Tomás García Rodríguez

La simbología de las aves y el cambio climático

La tribuna

La simbología de las aves y el cambio climático
La simbología de las aves y el cambio climático

10 de febrero 2019 - 02:39

Desde las civilizaciones antiguas, las aves han estado relacionadas con la enseñanza moral, el contacto con lo sobrenatural y los rituales para la predicción del porvenir. Del Paleolítico y Neolítico nos llegan imágenes representativas de pájaros en pinturas rupestres y petroglifos, seguramente con alguna intención de alabanza a los dioses o como invocación a la abundancia de caza y cosechas. En Chipre, en las Cartas de Amarna del siglo XIV a. de C., aparece la palabra auspicium, augurio de acontecimientos futuros a través del vuelo, el graznido o las migraciones. Cuervos, buitres y aves migratorias eran los principales instrumentos proféticos entre los pueblos pretéritos y están muy presentes, por ejemplo, en los mosaicos romanos. Es sabido que los cónsules consultaban siempre los auspicios de los augures antes de entrar en combate... y también los contrayentes indecisos antes de la boda.

El Ave Fénix en el mundo grecolatino encarnaba, entre otros conceptos, la muerte y resurrección de la naturaleza en cada ciclo anual, representado por un ser fantástico que recuerda a un águila envuelta en llamas que resurge de sus cenizas. La paloma que porta una rama de olivo en su pico es una alegoría recurrente de paz y, asimismo, presenta un trasfondo religioso como representación del Espíritu Santo, apareciendo en numerosos lienzos, murales y vidrieras de templos cristianos. En paredes y techos de palacios renacentistas es frecuente encontrar imágenes aladas de significación moral, como el pelícano hiriéndose y alimentando a las crías con su propia sangre.

En la literatura podemos ver múltiples referencias a pájaros y migraciones con funciones metafóricas o de intención moralizante. Así, en los textos cervantinos aparecen golondrinas, cuervos, azores, halcones, águilas reales, perdices, picazas... que vuelan entre sus páginas, constituyendo un bestiario de diversa simbología.

Actualmente, se mantienen reiterados sentimientos ancestrales referidos a determinadas aves que anuncian, manifiestan o revelan sucesos que afectan a la vida cotidiana, a sus quehaceres y esperanzas. Muchas personas, principalmente en el medio rural, relacionan la presencia de algunas volátiles con cambios estacionales y otras vicisitudes que interesan al devenir de los cultivos y animales domésticos. Es proverbial el aviso del florecimiento de la tierra y la proclamación de una inminente explosión primaveral con la llegada de cigüeñas, aviones, golondrinas, vencejos, abejarucos y milanos negros, mientras que, por el contrario, la aparición de grullas y gansos en prados y lagunas otoñales predice el comienzo de las inclemencias del tiempo y el descenso de las temperaturas.

Toda esta bella sucesión de procesos naturales y sus presagios, muy patente en época de nuestros abuelos, se está viendo truncada por el cambio climático que afecta a las migraciones de manera indudable, pasando algunas aves de ser solo invernantes o estivales a residentes en áreas donde antes no lo eran. Este fenómeno ocurre con cigüeñas que ya no migran hacia el sur en otoño y habitan todo el año en muchas localidades peninsulares; otras especies procedentes del norte, como el ánsar común, el zorzal real, el camachuelo común o la cerceta común, posiblemente descenderán de latitud en menor número y nos visitarán con poblaciones escasas en futuras épocas invernales.

Con sus persistentes e incontroladas intervenciones en los ecosistemas, el ser humano está provocando desajustes importantes que están induciendo alteraciones profundas en los ciclos biológicos, las cadenas alimenticias y las condiciones climáticas del planeta. Es verosímil que dentro de unas décadas nuestros nietos no puedan observar las escuadras alineadas de grullas que atraviesan los Pirineos en el mes de octubre, avisando de los próximos fríos del invierno con su trompeteo característico y dirigiéndose, en gran parte, a las dehesas del suroeste peninsular para permanecer allí hasta los albores de la primavera. Debido a variaciones significativas en las secuencias migratorias, quizás las nuevas generaciones tampoco puedan deleitarse con algunos pájaros de nuestros jardines, parques y senderos, entre otros el estornino pinto o el ruiseñor común, que acuden diligentemente a nuestras tierras para nidificar. ¡Es posible que sus cantos melodiosos, estridentes, amplios o pausados no se puedan oír en nuestro entorno y solo se escuchen en nuevas áreas de cría de remotos lugares!

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