Hace unos días durante la charla en un reciente almuerzo con unos amigos, entre los que había escritores y periodistas, surgió el nombre de Camilo José Cela. Pocas veces he visto semejante unanimidad donde casi nunca la hay, como la suscitada por un autor como el último premio Nobel español. Todos mostraron desdén, cuando no abierto desprecio, hacia un escritor que durante su vida ha hecho más que nadie por laminar su prestigio literario, fruto de una obra que va de la poesía a la prosa, tocando todos los géneros, de la narrativa al ensayo. Todos señalaron las difíciles características del personaje, aunque pocos criticaban a quienes entonces le jaleaban, cuyas gracias y manifestaciones de entonces hoy serían rechazadas de pleno, pero obviando referencias a su obra, siquiera a las más destacables. Y es que a la hora de tratar de Cela no solo planea la sombra de su comportamiento público y, a quien le importe, también privado, o la personalidad de quienes le rodeaban, sino también las consecuencias de rasgos como su avidez económica, su carácter autoritario y descortés, su condición de censor voluntario en la inmediata postguerra o la pesada sospecha de plagiario para ganar un premio Planeta bien dotado, del que nadie recuerda el título y sí el juicio. Hoy, la controvertida imagen de Cela ni siquiera suscita la discusión, ya algo manida, que contrapone la obra y la ideología como algunos siguen haciendo con Agustín de Foxá, Luys Santamarina, Rafael García Serrano, Eugenio Montes o Rafael Sánchez Mazas, por citar algunos estigmatizados por sus militancias, en este caso muy aproximadas. Lo de Cela es otra cosa. Es desprecio abierto, cuando no postergación decidida, que no palía siquiera la importancia de su actividad cultural como fundador de la imprescindible revista Papeles de Son Armadans o de la editorial Alfaguara. Tampoco, entre una obra inmensa, pues era de los que no tenía problemas para escribir, compensa su olvido el recuerdo de esa novela que fue La Colmena, un Manhattan Transfer madrileño, ni sus esfuerzos posteriores por innovar la narrativa, más jaleados que acertados.
Nada que objetar a la pertinencia o no de esas opiniones, pues los olvidados y marginados llenan los anaqueles más ocultos de la historia de la literatura, como también son inevitables las revisiones de las obras a medida que envejecen. Son los casos de Ramón J. Sender, Ignacio Aldecoa, Francisco García Pavón, Ángel María de Lera, Juan García Hortelano, Jesús Fernández Santos, incluso Max Aub o los más conocidos Juan Benet, Gonzalo Torrente Ballester o Antonio Gala, por ceñirnos a unos cuantos entre los más cercanos en el tiempo. Además, el caso de Cela está agravado por la cercanía del recuerdo del escritor. Una proximidad que tanto perjudica a una obra que no logra desembarazarse de esa imagen, más tabernaria que provocadora, que proyectó con dedicación durante toda su vida.
Sin embargo, siempre que surge el personaje suelo echar un cuarto a espadas en favor de una parte de la obra de Cela, en concreto la dedicada a un género destacable en las letras españolas como es la literatura de viajes, que es especialmente brillante en esos años. Aunque haya obras primerizas quizás algo deudoras de Josep Pla, como Viaje a la Alcarria, publicada varios años después de la obra del catalán Viaje en autobús, se adelanta en un año a la aparición del más semejante Viaje a pie, también de Pla. Luego, y a lo largo de casi dos décadas que finalizan a mediados de los sesenta, cuando la literatura viajera está ya en sus últimos momentos de brillantez, los de la literatura social, se suceden obras como Del Miño al Bidasoa; Cuaderno del Guadarrama; Judíos, moros y cristianos; Primer viaje andaluz; Páginas de geografía errabunda o Viaje al Pirineo de Lérida. Un conjunto de narraciones que está más cerca de la narrativa que de las guías, como debe ser, y que muestran en la línea de Xavier de Maistre, que el mejor libro de viajes se puede escribir saliendo al portal, o incluso desde casa, lejos de selvas, sabanas y cataratas, que de por sí son un tema.