28 de febrero: 30 años del accidente de carretera más grave de Andalucía
El día que el adjetivo ‘dantesco’ resultó insuficiente
28 personas murieron calcinadas en Bailén al chocar un turismo con un autobús que regresaba de Sierra Nevada
El accidente de autobús en Bailén del 28 de febrero de 1996 fue tan grave que modificó varias normas de seguridad en este tipo de vehículos. “No puede pasar otra vez algo parecido”, dijo el ministro de Transportes cuando conoció la noticia. 'Dantesco' era un adjetivo que se quedaba corto ante la visión de las llamas devorando al vehículo y a sus ocupantes. “Bienvenido al infierno”, le dijo el guardia civil que estaba redactando el atestado al juez que llegó a proceder al levantamiento de los cadáveres. 28 personas habían resultado calcinadas en el fuego declarado en el autobús y una más, la del joven que había provocado la tragedia, cuyo cadáver se tuvo que rescatar del amasijo de chatarra en el que había quedado el coche que conducía. 29 en total. Desde entonces Bailén sabe lo que es una desgracia colectiva, desde entonces este pueblo lleva una señal de luto permanente en la solapa de su historia. Han pasado treinta años y todavía muchos bailenenses, cuando pasan por el kilómetro 5 de la N-323 sienten un estremecimiento al recordar lo que pasó en ese sitio y en aquel día, el día en que San Cristóbal tuvo un lamentable descuido.
Los hermanos José y Jonatan Romero Arance tenían 19 y 15 años respectivamente cuando pasó el accidente. Vivían en Baños de la Encina, pero una noche antes del viaje se habían ido a pasar la noche a Bailén con su tía. Tenían pensado dormir allí y coger temprano el autobús del viaje organizado por la comunidad local de los Testigos de Jehová que los iba a llevar a Sierra Nevada. Iban muy contentos. Nunca habían visto la nieve y menos aún habían jugado con ella. En las fotos que tiene su madre de aquel día se les ve a los dos en un trineo en la Hoya de la Mora y al menor de ellos escarbando en la nieve. Había hecho un día estupendo. Con mucho sol y mucha gente esquiando. Hacía solo unos días que se había clausurado en aquellas pistas el Mundial de Esquí. Todo un espectáculo nuevo para ellos que se instaló en sus mentes y sus pupilas. Habían sido tan felices esa jornada que lo más probable es que decidieran volver algún día. Pero José y Jonatan ya no verían nunca más la nieve. Fueron dos de las 28 víctimas mortales en aquel fatídico Día de Andalucía. Loli Arance, su madre, dice que el día que supo que sus hijos se habían apuntado a ese viaje, sintió una inquietud extraña, una lombriz de desasosiego recorrió su cuerpo. Rememora que ella era una madre muy protectora y que cada vez que había un viaje de estudios del colegio, se sentía mal. Pero que esa vez la sensación de reconcomio fue más profunda. “Estuve intranquila todo el día. Solo deseaba que mis hijos me llamaran y me dijeran que habían regresado bien del viaje”, dice. Pero la llamada que recibió fue para comunicarle que sus hijos habían perdido la vida. No hay palabras que acierten a decir lo que en ese momento sintió. “Aquello cambió mi vida y la de toda la familia. Desde entonces hay un antes y un después. Todos los días pienso en ellos y les hablo a los dos en una foto que tienen juntos”, dice.
El accidente
Los aficionados a los mensajes ocultos asignaron al número 28 como el del infortunio: el accidente sucedió el día 28, las víctimas del autobús fueron 28 y los ataúdes de los fallecidos se expusieron en el Pabellón 28 de febrero. Los telediarios y los periódicos tuvieron material informativo para varios días. Al principio lo único que estaba claro es que un coche Opel Vectra conducido por un joven llamado Ignacio Arauz de Robles chocó a las diez menos cuarto de la noche contra un autobús con 58 pasajeros que regresaba de Sierra Nevada. También rozaba la fatalidad el que al autobús le faltaran solo cinco minutos para llegar a su destino cuando salió ardiendo como consecuencia del impacto. De los 58 pasajeros se salvaron 30 que pudieron salir por el hueco de la luna delantera del autobús que había saltado hecha pedazos. Los restantes habían sido abrasados por el fuego hasta tal punto que quedaron carbonizados y totalmente irreconocibles. Y lo más triste de todo, que entre los fallecidos había nueve niños y familias enteras. Se trataba del accidente más grave ocurrido en las carreteras andaluzas.
Después vinieron las preguntas de rigor: ¿Cómo es posible que hubiera podido suceder algo así? ¿No hubo otra forma de evitar o acaso aminorar la magnitud de la tragedia? Primero fueron las investigaciones y luego las certezas. Por lo pronto el conductor del coche, Ignacio Arauz de Robles, miembro de una conocida familia de ganaderos de reses bravas y de abogados, iba hasta las trancas de alcohol e invadió el carril por el que venía el autobús. Luego, que al morir al instante el conductor del autobús, nadie supo cómo accionar el mecanismo para que las puertas se abrieran. De ese modo, al declarase el incendio, los pasajeros entraron en pánico al encontrar las salidas bloqueadas. Además de que no pudieron, nadie les había dicho lo que había que hacer en una situación tan extrema como aquella. Los trabajos de identificación de las víctimas tardaron varios días. De muchos fallecidos solo quedaba un trozo de carne quemada. Los bomberos que llegaron desde Linares se las vieron y se las desearon para despegar alguno de los cuerpos de los fallecidos de los asientos. Hicieron falta pruebas de ADN para identificar a varios cadáveres. Y luego el multitudinario funeral que se celebró en el pabellón en el que se pusieron los 28 ataúdes. Y el final con el entierro en nichos con lápidas sin cruces. Los políticos vinieron en bandada porque tres días más tarde se celebraban elecciones en Andalucía y había que estar en la foto.
Las creencias
Además de los muertos hubo 18 heridos, casi todos con quemaduras de distinta consideración. Los medios de comunicación resaltaron la entereza de los familiares de las víctimas. Casi todos los fallecidos eran testigos de Jehová. Su fe los mantuvo fuertes ante la adversidad. Sus creencias les sugieren que aquí estamos de paso y que tras la muerte hay una vida mejor. “Si esto ha ocurrido es porque así lo ha querido Dios”, decía el padre de una de las fallecidos. Aunque en la mayoría de los casos la religión no tiene nada que ver con la fatalidad, una fatalidad que a veces llega de la mano de una negligencia, un error humano o un conductor borracho.
El accidente del autobús que salió ardiendo cargado de pasajeros que venían de Sierra Nevada sirvió al menos para que se revisaran y se modificaran las normas de seguridad de los vehículos dedicados al transporte de viajeros. De la tragedia surgieron medidas destinadas a que algo así no volviera a repetirse. Bailén ha sido históricamente cruce de caminos. Tierra de tránsito, de viajeros, de batallas antiguas. Aquella noche pagó un precio demasiado alto por su posición en el mapa. Desde entonces, en este pueblo alfarero el Día de Andalucía ya no suena a celebración, sino a memoria.
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