Nuestras mil y una noches de verano en Carboneras
El verano de mi vida
Natural de Rute (Córdoba) vive en Granada desde 1980, donde se licenció en Filología Hispánica. Es premio Nacional de Literatura en la modalidad de Poesía por la obra Ficciones para una autobiografía. Es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada.
Siempre los veranos reinaron en nuestra vida. No es solo la luz, no solo el tiempo de ocio que nos regalan, es que se amontonan en la memoria para brillar sin fin, como brillan los juguetes que nos regalaron los Reyes Magos. Miro por la ventana que me abre el corazón y llegan los viejos veranos de nuestro ayer, vivos. No viene un verano ni dos, vuelven todos los veranos, como vuelven los amigos, como vuelven los amores que nunca nos pueden dejar porque sabemos que nos habitan. Solo la muerte es capaz de borrar nuestras alegrías y nuestras penas, los aconteceres que nos marcaron.
Mientras Ella, su majestad la muerte, no nos visite, seguirán nuestros veranos en un rincón del alma: amplios, luminosos, como los espacios diáfanos que se han ido desplegando dentro de nosotros.
Quiero recordar hoy aquí, los preciosos días veraniegos que pasé junto a mi compañero Juan Carlos en Carboneras (Almería), un pueblo marítimo que en los años 90 nos ofreció quizá, las más agradables vacaciones que juntos vivimos, acogiendo también las visitas que nos querían hacer los hijos, que ya empezaban a tener sus propias vidas.
Carboneras entonces no estaba masificado por el turismo, que todavía no lo había descubierto del todo. Tuvimos la suerte de que nuestra amiga Teresa Gómez, que trabajaba allí como profesora, nos ofreciera su casa por un "alquiler" bajo, más que nada simbólico: un regalo al fin y al cabo, impagable. Porque a partir del mes de Julio podíamos disponer de una casa maravillosa, situada en una calle casi al final del pueblo, que quedaba en alto, con respecto al mar, sin construcciones delante, y por tanto con unas vistas hermosísimas a la playa del Ancón, famosa porque en ella estaba el tan especial y lujoso Hotel El Dorado, que se construyó, por iniciativa de Eddie Fowlie, mano derecha del director de cine David Lean, con intención de alojar en él a los actores y al equipo de producción que se desplazó a Carboneras para rodar la famosa película Lawrence de Arabia. Eddie Fowlie, en el año 1961 llegó a Carboneras, que era un pequeño pueblo de pescadores, y se enamoró de él y le pareció un lugar magnífico para construir el puerto fortificado de "Ácaba" (gracias al cartón piedra) donde se rodaría aquella obra maestra.
Así que desde nuestro especial mirador podíamos ver la mítica playa donde también nos bañábamos. Con lo cinéfilos y mitómanos que éramos, la vista nos ofrecía una doble fascinación. Aunque el hotel quedaba fuera de nuestra mirada. Pero con frecuencia íbamos a su terraza o a su piscina. Nuestra casa, como decía, era un balcón que se asomaba a ese paisaje marítimo, donde el crepúsculo de las tardes nos regalaba momentos espectaculares y la luna llena de agosto iba subiendo cada noche desde el mar, como si naciera de las aguas, dejándonos hechizados, mientras nos tomábamos alguna copa tras la cena, charlábamos o leíamos. En aquella especie de terraza cubierta con un ventanal amplio pasamos atardeceres y noches de tertulia inolvidables.
Luego estaban los días. Las mañanas o tardes de playa, en la del Ancón o en la del Algarrobico, también cercana y tan famosa ahora por el monstruoso hotel construido ante ella, que al fin tiene orden de demolición.
Tampoco puedo olvidar a los amigos, Mariángeles y Juan, Puri y Miguel, Vidal, ceramista, Teresa y Chema, que a veces aparecían, los escritores Lourdes Ortiz y Daniel Sarasola… Las reuniones nocturnas con ellos en terrazas: la del bar La Frontera y sobre todo la que estaba situada en la Plaza del Castillo, donde también se encontraba el cine de verano, al que alguna vez fuimos. O las mañanas de paseo y compras por la calle Sorbas.
Imborrables veranos. El último que pasamos allí tuvo un cierre muy especial: una semana, la primera de septiembre, en un piso que Mariángeles y Juan tenían justo delante de la playa del pueblo. Una playa espaciosa, de arena fina, casi vacía en esos días, bañándonos bajo una lluvia suave. Es la imagen final y emocionante que de Carboneras ahora me llega.
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