AYER Y HOY

Alberto Aguilera, el cacique ‘pico de oro’

  • Anterior a Natalio Rivas, don Alberto, el hijo de una granadina de la costera localidad de Albuñol, era simpático y gran orador

Los caciques del pueblo de Albuñol en el siglo XIX: Don Alberto a la izquierda y don Natalio a la derecha Los caciques del pueblo de Albuñol en el siglo XIX: Don Alberto a la izquierda y don Natalio a la derecha

Los caciques del pueblo de Albuñol en el siglo XIX: Don Alberto a la izquierda y don Natalio a la derecha / José Luis Delgado

Perteneciente al Partido Liberal con el presidente Sagasta, el abogado, doctor y periodista Alberto Aguilera y Velasco, el hijo de la granadina albuñolera doña Soledad, fue uno de los mejores oradores que ha tenido nuestra venida a menos clase política. Su fina y convincente oratoria deja a años luz a la que ahora se estila. Nunca le oímos decir lo de portavoces y portavozas, nunca lo de miembros y miembras, jamás lo de fuerzos y cuerpas del Estado, ni gritar ¡Viva Honduras! si estaba en El Salvador. Era educado. Era culto. Ya no se lleva. Ahora ministro es cualquiera.

Durante su vida política, coincidiendo con el reinado de Amadeo I y la regencia de María Cristina, recorrió media España: gobernador en Ciudad Real, Oviedo, Toledo, Murcia y Sevilla; alcalde de Madrid y Ministro de la Gobernación. Impecable carrera para este hijo de granadina, aunque nacido en Valencia en 1842.Albuñol entero se volcó en la celebración cuando el hijo de doña Sole fue nombrado nada menos que ministro el 19 de marzo de 1894.

Enterados de la noticia, sonaron las campanas de la iglesia, se lanzaron cohetes y palmas reales. Se iluminaron las calles y la banda de música de Cádiar, que con tanto éxito había participado en la coronación de Zorrilla, fue recorriendo el pueblo. Hubo fiestas por todo lo alto y el Ayuntamiento acordó nombrarlo Hijo Adoptivo y dar su nombre a la calle en la que está la casa donde nació y vivió su madre doña María Soledad Velasco.

Escenas en el asilo y el entierro de Aguilera Escenas en el asilo y el entierro de Aguilera

Escenas en el asilo y el entierro de Aguilera / José Luis Delgado

Iba el pueblo preparando el terreno para el que luego sería otro de sus valedores, el también ministro de Albuñol Natalio Rivas, el mayor cacique que en Granada hubo. Confiaban los pueblos en que sus caciques arreglarían los problemas.

En Madrid celebraron las iniciativas de Alberto Aguilera como alcalde proyectando plazas y avenidas; con él se inauguraron populares monumentos públicos como el de Cascorro, el héroe de la guerra de Cuba, o como los de Goya y Quevedo; pero es que además impulsó las obras públicas: proyectos de la Gran Vía y el Parque del Oeste, y levantó en 1895 el Asilo de Santa Cristina (apoyado por la reina María Cristina), institución benéfica ejemplar en Madrid, desgraciadamente destruido en 1936. Hoy una hermosa avenida madrileña, entre las estaciones de Argüelles y San Bernardo, lleva el nombre de Alberto Aguilera.Curiosa anécdota la que ocurrió en el pueblo de Tineo. Estando de gobernador en Oviedo en 1871 se produjo un levantamiento popular que apenas pudo reprimir la Guardia Civil. Al señor Aguilera no se le ocurre otra cosa que ponerse en medio para aplacar a los sublevados dirigiéndoles unas emocionadas palabras. De entre los obreros exaltados se adelantó un robusto aldeano que acabó abrazando a don Alberto y pidiendo calma a los demás. Resultaba haber sido aguador de la casa del señor Aguilera en Madrid. Este simple hecho sirvió para aplacar los ánimos. Tal era el grado de simpatía popular que irradiaba don Alberto con su hábil y convincente ‘pico de oro’.

Imagen de Albuñol y placa en su casa de Madrid Imagen de Albuñol y placa en su casa de Madrid

Imagen de Albuñol y placa en su casa de Madrid / José Luis Delgado

Murió el día de Navidad de 1913. Su entierro en el asilo de Santa Cristina de Madrid provocó toda una manifestación de duelo al que asistieron políticos de todos los colores agradecidos al que consideraban el mejor alcalde de Madrid. Es verdad que el Círculo de Bellas Artes entregó a la familia Aguilera dos mil pesetas para que las repartiera entre los vecinos del barrio que acompañaran al cadáver. Sus restos serían luego trasladados a la Almudena.

La prensa local granadina apenas despachó la noticia con unos cuantos piropos de esos que se le reconoce a los muertos; y es que Aguilera hablaba muy bien pero fue algo olvidadizo con Granada. Cartas de pésame llegaron de muchos sitios; de Granada solo el de la Cámara de Industria y Comercio. Y es que al olvidadizo por pereza, nadie le reza.

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