La oscuridad iluminada

La noche de los granados | Crítica

El editor y escritor vallisoletano Julio Martínez concluye su gran trilogía meditativa, iniciada hace casi veinte años, con 'La noche de los granados'

La Fuente de la Fama, en el Campo Grande de Valladolid, presta su nombre a la editorial de Julio Martínez.
La Fuente de la Fama, en el Campo Grande de Valladolid, presta su nombre a la editorial de Julio Martínez.
Ignacio F. Garmendia

03 de septiembre 2023 - 06:00

La ficha

La noche de los granados. Julio Martínez. Ediciones Fuente de la Fama. Valladolid, 2023. 128 páginas. 14 euros

Buena parte de la literatura contemporánea se construye a partir de una visión problemática del individuo que explora los conflictos, las grietas, las heridas, en una línea ancha y liberadora que abre ojos y descorre velos, o bien en otra, ramplona y oportunista, que explota sin pudor el exhibicionismo sentimental tan característico de nuestra época. Aunque hay excelentes escritores que han incurrido con acierto y brillantez en la primera, los estragos de la segunda llegan a provocar un cierto hartazgo y por eso se agradecen las miradas que van más allá del ensimismamiento para observar el mundo con ojos limpios, un mundo antiguo y cada vez más relegado que no ha dejado de existir porque la mayoría, entregada a una especie de onanismo virtual, por definición infecundo, a la vez que sobreexcitada por los rudos estímulos de lo que llamamos actualidad, le haya dado penosamente la espalda. La del editor y escritor Julio Martínez (Valladolid, 1951) en La noche de los granados, libro con el que cierra una trilogía que inauguró hace casi veinte años, es una mirada de esta clase, al mismo tiempo interior y volcada a lo que existe, o mejor dicho a esa parte de la realidad que pervive desde hace mucho pero no ocupa el primer plano, en buena medida ignorada pero no por ello invisible.

Bajo la insuficiente realidad ordinaria, hay revelaciones que se ofrecen como epifanías

De eso, de la capacidad para ver, o de una forma de mirar que necesita de aprendizaje, empieza hablando en la Introducción, precisando que en su caso nació de los viajes a un monasterio francés cercano a Cluny en los años setenta y ochenta. "La contemplación requiere observación, pero antes y después requiere silencio, ritmo, repetición, dejarse llevar, y abandonarse", o sea una clase de atención distinta de la que aplicamos, incluso concentrados, a las urgencias del día. "Frente al descubrimiento del hombre como un ser fracturado donde solamente nos amparan los instintos, la contemplación puede llegar a proporcionar instantes en los que ver la unidad de las cosas, la armonía profunda de lo creado". Bajo la insuficiente "realidad ordinaria", hay "canales de tránsito" o secretas correspondencias, como las codificaron los simbolistas, que se ofrecen como revelaciones a los "cazadores de instantes". Este género de contemplación se vuelca especialmente en la naturaleza –con su ya ineludible connotación metafísica– y percibe lo que en ella hay de sagrado, de desvelamiento que se hace más apreciable a ciertas horas, en momentos dotados de una cualidad epifánica.

Los pensamientos se alternan con impresiones sensitivas y consideraciones morales

La entrada en la noche, escribe Julio Martínez, tiene tres etapas: el atardecer, el anochecer y lo que el don Juan de Carlos Castaneda, o sea el chamán yaqui que lo inició en los misterios, llamó la "raja entre los mundos", un momento suspendido, "fundacional y atávico", que sólo puede apreciarse en plenitud si nos alejamos de la ciudad. Sumadas a esta primera parte, consagrada a los preliminares, las cuatro siguientes pautan el tiempo nocturno –horas jóvenes, negras e inciertas– hasta el nuevo día, y el itinerario concluye con una sexta que lleva el mismo título que el libro, donde se habla de la infancia, de los árboles familiares –de un granado en particular– y del "camino recorrido para desprenderse del yo". Pero la unidad del libro se mantiene, acogida a mínimos episodios autobiográficos que enmarcan los pensamientos y las impresiones sensitivas –colores, olores, sonidos, texturas– o las consideraciones morales, dictadas por el escepticismo hacia los trampantojos de la sociedad de consumo. En los cambios de luz, en la alta madrugada insomne, en la hora del rezo propiciatorio de maitines, en la íntima soledad del que vela o aguarda, encontramos una verdad profundamente humana.

Entre lírica y sapiencial, la prosa convierte la difícil sencillez en un rasgo de estilo

Las reflexiones de Julio Martínez adoptan una forma modesta, nada pretenciosa, volcada en una prosa entre lírica y sapiencial que convierte la difícil sencillez, cuando la acompaña la hondura, en un rasgo de estilo, un estilo no decorativo que reivindica la tradición y se apoya en un imaginario conservador para defender el bien y los dones de la amistad o la gratitud. Es visible el gusto noventayochista por el paseo y la meditación asociada, si bien el autor confiesa su devoción por dos maestros en particular, Josep Pla y José Antonio Muñoz Rojas, referentes mayores cuando se habla de lo que el segundo llamó, en su título ya clásico, las cosas del campo, aunque muchos pasajes tienen aquí un contexto urbano o doméstico o bien remiten a los confines de la ciudad, cuando no han sido devorados por esas aglomeraciones difusas que acabaron con las vistas, las rutas y las huertas de antaño. No son noches, todas las noches del libro, de tópico noctambulismo, sino puro "acercamiento a la oscuridad iluminada".

Nostalgia de lo absoluto

De las anteriores entregas de la trilogía, Elogio de las estaciones (2004) y El paseo de los domingos (2016), igualmente publicadas por su editorial, Fuente de la Fama, ha dado cuenta en estas páginas Luis Sánchez-Moliní, que como uno mismo ha llegado a la obra de Julio Martínez a través de la mediación de nuestro Víctor J. Vázquez, paisano y cómplice del escritor desde hace muchos años. Con razón lo ha definido el primero, en sus preciosas semblanzas del prosista, como un caballero de la "estirpe de Delibes", no sólo por la compartida filiación vallisoletana sino también por su amor a la naturaleza y al lenguaje de la naturaleza, que en el autor de La noche de los granados conjuga el uso de las palabras precisas y la disposición del ánimo, apuntando a una comunión –sedienta de "presencia"– que no se limita al apunte descriptivo. Decía también Sánchez-Moliní que la lectura de estos libros podía cumplir la función de unos ejercicios espirituales, y eso son en rigor, presididos por la "nostalgia de lo absoluto" –expresamente citada– en la acuñación de Steiner. Pero se trata de una nostalgia incitadora. Sus páginas lentas, sobrias, maduradas, tienen la virtud de inspirar sosiego y de recordarnos que afuera, lejos de la banalidad y el estrépito, nos espera otra forma de vida.

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