Bienal de Flamenco de Sevilla I Opinión

La esclavitud de lo jondo

Leonor Leal durante el estreno de 'Loxa' en el Teatro Central. Leonor Leal durante el estreno de 'Loxa' en el Teatro Central.

Leonor Leal durante el estreno de 'Loxa' en el Teatro Central. / Juan Carlos Muñoz

En el bar del Teatro Central, el único espacio que ha permitido algo de distensión y debate en esta Bienal de la pandemia, bromeábamos sobre los jóvenes que se dejan las melenas y se colocan el pañuelo de lunares antes siquiera de colocar los dedos sobre una guitarra. Un gesto que, aunque provoque risa, refleja los peculiares códigos que existen en el flamenco. Esa necesidad de exhibirse como tal y de pertenecer al grupo que aún sigue tan latente en lo jondo.

Es cierto que, junto a estos perfiles más tradicionales, conviven ahora otros actuales que recogen la tendencia más reciente marcada por Camarón, Paco o Morente. Una generación más abierta y menos prejuiciosa, quizás menos endogámica, que bebe de otras fuentes y se relaciona de una manera más natural y en varios idiomas con otras disciplinas artísticas y entornos.

Sin embargo, a pesar de que se acepten nuevas formas de ser o sentirse flamenco, este arte mantiene una identidad tan fuerte, unas maneras tan arraigadas y unos pactos tan férreos, que es capaz de integrar a alguien en su comunidad por un comentario acertado o un ole bien dicho y expulsarle con la misma facilidad si se detecta el engaño. Dicho de otro modo, el ambiente flamenco es tan exigente que obliga a reproducir cuantos tics sean precisos para mantenerse ahí y a pedir perdón si acabas de llegar y hay algo que no entiendes.

En este sentido, da igual que tu posición sea afín a lo ortodoxo o a lo vanguardista porque sin darte cuenta acabarás siendo víctima de dogmas estipulados y cayendo en una relación tan fascinante como esclava. Por eso, se repiten los discursos de los artistas, sean cuales sean sus inquietudes, y las posiciones de los aficionados son tan vehementes.

En definitiva, no basta con que te guste el cante, el toque o el baile, sino que tienes que demostrar cuánto y hasta qué punto, como si nunca fueras lo suficientemente flamenco. Claro que aquí, en esta obligación de estar siempre alerta, radica la pasión que genera para algunos y lo que repele a quienes se niegan a seguir su doctrina. En cualquier caso, ojalá vuelvan pronto las reuniones jondas, y podamos posturear o reírnos de nosotros mismos.

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