El lexicólogo granadino Julio Casares

  • Don Julio murió en Madrid en 1964 con el reconocimiento unánime del mundo de la ciencia y como miembro de la Real Academia Española desde 1921 de la que llegó a ser nombrado Secretario Perpetuo

Fue tal día como hoy, un 26 de septiembre pero de 1877 cuando nació el filólogo, lexicólogo, crítico literario y diplomático Julio Casares Sánchez. En la calle Puente del Carbón, junto al Corral del Carbón, fue bautizado en la Iglesia de San Gil en Plaza Nueva y estudió en el Instituto de Granada.

Estamos ante uno de los granadinos más preclaros del siglo XX. Muy conocido sobre todo por su Diccionario ideológico de la Lengua Castellana. De la idea a la palabra y de la palabra a la idea, al que dedicó más de 25 años hasta que apareció en 1942. Se trata de un auténtico tesoro para el conocimiento del castellano con más de 80.000 voces.

Don Julio murió en Madrid en 1964 con el reconocimiento unánime del mundo de la ciencia y como miembro de la Real Academia Española desde 1921 de la que llegó a ser nombrado Secretario Perpetuo. Su discurso de ingreso fue contestado nada menos que por Don Antonio Maura, presidente que fue del Gobierno de España.

Cuentan los biógrafos que ya desde niño mostraba una especial habilidad para el estudio; su afición al violín era tal que llegó a dar un concierto en Granada con tan sólo nueve años, ingresando posteriormente en Madrid en la Orquesta del Teatro Real en 1896. Allí percibía un duro diario de paga que servía para paliar la estancia de sus padres llegados desde Granada. En el Conservatorio de Madrid llegó a ser compañero de Pau Casals.

Paralelamente realizó la carrera de Derecho y Filosofía y Letras, ingresando como Diplomático en el Ministerio de Estado en el Departamento de Traducción e Interpretación de Lenguas Extranjeras por su condición de reconocido políglota; conocía 18 idiomas incluido el japonés, razón por la cual fue agregado de la embajada española en Tokio.

Incluso en el extranjero llegó a ocupar cargos de cierta relevancia pues fue nombrado en Ginebra director de la Revue Pédagogique, revista editada por la propia Sociedad de Naciones en Ginebra.

Trabajador incansable, dedicó lo mejor de su experiencia al desarrollo de tres disciplinas fundamentales: la Lexicografía (estudio del vocabulario para organizar un diccionario), la Fraseología (frases, locuciones, refranes, modismos, etc. grupos de palabras que forman oraciones) y la Ortografía.

Muy preocupado por la exacta definición de las palabras y sobre todo por la ortografía, nuestro paisano hubiera sufrido muchísimo de vivir ahora en la jungla de políticos barriobajeros, locutores espontáneos e intrusos en perniciosa competencia desleal con los profesionales, mensajes de móviles y correos aberrantes, irrespetuosos con la ortografía que marcan los diccionarios oficiales y los estudios más elementales de la Gramática española. Aun admitiendo que el leguaje es algo vivo y cambiante, abierto siempre a nuevas incorporaciones.

Este curioso sabio y simpático personaje, así lo manifiesta Melchor Fernández Almagro en sus artículos de ABC, fue aficionado de joven a la ebanistería; de hecho estudió Ebanistería en la Escuela de Artes y Oficios del Rastro de Madrid; aunque lo que más le atraía era la música y desde luego la Gramática. Llegó a dar un concierto-disertación en el Centro María Guerrero de Madrid aplaudido por la prensa local.

Él mismo escribió que su Diccionario, como los buenos bibliotecarios, "abre caminos al lector, le muestra perspectivas infinitas y le alumbra fuentes de inspiración inagotables". En el prólogo de su magna obra dice esto (¡ojo al dato!): "Es un libro que nos enseña a comprender lo escrito y a entender lo escuchado; nos ayuda a hablar, a escribir y a pensar".

En Madrid tiene su nombre una hermosa calle junto a la Avenida Alcalá Zamora. ¿Y en Granada? ¡Ah! Pero ¿quién es ese tal Casares?

Igual le dedicamos antes aquí una calle a Ramoncín.

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