Festival de Música y Danza de Granada, crítica El pellizco de la ternura

  • La cantaora onubense Rocío Márquez ofreció un recital redondo y Miguel Ángel Cortés realizó un despliegue de cualidades

El pellizco de la ternura El pellizco de la ternura

El pellizco de la ternura / Fermín Rodríguez (Granada)

La tarde caía color violeta sobre las lejanas colinas que flanquearon en su día el antiguo reino nazarí, y cuando las estrellas brillaban tímidamente en lo alto del cielo, las nuevas tecnologías nos devolvieron a un guitarrista de alta alcurnia sacromontana que, con su barrio de cuevas y bronce a las espaldas, bajo el manto cálido de los mocárabes alhambreños, prendió la primera cerilla de la noche para alumbrarnos con un portentoso toque por bulerías. El sonido limpio y flamenco de Miguel Ángel Cortés fue sumando aficionados tras la pantalla, mientras el juego de imágenes se contorneaba por entre los más hermosos planos del patio de la acequia del Generalife.

Y al cabo llegó Rocío Márquez con su humano gesto, con su elegancia de rubios rizos caídos sobre el hombro izquierdo y tapando por momentos una parte de su rostro, como una Ingrid Bergman onubense. Rocío lucía un traje oscuro con brillos de estrellas, tal que las que ampararon su recital. Cejilla al tres para echar a volar los pájaros de su cante fresco y lleno de matices en clave de guajira, en clave de tierras hermanas allende los mares. Todo Cuba, todo el Caribe, con sus ritmos sabrosos en la melodiosa voz de la celebrada cantaora. “Mare del guateque vengo (…)”. Rocío posee un paladar exquisito no solo para el abordaje de los cantes más dispares que ella amolda a su portentosa personalidad, sino también para la selección de las hermosas letras con que adorna sus interpretaciones.

Por Levante, por los sones de los mineros, se acordó, y mucho, de Enrique Morente. Templada por Tarantas, vino a rematar con aquellos versos elegíacos del poeta oriolano Miguel Hernández, quizá uno de los más excelsos cantos a la amistad, manteniendo el pulso y la tensión exactas que el maestro albaicinero imprimió a la Elegía a Ramón Sijé. Rocío presenta los temas con una honesta sobriedad y así se adentra en el cante por Serranas. Personalidad, arrojo y valentía. Quiebra dulcemente los cantes con interesantes rizados, su afinación es perfecta y sabe llevar la ternura de su cante por los senderos del dolor cuando el palo lo requiere.

Miguel Ángel Cortés realizó en todo momento un despliegue de cualidades asombroso. La buena forma de este tocaor viene siendo una tónica constante. El brío del trémolo con que preludió las Peteneras que Rocío Márquez hilvanó con suma precisión fueron el preámbulo de un cante grande, como grande fue todo lo que sonó bajó la noche estrellada, y grandes fueron los tangos donde la guitarra y el cante fueron enjundiosos a la par, guiños a Estrella y a Lole y Manuel incluidos.

El Niño de Marchena visitó aquellos jardines en el alma sonora de la cantaora de Huelva quien se despachó a gusto con un soberbio Romance a Córdoba y una milonga muy del gusto del último genio árabe del cante. Por caracoles sacó de su baraja las cartas reservadas a los aires gaditanos y desarrolló una excelente interpretación llena de luz y colorido. Ahora cambian las tornas y, cuando la noche ya viste color caoba, la Márquez se agarra un puñado en el pecho para cantar por seguiriyas, con sus ojos bien cerrados, absorta en sí misma, convirtiendo su queja en pellizcos de dulzura y rematando airosa en los dificilísimos aires del cambio de Molina con unos quiebros soberbios y una solvencia encomiable.

Cerraba la noche, confundiendo ya los brillos de su traje con las luces de un Albaicín que asomaba tras ella, con las luces de pueblos de la vega que se difuminaban a lo lejos, con la luz de las estrellas que alumbraron un recital redondo, en clave de cuplé para sentenciar su buen gusto por los textos y revalidar su puesto preferente en el salón de los cantaores que protagonizan, porque pueden, la actualidad sonora más universal de Andalucía.

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