Obituario: José Miguel Castillo Higueras

Adiós, señorito camarada

  • Era ameno, ingenioso, culto, un magnífico parlanchín y un profundo conocedor del paisaje

Adiós, señorito camarada

Adiós, señorito camarada

Hay noticias que uno le sientan como una patada en el estómago. La muerte de José Miguel Castillo Higueras, ha sido una de ellas. Todos sabemos que un día tenemos que morir y que hemos de acostumbrarnos a dormir con las manos cruzadas sobre el pecho para ahorrarle trabajo a la funeraria, pero ayer, cuando supe que José Miguel Castillo había tenido una muerte extraña y poco esperada, no pude por menos que sentir con más rabia la congoja del dolor: me preciaba de ser un buen amigo suyo.

José Miguel Castillo era ameno, ingenioso, culto, un magnífico parlanchín y un profundo conocedor del paisaje y del paisanaje granadino. Había sido una figura muy importante en la Transición política granadina y a él debe el rescate de muchas de nuestras tradiciones. Hablábamos a menudo por teléfono, sobre todo cuando lo llamaba yo porque quería que me diera cualquier dato sobre algún episodio que él sabía, como por ejemplo cuando hace unos días me contó con pelos y señales las dos semanas que se tiró en Londres cuando fue a pujar por el yelmo de Boabdil. Me contó lo publicable y lo que no era publicables y nos reímos casi a carcajadas cuando recordamos el momento.

Últimamente lo veía un poco perdido, haciendo cosas que nos podían parecer raras, pero todo achacable a un espíritu indomable, algo excéntrico y nada convencional. Aunque perteneció al Partido Comunista, estuvo doce años como concejal del PSOE. Él pertenecía a una familia bien de Granada y fueron muchos los granadinos que no concebían ese desbarajuste ideológico. He contado en varias ocasiones la famosa anécdota que retrata perfectamente esas aparentes contradicciones con las que él, sin embargo, vivía en total armonía. Él se reía mucho cuando recordábamos esa anécdota. En plena campaña electoral en las primeras elecciones democráticas después de la muerte de Franco, viene a Granada Santiago Carrillo y lo primero que hace es llamar a la casa de su correligionario José Miguel Castillo. Se pone al teléfono una criada, a la que el líder comunista pregunta:

-¿Está el camarada José Miguel?

La criada dice que va a ver y cuando vuelve le suelta al líder comunista:

-No. El señorito camarada ha salido.

Descansa en paz, señorito camarada.

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