Los finales de año traen balances. Como las listas de sus mejores libros. Será porque es benéfico leer, pese a que una influencer lo pusiera en duda, haciendo sin querer una gratuita y magnífica campaña promocional de la lectura. No creo en estas listas: los medios suelen elegir libros editados por el grupo que los respalda o de autores que colaboran con ellos. Y además, ¿quién ha leído casi todo lo publicado como para elegir lo “mejor” del año? Uno ni siquiera ha leído el que encumbrará la mayoría, La península de las casas vacías, aunque sea lector por encima de todo (tanto que debería pedirle a maese Moliní que cambie la palabra escritor, que aparece junto a mi nombre, por la de lector: sería más fiel a la realidad y, ahora que hay más escritores que lectores, me daría cierto toque chic). Habrán oído hablar mucho de él, como también de tres grandes obras que están, sin duda, entre lo mejor de 2025: la novela Oposición de Sara Mesa; el ensayo, que algunos se empeñan en llamar novela, El verano de Cervantes de Muñoz Molina; y la edición, con sorprendente y avivada polémica, de las crónicas escritas por Chaves Nogales durante la Segunda Guerra Mundial, por vez primera reunidas. Así que vaya el foco a otros títulos menos promocionados.
Entre las novelas destacan el gran ensueño, así en minúscula, como escribe su autor, Celso Castro, una especie de Lobo Antunes gallego, con pocos temas y lugares que exprime con rara originalidad y una prosa de ritmo musical. Los retratos desparejados, de Gonzalo Núñez, trama sin que se noten costuras uno de los relatos más viejos del mundo, el del desamor, con una historia de retratos pictóricos desparejados. Los años decisivos, primera novela de José Mateos, uno de nuestros mayores poetas vivos, que ha creado un personaje femenino memorable y trazado con verosimilitud y envidiable prosa un esbozo de la España del último medio siglo. Y Un adiós, novela corta con la que Bárbara Arena ha debutado magníficamente.
Juan Bonilla es conocido de sobra, pero quizá su brillante poemario Los días heterónomos haya ensombrecido Simios apóstoles, libro de ensayos, apuntes, digresiones, etcétera, género que Bonilla maneja con hábil perspicacia. Por cierto, es uno de los primeros congetianos, secretos admiradores de José María Conget, de quien hay que reseñar su Egocentrismos, recopilación de piezas que suelen tildarse de menores aunque sean pura literatura. Sobre Conget se lamenta siempre que no esté reconocido como merece. Y es verdad. Una propuesta: que no acumulen Cervantes, Princesa de Asturias y premios de este fuste en los mismos nombres, que se repiten sin necesitar ya más reconocimientos, pues tienen de sobra, y dejen alguno para los pocos Conget que van quedando. Otro libro reseñable: el dietario Contentamiento de Enrique García-Máiquez. Máiquez está tocado por la varita de la gracia (divina, diría él), ese raro don que vuelve encantador cualquier texto, aun sobre un asunto nimio.
Entre obras extranjeras traducidas este año, dos especialmente destacables: Quien tiene miedo muere a diario, donde el fiscal Ayala narra la lucha contra la mafia siciliana, que acabó con las vidas de sus compañeros Falcone y Borsellino en 1992; y El jardinero y la muerte, en el que el búlgaro Gospodinov cuenta la agonía y muerte de su padre, con un inicio memorable: “Mi padre era jardinero. Ahora es jardín” (claro que de ser bancario…).
María José Rico ha escrito Llegar a esto, un libro de poemas que revela una extraña y melancólica belleza en medio de la desolación. Menos esperanzado, paradójicamente, que Un invierno en otoño, el soberbio poemario que escribió herido ya de muerte Antonio Rivero Taravillo, quien ha dejado obras inéditas que, esperemos, irán llenando de libros póstumos las aún vacías estanterías de los años venideros.