Los mitos y las fabulaciones no solo están reservados para las grandes epopeyas y los hechos memorables, aunque imaginados, sino también para más cotidianas cosas que no tienen tan alto rango. Al contrario, son propias de la carencia, la miseria y hasta de la ocurrencia cuando no se dispone de mejor remedio. Las décadas de la posguerra española fueron tiempos de apreturas y estrecheces, en los que no faltaron imaginativas ficciones ni apaños singulares. Uno es el caso del sustanciero, así llamado quien se las valía de un hueso de jamón a fin de buscarse la vida, pues anunciaba su sustanciosa oferta y pasaba por las humildes casas y corrales ofreciendo un breve tiempo, a peseta, de inmersión del hueso jamonero itinerante y, por poco que fuese, lucrativo en el desangelado puchero. Colgaba el hueso de un cordel, que también añadiría la sustancia acumulada del manoseo, para dar sabor a la olla de agua, sal, algunas patatas y si acaso una guarnición de coles u otras verduras populares. Aunque se da por cierta esa manera de sobrevivir del “sustanciero”, con este término, más que al portador de la pata de jamón sometida a numerosos hervidos, se denominaba el hueso mismo, por su uso para dar sustancia al caldo. Y era costumbre, además, que se “prestara” entre familias allegadas por la cercanía de la carencia. Por lo que convertir esa costumbre humilde y doméstica en oficio de subsistencia durante la posguerra acaso se deba a la periodística genialidad de Julio Camba, pues, en 1943, cuenta o ingenia, en uno de sus artículos, la llegada del sustanciero y su reclamo: “¡Sustancia! ¿Quién quiere sustancia para el puchero? Traigo un hueso riquísimo”. Este más bien imaginativo oficio de portear el hueso jamonero, que le da nombre, no es ajeno a las literarias y gastronómicas páginas de La casa de Lúculo (El arte de comer), con una presunción de veracidad que es producto tanto de la ocurrente imaginación de Camba como del agudizado ingenio del hambre.
Más verdadero es, por otra parte, un cometido asimismo singular, el de los mamadores. En este caso, atendían la necesidad de descargar los pechos de las mujeres cuando el exceso de leche era debido, entre otras causas, a la pérdida de un hijo. En muchas ocasiones, esas mujeres con leche sobrante alimentaban a otras criaturas y cobraban por ello. Pero también remediaban tan molesta coyuntura de grandes senos turgentes los mamadores, con retribución asimismo por su pericia en la succión, sobre todo en aisladas zonas rurales. Podían ser tanto hombres como mujeres y no era extraño que hubieran de recibir la conformidad de los párrocos para la práctica de tan poco infantil remedio, por si acaso daba ocasión a las rijosas provocaciones del pecado de la carne. Tenían preferencia para tal práctica, por razones que necesitan poca explicación, las personas desdentadas y, a modo de profilaxis, habían de enjuagarse antes la boca con coñac para así evitar infecciones. Puesto que esta tarea no contaba con mucha aceptación pública, dadas las desviaciones de su propósito inicial, generalmente se practicaba en la clandestinidad o se procuraba encontrar para ello a personas que no tuviesen plena conciencia de sus actos. Además, se acudía a los mamadores cuando no quedaba otra forma de aligerar el exceso de leche materna y los sacaleches acaso parecieran entonces de ciencia ficción.
Estos ligeros apuntes sobre dos cometidos que se ejercían décadas atrás, y que pueden producir tanto sorpresa como hilaridad, solo son recordados por quienes, muy metidos en años, compartieron las cuitas y desventuras de aquellos días todavía no amparados por el desigual “Es-tado de bienestar”. Rememorarlos, así, no tiene otro propósito que el de señalar de cuántas apreturas y miserias cotidianas están hechos los empeños por dejarlas atrás. Aunque parezcan relatos de un tiempo pasado, casi ajenos a las posmodernas asistencias y subsidios de hogaño, en los comedores sociales todavía se ofrece la sustancia del condumio. Y los ma-madores hace años que quedaron en regulación de empleo, a causa del sacaleches, sin que tengan nada que ver con la proliferación de mamones contemporáneos, diestros en aprovecharse de las situaciones e indeseables, aunque también son de todo tiempo.