Ni Fleming, ni moho: la revolución empezó en una fábrica

Ciencia abierta

El uso de las sulfamidas como antibacteriano tiene una historia, expliquémosla en cinco capítulos propios de un guion

Cada vez que se tome un jarabe eficaz, agradézcalo a una química francesa olvidada, a unos ratones de laboratorio y a una lección aprendida a base de cadáveres

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Visión de una farmacia antigua generada por IA
Visión de una farmacia antigua generada por IA / C. A.
Carmen Romero López y Francisco González García. Universidad de Granada

27 de enero 2026 - 06:15

Cuando pensamos en antibióticos, todos visualizamos a Alexander Fleming como un héroe romántico que, por ser un poco descuidado y dejar una placa de Petri olvidada, salvó a la humanidad por accidente. Es una historia preciosa, pero hay otra historia casi olvidada que se merece contar casi como un guion para una serie de Netflix, y es que Fleming no fue el primero en encontrar sustancias que eliminaran a las bacterias.

Capítulo 1: Los uniformes. Antes que el hongo de Fleming se hiciera famoso, la medicina recurrió a algo menos glamuroso y bastante más industrial: el tinte para los uniformes de lana. Sí, millones de personas le deben la vida a la obsesión de la industria química alemana por conseguir que los uniformes militares aguantaran sudor, lluvia y el barro de las trincheras sin perder el color. A principios del siglo XX, empresas como IG Farbenindustrien descubrieron que añadir un grupo sulfonamida a los tintes hacía que estos se "agarraran" con una fuerza descomunal a las fibras de lana y seda. No buscaban curar nada; buscaban que el gris reglamentario fuera eterno. Alemania lideraba entonces la química industrial mundial, especialmente en colorantes sintéticos, y así surgieron fertilizantes, explosivos y, casi por accidente, los primeros fármacos modernos. La frontera entre química industrial y la farmacología aún no existía.

Capítulo 2: Ratones en acción. Gerhard Domagk fue contratado en 1927 por Heinrich Hörlein, director de investigación de Bayer (parte de IG Farben), con una misión clara, directa y poco romántica: industrializar el descubrimiento de fármacos. Hörlein estaba harto de esperar a que la suerte llamara a la puerta, así que montó un laboratorio de patología experimental en Elberfeld y puso a Domagk a probar (cribar o testear, en jerga de laboratorio) sistemáticamente cada compuesto químico que salía de la fábrica. No es que fuera un visionario místico, es que los tintes estaban allí, acumulando polvo en la estantería de la fábrica. En febrero de 1935, el Prontosil, un colorante rojo intenso basado en esa tecnología de sulfonamidas, hizo el milagro: los ratones que lo cataban no solo no morían, sino que parecían listos para una maratón.

Capítulo 3: Una vida en juego. Domagk, en un alarde de "confianza científica" (o desesperación absoluta), probó el invento con su propia hija, que estaba a punto de perder un brazo por una infección por estreptococos. La niña se curó y Domagk se convirtió en un héroe. Sin embargo, y aquí es donde la ciencia se pone caprichosa: cuando otros científicos intentaron usar el Prontosil en un tubo de ensayo directamente contra las bacterias, el fármaco no hacía absolutamente nada. Era un fracaso total in vitro. ¿Cómo era posible que funcionara en humanos y no en el laboratorio?

Capítulo 4: Una mujer olvidada. La solución la encontró la química francesa Thérèse Tréfouël. Mientras sus colegas se rascaban la cabeza mirando el tinte, ella y su equipo en el Instituto Pasteur entendieron que el cuerpo humano no es un tubo de ensayo pasivo. Demostraron que el Prontosil funcionaba como un caballo de Troya, lo que en farmacología llamamos un profármaco: una sustancia biológicamente inactiva hasta que nuestro organismo la transforma en un fármaco activo. Este concepto, hoy básico en farmacología, sigue utilizándose en medicamentos modernos como la codeína (que se transforma en morfina). El cuerpo humano no es un simple destinatario del fármaco: es parte activa del tratamiento. En este caso enzimas del hígado, "rompen" la molécula del tinte rojo y libera la sulfanilamida, que aniquila a las bacterias. Sin esa transformación química el Prontosil no sería más que un tinte para teñirnos por dentro. Domagk se llevó el Nobel de Medicina en 1939, pero Thérèse se quedó en la letra pequeña. Sin ella, no habríamos entendido cómo nuestra propia biología es capaz de "cocinar" sus propias medicinas y el Prontosil seguiría siendo solo un tinte para los calcetines militares.

Visión de una farmacia moderna en una imagen generada por IA
Visión de una farmacia moderna en una imagen generada por IA / C. A.

Capítulo 5: El maldito dinero. La humanidad, siempre tan ansiosa por monetizar el éxito, no tardó en meter la pata. En 1937, una empresa farmacéutica estadounidense decidió que la sulfanilamida sabía a rayos y creó el "Elixir Sulfanilamida": un jarabe con sabor a frambuesa. El problema fue que disolvieron el fármaco en dietilenglicol, un componente del anticongelante para coches. Como en aquella época la regulación brillaba por su ausencia, no hicieron pruebas de seguridad. El resultado fue la muerte de cientos de personas, muchos de ellos niños que solo querían curarse la garganta. La dantesca tragedia obligó a aprobar la Food, Drug and Cosmetic Act de 1938, la ley que hoy impide que te vendan veneno con sabor a frutas en la farmacia. Esta legislación introdujo la obligación de demostrar la seguridad de los medicamentos antes de su comercialización, sentando las bases del sistema moderno de ensayos clínicos. En España, el orden llegó más tarde, y se consolidó con la Ley 14/1966, exigiéndose ensayos previos para evitar que tomáramos veneno con sabor a frutas.

Cada vez que se tome un jarabe eficaz, agradézcalo a una química francesa olvidada, a unos ratones de laboratorio y a una lección aprendida a base de cadáveres.

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