la dualidad desinhibida", según el cual uno no es lo mismo cuando es oposición que cuando es gobierno, lo que sin duda es lógico, porque ni los cielos ni las bastillas se asaltan con manuales de ciencia política, sino con la seducción irresistible de las quimeras, ya sea invocando la consecución del paraíso en la Tierra o modestas utopías de andar por casa. A la gente le molesta mucho que le engañe quien gobierna, pero es más tolerante con las mentiras de quien aspira a gobernar, porque éste tiene a su favor la consustancial insatisfacción del ser humano, que siempre anhela algo mejor que la realidad y su terca inclinación a decepcionarnos, de ahí que uno suela apuntarse al bombardeo de las esperanzas, aunque sean falsas.

Así que no se trata, no, de hacer o decir lo contrario de lo que se hacía o decía en la oposición, ni siquiera de mentir descaradamente, pues eso forma parte de las reglas del juego. De lo que verdaderamente se trata, como en el clásico De la guerra de Clausevitz, es de desgastar el poder del gobernante mediante un doble ataque de flanco: por un lado, mediante un asfixiante marco jurídico-normativo que, so pretexto de regular los más sutiles derechos de las personas, animales o cosas, convierte a la Administración en una enorme boñiga de opacidad impenetrable, bajo la permanente amenaza de su judicialización, porque no es fácil cumplir sin mácula con tal avalancha de preceptos. Y por otro, esa forma de fascismo postmoderno que es la corrección política, la cual, sin tener que recurrir a la violencia, confina igualmente a la razón en los campos de exterminio de la esterilidad y la muerte civil. ¡Cuántas barbaridades, cuántas idioteces se dicen y se hacen hoy en nombre de la ley y la corrección! Está claro que conceptos como memoria histórica, perspectiva de género, paridad laboral, protección del patrimonio, del medio ambiente, de los animales, etc…forman parte del bagaje moral con que una sociedad, al plasmarlos en el derecho positivo, da cuenta de su grado de civilización, certificando venturosamente que el progreso no es un mito, sino el vector ascendente sobre el que la Humanidad cabalga. Bien. Pero este juicio optimista no nos impide lamentar que el espíritu de las leyes inspire menos el interés público que una confrontación política en la que ese interés público no se ve por ninguna parte.

Cuando un político de la oposición llega al poder tiene que hacer un máster acelerado en realismo porque las cosas son siempre más complejas de cómo se contemplan sin el compromiso de actuar sobre ellas. Es entonces cuando se da cuenta de que con su dogmatismo filibustero sólo había conseguido dejar sus responsabilidades en manos de los burócratas y en unos micropoderes gremiales que encontraron su nicho ecológico entre las rendijas de un poder resquebrajado por los complejos de culpa de la política, imponiendo desde ahí la feroz dictadura de la bondad, virtud que detentan en exclusiva. Y así, por ejemplo, ya ni podrá derribar chabolas, por haber defendido antes el valor antropológico de la mugre, ni podrá construir viviendas sociales, por seguir a los que proclaman el intrínseco carácter especulador del ladrillo, ni incluso podrá sembrar huertos urbanos, por no haber consultado con los expertos en Medio Ambiente otras alternativas a las zanahorias. Esclavo de las majaderías a las que se entregó cuando aspiraba al poder, ahora es víctima de las trampas que le tendió su desenfadada demagogia. Así que, como castigo …¡a gobernar!

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