Loxa | Crítica Un viaje a Granada desde la flamenca Utrera

Leonor Leal, bailarina y bailaora en el Teatro Central. Leonor Leal, bailarina y bailaora en el Teatro Central.

Leonor Leal, bailarina y bailaora en el Teatro Central. / Juan Carlos Muñoz

Leonor Leal, una bailaora inquieta y personal donde las haya, conoció al poeta e intelectual granadino de Juan de Loxa en sus últimos años (este murió en 2017) y quedó tan fascinada por su personalidad que no ha dudado en dedicarle un homenaje que, dada la talla de la figura, tal vez no sea el último.

Un arriesgado proyecto, ya que todo homenaje crea expectativas en el espectador que son difíciles de colmar, por mucho que adviertan que no trata de ninguna semblanza biográfica.

En realidad, después de ver el espectáculo, los que no lo conocieron sabrán poco de él, salvo que hacía un provocador y exitoso programa de radio titulado, al igual que su revista, Poesía 70 (Premio Ondas 1982). Y los que lo conocieron -los que lo conocimos- siempre echarán de menos todo lo que falta, que es mucho, ya que no se puede resumir en una hora la dimensión política, literaria y humana de un intelectual que luchó a finales del franquismo por transformar la cultura andaluza. Ahí quedan, como puntas de lanza, los testimonios de Morente y de Mario Maya, para el que escribió las letras de sus emblemáticos espectáculos Ceremonial y ¡Ay, Jondo!

Si dejamos de lado esa dificultad, Loxa se presenta como un espectáculo sencillo, con el mismo planteamiento escénico que el anterior trabajo de Leal, Nocturno, es decir, con un suelo rectangular y un paramento en el fondo, esta vez una gran pantalla sobre la que se proyectan imágenes, muchas de ellas alusivas al poeta, como aquel proverbial ‘se proive el cante’). En escena, una mesa con ruedas llena de papeles y algunos elementos que pueden moverse fácilmente en el desarrollo de una acción que simula una emisión radiofónica –‘aquí Radio Bienal’, dice Tomás de Perrate, convertido en improvisado locutor- jalonada de números musicales.

Como hilo conductor, pues, se mantiene durante toda la pieza esa teatral y repetida fórmula, ejecutada por los músicos con dignidad y a veces con gracia, como con el poema satírico de Loxa que recita Antonio Moreno. El movimiento escénico es limpio y enriquecedor. Y ni más faltaba, sabiendo que han vuelto a colaborar los fundadores de la compañía Malpelo, María Muñoz y Pep Ramis. Sin embargo, lo que realmente convence de la propuesta es su entramado musical y dancístico.

Músicas populares, como esa preciosa granaína que toca Salvador Gutiérrez, y músicas más contemporáneas a cargo de los miembros de Proyecto Lorca. Incluso se canta un tango porteño en la voz recia y siempre impresionante de Perrate. Lo culto y lo popular dando lugar a la vanguardia, como diría el poeta de Loja. Estupenda también la aportación de una artista utrerana de la guitarra clásica, María Marín, que se adentra en el flamenco con una gran presencia y con una bonita voz que aún está tratando de colocar.

Perrate le canta a Leal durante el estreno de la Bienal. Perrate le canta a Leal durante el estreno de la Bienal.

Perrate le canta a Leal durante el estreno de la Bienal. / Juan Carlos Muñoz

En medio de todos ellos, la jerezana afincada en Utrera Leonor Leal. Luminosa, pizpireta, sensual en su aspecto casi andrógino -con su pelo corto y sus trajes de chaqueta-, bailarina y bailaora, además de escritora de cuentos.

A pesar de su ya apreciable embarazo, Leal ofreció un auténtico recital de baile. Sutil y muy flamenca a la vez, recorrió con naturalidad todo el espacio buscando la complicidad de cada uno de los presentes. Con sus rápidos pies, dialogó e improvisó nuevas partituras con la percusión de Moreno o con el saxo de Jiménez, sacó sus alas de bailarina en un precioso dúo con Marín, se entregó con flamencura al taranto y, finalmente, con un enorme júbilo, nos regaló un fragmento de esas endiabladas cantiñas que, de seguro, bailó con el espíritu de Mario sobre su cabeza.

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