Festival Internacional de Música y Danza ‘Giselle’, entre viticultores

  • La plasticidad blanca del II acto, con un recital de la pareja protagonista, salvó una versión discreta del universal ballet

‘Giselle’, entre viticultores ‘Giselle’, entre viticultores

‘Giselle’, entre viticultores / Álex Cámara

El crítico, que tiene la manía de bucear en su baúl de los recuerdos del Festival, tal como aparecieron publicados, no tiene más remedio que, al menos, hacer mención –en este caso, como en los demás-, de algunas de las innumerables versiones que hemos visto en el Teatro del Generalife: antes, cuando una orquesta podía establecerse, con más o menos comodidad en el foso, y después de su infame remodelación, cuando tal cosa parece prácticamente imposible, magnífico pretexto para ofrecer la ingrata, cómoda y barata música enlatada. Escuchamos música viva con la Giselle del Ballet de la Ópera de París, ya en 1961, con el maravilloso estilo de Marjorie Talichev, digno de asombro –escribía-, la bella Jacqueline Rayet, apasionada y sensible y la briosidad de George Skibine, amén de la calidad del histórico conjunto. Y puestos a recordar, la Giselle más esperada por los aficionados y por el público que vino de muchos lugares de España –entonces sí había promoción por la calidad misma de los espectáculos-, la que en 1968 interpretaron la alada Margot Fonteyn, replicada por Rudolf Nureyev, con el Royal Ballet de Londres. Después, numerosas versiones hasta llegar a la que con un nuevo look nos ofreció, la penúltima noche del certamen, el Ballet du Capitole de Toulouse, en una renovada coreografía de su director artístico Kader Belarbi, sobre las bases del ballet romántico por excelencia, sobre la música convencional para su concepción escénica de Adolphe Adams, el compositor francés ganador del segundo Gran Premio de Roma, en 1824.

En realidad, lo aparentemente 'renovador', en el primer acto, es cambiar a los campesinos por viticultores, en un trabajo colectivo eficaz que demostró la calidad del conjunto del Capitole, con atisbos individuales en algún paso a cuatro y, naturalmente, los bailarines protagonistas Natalia Froberville y Davit Galstyan, ella, la Giselle que muere tras su baile desbordante, por problemas cardíacos, en su doble acepción: médico y amoroso. Argumento conocido que es indiferente de la estampa que se le rodee, porque lo más significado, en esta versión y en todas las demás, es cómo afrontan coreógrafos y bailarines la dura prueba de ultratumba, del segundo acto, cuando, precisamente, Giselle tiene que estar más viva que nunca escénicamente.

Así, tras un discreto, rayando lo anodino primer acto, nos encontramos, tras relámpagos y tormenta en el escenario, con una pincelada de blanca plasticidad, de las fantasmales Wilis, trasladándonos a la idea de Heine, en su acepción más romántica y etérea. Bellas fantasmas –todas son mujeres como mandan los cánones- que evolucionan con una asombrosa perfección –la perfección pétrea de los muertos vivientes-, repleta de tules blancos que resaltan, como siempre, sobre el fondo de cipreses, dirigidas las Wilis por su esplendorosa reina Myrtha, en una rotunda ejecución de Alexandra Surodeeva. Fantasmas que rodean a los dos protagonistas masculinos, sobre todo a Albrecht, causantes 'colaterales' de la muerte de la campesina o viticultura, si así lo desea el 'nuevo' versionado. Y, como digo, en esa bella plasticidad de blancos viene la dura prueba técnica de los dos protagonistas. Separados o juntos, muerta y vivo todavía expresan su amor más allá del verdadero ‘más allá’. Y tienen que hacerlo con todas las dificultades que el ballet impone a los solistas. En este arriesgadísimo ejercicio, como digo, Giselle tiene que estar más viva que nunca. Y, en efecto, Natalia de Froberville dio un auténtico recital de fuerza, expresividad, técnica, al que dio réplica un poderoso Davit Galstyan –sus decenas de elevaciones continuadas, sobre pies en agitación, revela un virtuosismo sólo al alcance de un étoile (estrella)-, en un dúo impecable que hace recordar los mejores momentos vividos en este escenario del universal ballet romántico por excelencia.

Kader Belarbi ha conseguido, en el segundo acto, su mejor rasgo coreográfico, respetando el símbolo universal. Porque a ningún espectador la importa si Giselle es campesina o viticultora, sólo disfrutar de esas escenas aladas, de un mundo ensoñado, en donde todo ha de ser perfecto –desde los solistas a la última bailarina del amplio conjunto de Toulouse- para que se pueda degustar , en blanco, el signo de uno de los grandes ballets de la historia, sobre la música convencional de Adam, en una mediocre grabación que tampoco se pierde nada si algún abanico, en la calurosa noche, suena demasiado, como le irritaba a una nerviosa espectadora que tenía al lado. Aplausos, más o menos tímidos entre las actuaciones protagonistas, y ovación final a un estimable trabajo conjunto que define la calidad del Ballet du Capitole, pese a sus rasgos de frialdad y excesivo formalismo que no consigue arrastrar del todo a un público algo distante, en el que destaca el cuarteto protagonista, señalado en la ficha del comentario.

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