Cultura

Falla hubiera merecido algo más

No siempre uno más uno más uno y más uno es cuatro. Es decir, contar con elementos individuales de calidad no siempre garantiza la calidad del conjunto. Se ha perdido la oportunidad histórica de presentar en Sevilla por primera vez La vida breve en su totalidad, es decir, escenificada, pues hasta ahora sólo la hemos conocido por aquí en versión de concierto, la última de las cuales contempló la despedida a la francesa de Klaus Weisse durante los ensayos.

Había voluntad por parte de la dirección artística de este programa de abono de reconstruir en su integridad las intenciones de Falla, integrando en su partitura cante y baile. Y buenos mimbres no faltaron. José Mercé se arrancó por cantiñas, soleás por bulerías y seguiriyas, con la voz más en su sitio en el tercer caso, pero las letras no tenían nada que ver con el momento dramático en que se insertaban, mientras que su situación en un extremo del escenario no propició su imbricación con el conjunto.

Por otra parte, fue un auténtico desperdicio traerse a una bailaora de la garra escénica de Lola Greco y a un bailaor de la pureza técnica de Fran Velasco para dejarles un estrecho pasillo en medio del escenario, embutidos entre coro y orquesta. El resultado es que no se les veía de cintura para abajo y que apenas si pudieron cruzarse ni bracear con desahogo. Y otra cosa: si los bailaores se van a acompañar de los palillos, sobran las castañuelas de la orquesta porque entran casi siempre en conflicto, no se acompasan y crean un exceso tímbrico. En la primera danza, por último, hubo momentos en que el taconeo no se acopló con el ritmo que marcaba la orquesta, lo que evidencia, conociendo la categoría de los bailaores, una falta de ensayos que hubiese encontrado otra disposición espacial más favorable para ellos, aunque con todo, la opción por la versión de concierto deja poco margen de distribución espacial. Una posible solución hubiese sido reducir el conjunto instrumental (casi el doble del que hubiese pensado Falla) y el coral, con la consecuente ganancia de espacio.

Pedro Halffter demostró su familiaridad, literalmentre hablando, con esta partitura, que tanto conociesen sus tíos abuelos y que tanto han dirigido tanto su padre Cristóbal como él mismo. Su concepto del sonido orquestal sigue siendo el fundamentado más en la brillantez que en la transparencia, más en el impacto dinámico que en la homogeneidad de concepto. Especialmente en la primera escena, hubo alguna caída momentánea de tensión que achaco a la ausencia de escenificación, pero que pronto, una vez que hizo su aparición Salud, derivó hacia una dirección rebosante de energía y fuerza, marcando con ahínco los contrastes dinámicos. Así, la famosa danza sonó de manera espectacular de manos de una sinfónica en muy buen estado, salvo el triste y desangelado solo de violonchelo.

Un gran nivel mostró el Coro Nacional de España. Excepto los primeros compases de las voces masculinas, con ataques irregulares en pianissimo, el resto de sus intervenciones empastaron con gran calidad con la orquesta.

Vocalmente sólo hubo un nombre: Nancy Fabiola Herrera. Considerando que era su debut en el papel resulta asombroso el grado de identificación vocal y dramática con el personaje de Salud. Va a ser, sin lugar a dudas, la Salud de referencia en cuanto lime las puntuales tiranteces de las notas superiores. La voz es de una belleza arrebatadora , con un centro que desarma merced a su densidad y profundidad. Y su fraseo matizado hasta el mínimo detalle conmueve sin necesidad de actuar por su desagarro y su pasión. Ombuena puso sus acentos heroicos al servicio de un dúo de una enorme fuerza, aunque su voz no conseguía alcanzar la de Herrera. Marina Pardo, aunque engolada, fue una abuela de voz contundente, como impactante fue el Sarvaor de Orfila (pena que cantase con la partitura en la mano). Peña sonó muy plano y nasal y a García no se le entendió nada por la emisión tan oscura que mostró.

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