Bienal

Una estampa para la historia

Una expectación desacostumbrada flotaba anoche en la platea del Lope de Vega, en la que había casi tantos artistas como público de la calle. Para los amantes del baile, era una de las citas importantes de esta Bienal. Primero porque Isabel Bayón atraviesa un momento de exquisita madurez; y luego, porque el equipo que forma con la directora de escena Pepa Gamboa ha dado frutos tan notables y afortunados como La mujer y el pelele o La puerta Abierta, considerado el mejor espectáculo de la pasada edición.

En este trabajo el tema elegido era el de Tórtola Valencia, una bailarina, nacida en Sevilla y criada en Londres, que conquistó a los públicos de Europa y Suramérica -bailó desde 1908 hasta 1930- con un baile exótico en el que lo español se mezclaba con lo africano y lo oriental y, después de ver a la gran Löie Fuller, se adornaba con los trajes más espectaculares.

En esta ocasión, sin embargo, la propuesta no logra componer en escena un retrato de la original mujer, ni artístico ni personal, así como tampoco es capaz de llevarse al público, detrás del baúl que mueve el servidor de escena, por ninguno de sus múltiples viajes.

La Valencia queda pues reducida a una simple excusa, un punto de partida con guiños como el del baile de La Serpiente o el de La Mariposa (guajira con abanicos), filmaciones de sus películas mudas con música en escena y poco más. El alma del espectáculo, presente casi todo el tiempo, es Isabel Bayón. Una Bayón, eso sí, que ha investigado en sus movimientos el modo de acercarse a esa figura rompedora -que no bailaba flamenco- y da un verdadero recital de pura danza, arropada por dos buenas guitarras, que no por elcante, que no tuvo su mejor noche.

Guajira, farruca -preciosa- garrotín, soleá... pero lo mejor estaba por llegar. Al final del espectáculo, como un soplo de aire fresco, Miguel Poveda sale al escenario y le canta -maravillosamente- a Isabel por soleá. Ella le contesta con su cuerpo entero y la tensión y el disfrute se disparan. Y entonces, por el otro lado, genio y figura del baile a pesar de sus setenta cumplidos, aparece Matilde Coral con un traje verde igual al de su alumna, su niña Isabel. La Escuela Sevillana hecha carne. La fuente y su saga en diagonal, con Poveda en medio. La estampa quedará para la historia de esta bienal -la de la muerte de Mario Maya, a quien le habían dedicado la función- y para la historia del flamenco. Entonces Isabel se aparta y le deja el escenario a su maestra, a la bellísima cabeza de moño bajo de su maestra, a los brazos indescriptibles de la maestra. Y como el flamenco, por encima de todo, es emoción, no nos quedó otra que sucumbir.

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