“Hay que desidealizar la felicidad para no volverla inalcanzable”

Gabriel Rolón | Escritor y psicoanalista

Gabriel Rolón.
Gabriel Rolón. / Antonio Navarro Wijkmark
Fátima Sigüenza

11 de julio 2024 - 06:59

Gabriel Rolón (La Matanza, Buenos Aires, 1961) es psicoanalista, escritor y destacado pensador de la cultura. Realizó sus estudios en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Ha escrito 11 libros entre novelas y ensayos, el último de ellos La felicidad (Paidós). Sus ediciones han superado récords de ventas históricos, convirtiendo su obra en un verdadero fenómeno de la industria editorial: más de 2.500.000 ejemplares lo confirman como el escritor más leído de Sudamérica.

-¿Qué es la felicidad?

-Es un enigma que todo ser humano debe afrontar e intentar resolver. La felicidad encuentra una definición personal, es un desafío personal encontrar esa respuesta. Lo que no es es eso que idealizamos tanto, un estado de perfección con todo lo que queremos. Hay que encontrar la felicidad a pesar de las cosas que nos duelen o nos faltan, a pesar de la persona que somos.

-Asegura que la felicidad es un concepto elitista. ¿En qué sentido?

-En el sentido de que para ser feliz es necesario no tener necesidades. Una persona a la que, por ejemplo, no le alcanza el dinero para comer, para vestir a sus hijos o para mandarlos a estudiar no puede pensar en lo que desea porque está pensando en lo que necesita. La felicidad es un concepto que parte de la posibilidad de desear, de saber quién eres y, a partir de ahí, preguntarte qué anhelas. Es un concepto elitista porque requiere, al menos, de la ausencia de necesidades para que pueda surgir lo que deseamos.

-¿Confundimos felicidad con esperanza?

-Y nada más lejos, porque la felicidad es un estado en el que uno se encuentra y la esperanza remite a cosas que no se tienen, a un anhelo de que ocurra algo que no depende de mí. La esperanza nos pone en un territorio de espera. En cambio, yo apuesto al deseo porque éste nos moviliza a ir en busca de eso que deseamos. La felicidad es aquí y ahora, la esperanza es a futuro.

-¿Idealizamos la felicidad?

-Mucho, porque le pedimos cosas que son imposibles en nuestra condición de seres humanos. Idealizamos mucho la felicidad y hay que desidealizarla para no volverla inalcanzable.

-¿Somos más felices desde la ingenuidad?

-A mí me gusta de pensar que cuanto más sabe una persona, más estudia, más se conoce a sí misma y más se esfuerza por mejorar, tiene posibilidades de momento de felicidad más elevados; pero es cierto que para ser feliz hay que tener momentos de cierta inseguridad o ignorancia: si no te olvidas por un ratito de que alguien que quisiste mucho está muerto, por ejemplo, va a ser difícil que disfrutes de una caricia, de un beso, de una caminata, de una puesta de sol. La felicidad requiere un poco de fe poética, de olvidarnos por un rato de algunas cosas que no tenemos que olvidar para siempre, porque son las que nos guían en el deseo de vivir, para que en este presente no habite ninguna otra cosa más que lo que está ocurriendo.

Estar tanto tiempo en el mundo virtual puede hacer que perdamos de vista el mundo real que habitamos”

-"La felicidad hay que encontrarla dentro de uno". ¿Es más fácil buscarla en cosas que están fuera de nosotros?

-Sí, pero es engañoso. La felicidad es una unión de cosas que, a veces, están afuera y de un estado que está dentro porque, ¿cuánto de feliz te puede hacer un amanecer? Depende de tu estado interior. Necesitas que el sol salga esa mañana, pero también estar en el estado emocional psíquico adecuado para poder disfrutarlo y emocionarte. 

-Menciona la ciencia de la felicidad. ¿En qué consiste?

-Hay toda una una movida cultural que apunta a la obligación de ser feliz y disfrutar, casi que te tienes que sentir culpable si estás dolorido o triste. Me opongo a esta supuesta ciencia de la felicidad. El ser humano tiene derecho a sus momentos de tristeza, de llanto, porque la vida es difícil. No es cierto que la vida esté sólo para disfrutarla. Me parece que ése es un mandato de esta época que hace mucho mal, que nos empuja, por ejemplo, a no darnos el tiempo para superar una pédida porque, ¿cómo vamos a perder el tiempo en un duelo si tenemos que estar disfrutando? Esa ciencia que empuja a una felicidad ficticia es muy perniciosa porque hace que quien esté enfrentando una situación difícil no sólo pierda el derecho a sentirse mal, sino que se sienta culpable por ello.

-¿Cómo afectan las redes sociales en esta meta impuesta?

-Todos nos maquillamos un poco en las redes. Éstas ponen en juego y potencian una necesidad que tiene todo ser humano de ser reconocido. Pero las redes han elevado este requerimiento a su máxima potencia de modo tal que hoy todo el mundo se siente en la obligación de mostrarse bien y de medir lo que lo quieren por la cantidad de likes. Las redes sociales impactan y generan muchas emociones: uno se entristece por críticas de gente que ni conoce o le importa, y a veces nos enojamos con gente querida sólo porque se ha olvidado de hacer un posteo. Hay que tener mucho cuidado con ese mundo virtual en el que estamos tanto tiempo porque se corre el riesgo de perder de vista el mundo real en el que habitamos.

-¿Somos insatisfechos por naturaleza?

-Sí. El ser humano nunca va a obtener todo lo que desea porque no se puede. Nadie tiene todo lo que desea. Si le preguntas a la persona más exitosa del mundo te diría algo que le falta. Estamos destinados a no tener una completud jamás. Esto no quiere decir que debamos vivir con el peso de la insatisfacción, sino que es una invitación a que aprendamos a vivir sabiendo que la satisfacción total va a ser imposible, que tenemos que desarrollar el arte de poder ser felices a pesar de esas cosas que siempre nos van a faltar.

-"Nadie puede ser feliz si debe convivir con decisiones insostenibles". ¿La aceptación de uno mismo está en la base de todo?

-Es muy importante estar medianamente bien con uno mismo, poder mirar hacia adentro y no sentir vergüenza. Toda decisión se puede demostrar que no ha sido la correcta, pero me parece fundamental tener la tranquilidad de saber que podemos convivir con lo que hemos decidido.

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