Cetursa captura en un documental la batalla invisible de Sierra Nevada y su "lucha contra el hielo"

Recuerda la lluvia engelante de 1989 y muestra cómo la ciencia y la tecnología protegen hoy los remontes de la estación granadina

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Sierra Nevada: Lucha contra el hielo

Pilonas dobladas, cables en el suelo y trabajadores golpeando hielo "a machotazo limpio". Así quedó la estación granadina de Sierra Nevada tras la histórica lluvia engelante de febrero de 1989. Más de tres décadas después, la estación sigue librando una lucha silenciosa contra un enemigo casi invisible: el hielo. El documental Sierra Nevada: lucha contra el hielo, publicado por Cetursa (empresa pública que gestiona la estación de esquí y montaña) reconstruye aquel episodio extremo y explica cómo la tecnología, la investigación científica y la experiencia humana han cambiado la forma de enfrentarse a este fenómeno.

“No se ve en ningún sitio. Lo que vimos aquella mañana no se ve en ningún sitio”, recuerda Jesús Hernández, trabajador del departamento de remontes entre 1972 y 2012. “Es que lo que cayó no era normal”, añade José Fernández, su compañero durante más de cuatro décadas.

La causa es la llamada gota subenfriada, una lluvia que cae a temperaturas bajo cero y se solidifica al tocar superficies metálicas. “Por la cercanía al mar, algunas borrascas entran en forma de lluvia en vez de nieve”, explica Álvaro Fernández, director técnico de Cetursa. “Cuando esa humedad entra en contacto con poleas, balancines o estaciones, todo se bloquea”. Alejandro Calvente, director de Operaciones, lo resume: “Con dos o tres grados bajo cero y humedades del 95%, el metal se congela al instante”.

Febrero de 1989

El episodio más grave ocurrió en febrero de 1989. “Las instalaciones llegaron a doblar pilonas por su base y tirarlas al suelo”, recuerda Álvaro Fernández. Por su parte, José Fernández revive aquellas horas recordando que “estuvimos tres días y tres noches sin parar de llover. El agua escurría por las paredes del dormitorio. Cuando salimos por la mañana dijimos ¿Qué ha pasado aquí?’”.

Sin apenas medios, los trabajadores se enfrentaron al hielo como pudieron. “Trincamos las machotas. No había arneses ni material suficiente”, cuenta uno de los antiguos trabajadores. “Te dolían las manos, te saltaba hielo a la cara como si te fueran balas”. Jesús Hernández se llevó la peor parte al sufrir un grave accidente cuando “un balancín me golpeó y me tiró abajo. Me rompí las manos, la cara… estuve 18 meses fuera y luego volví a mi tarea”.

Aquel desastre marcó un antes y un después. “Resolver el problema del hielo es fundamental para la puesta en marcha de la estación”, explica Álvaro Fernández. Cetursa impulsó entonces un proyecto junto a la Universidad de Granada y al fabricante austríaco Doppelmayr. Christoph Hinteregger, exdirector técnico y miembro de la dirección general de la compañía, recuerda: “Nuestro representante en España nos llamó y nos dijo que todos los telesquís estaban en el suelo por el peso del hielo. No lo podíamos creer. Dijimos: ‘¿Cómo podemos ayudar a nuestro cliente?’”.

La respuesta llegó desde la ciencia. Miguel Ángel Carvajal, catedrático de Electrónica de la Universidad de Granada (UGR), destaca el desarrollo de sensores capaces de detectar el inicio de la lluvia engelante. “Cuando se depositan unas pocas micras de hielo, el sistema salta la alarma”, explica. A partir de ahí, se implantaron soluciones como edificios estancos, glicol anticongelante en los cables, cepillos raspadores, calefacción por infrarrojos y sistemas de detección inductiva como el RPD, capaz de identificar desviaciones mínimas del cable.

"Machota en mano" e IA

A pesar de los avances, el hielo sigue encontrando el punto débil de las instalaciones en el exterior. “En las estaciones el problema está prácticamente resuelto, pero sigue en las torres”, admite el director técnico de Cetursa. “El hielo se deposita en poleas, balancines y crucetas. Incluso con el cable rodando, se forma un túnel de hielo que hay que retirar torre por torre”. Y ahí, más de 30 años después, la escena no ha cambiado del todo: “Nuestro personal, machota en mano, sigue subiendo torre por torre y retirando el hielo a golpe limpio”.

Cada temporada, el fenómeno obliga a sustituir unas 80 poleas. “Si una polea se bloquea, hace efecto sierra sobre el cable y puede romperlo”, explica Miguel Ángel Carvajal. Por eso, la clave ahora es anticiparse. “Con la previsión meteorológica y la experiencia, podemos sospechar un episodio de lluvia engelante”, señala Alejandro Calvente. “El día anterior se decide desembarcar remontes, guardar vehículos o mantener algunas instalaciones en marcha, siempre valorando el riesgo”.

El futuro pasa por la inteligencia artificial. “Hay que crear modelos que permitan predecir estos episodios con horas o días de antelación”, apunta Carvajal. “Aún no estamos ahí, pero llegaremos”.

Finalmente, José Fernández recuerda la incredulidad de los ingenieros austríacos cuando conocieron lo ocurrido: “Se miraban unos a otros diciendo: ¿Estos tíos están borrachos? No se lo creían. Tenían una foto colgada en una oficina y pensé no hay hielo en Sierra Nevada, ¿no?’”.

Hoy, gracias a la tecnología, la ciencia y el trabajo humano, la estación ha aprendido a convivir con el hielo y sus efectos. Pero, como demuestra el documental, la lucha contra este no se gana solo con sensore, sino que se libra, todavía, a golpe de martillo en las cumbres de Sierra Nevada.

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