• La capital y su Área Metropolitana suman más de 800 seísmos desde el 1 de diciembre

  • Mientras se evalúan los daños, la población sigue alarmada por lo intenso de los temblores

  • Ya se han recibido más de 600 reclamaciones en las oficinas de atención a los damnificados

serie sísmica en Granada

La Granada que tiembla

Técnicos revisan los elementos de la fachada de la Catedral. Técnicos revisan los elementos de la fachada de la Catedral.

Técnicos revisan los elementos de la fachada de la Catedral.

Antonio L. Juárez (Photographerssports)

Escrito por

· Arantxa Asensio

Redactora

"No debe sorprendernos, porque vivimos en un país sísmico”. La investigadora Elisa Buforn, profesora de la Universidad Complutense, señala en su análisis sobre la serie sísmica de Granada que el siglo XX “fue anómalo desde el punto de vista sísmico”. Esos cien años se despacharon con episodios más o menos moderados, sin grades alardes, como la serie del 79, que recuerda perfectamente Jesús Ibáñez, catedrático de Física de la Tierra de la Universidad de Granada e investigador del Instituto Interuniversitario Andaluz de Geofísica y Prevención de Desastres Sísmicos. Aquel año la serie de temblores se alargó de marzo a septiembre, con periodos de más actividad y otros de menos. Por temor, hubo quien decidió pasar la racha en una tienda de campaña en lo que ahora es un parque de la capital. “Los veía de camino al colegio”, recuerda Ibáñez. En el XXI, por ahora, tiene como hito destacado y trágico lo ocurrido en Lorca en 2011, con nueve fallecidos tras un sismo de magnitud 5,1. Ahora Granada tiembla con una nueva serie sísmica, que comenzó el pasado 1 de diciembre y suma más de 800 terremotos, tres de ellos de 4,4, dos por encima de 4 y un reguero notable de sacudidas por encima de 3 grados de magnitud. Un centenar han sido sentidos por la población. De éstos, el de la mañana del sábado 23 de enero, los tres de la noche del martes 26 de enero –jornada en la que se activó la fase de preemergencia del Plan de Emergencias ante el riesgo sísmico de la Junta de Andalucía– y el de la tarde del jueves 28 han provocado la alarma en la población, sobre todo de las localidades en las que se localizan, repetidamente, los epicentros de estas sacudidas, Santa Fe, Chauchina y Atarfe, donde todavía se evalúan los daños. El más intenso alcanzó un valor V-VI en una escala que llega a XII.

Decenas de personas, como ocurriera en el verano del 79, han decidido dormir en sus coches esta semana. Ayuntamientos como el de Santa Fe han abierto el antiguo campo de fútbol, aunque también se recomienda quedarse en casa. Los técnicos no habían finalizado el informe sobre los daños del pasado sábado cuando tuvieron que rehacerlo para incluir los inmuebles que sufrieron daños el martes. De nuevo hubo que ampliar el listado de daños el jueves. Ha habido desperfectos en elementos patrimoniales, como la Catedral de Granada (donde ha caído un pináculo) o en los arcos de Santa Fe. En la Alhambra se han apuntalado las almenas de la Torre de las Gallinas y se cortó el acceso por la Cuesta de los Chinos tras la aparición de grietas. El monumento, tras la noche del martes, informó de que el personal de seguridad informó a varias personas que habían decidido pasar la noche en los bosques de la Alhambra que aquel no era un lugar adecuado para buscar refugio.

También se han visto afectados centros educativos, como el Capitulaciones de la localidad santaferina, donde el profesorado ha solicitado que se suspenda la docencia presencial hasta que se certifique que el edificio es seguro. En lo que va de semana, las oficinas de atención a los damnificados suman más de 630 reclamaciones de vecinos que informan de daños materiales, unas 500 en Atarfe y 130 más en Santa Fe, enumeran sus alcaldes, Pedro Martínez y Manuel Gil. En el primer municipio hay unas 15 viviendas más dañadas, mientras que en segundo una veintena de expedientes requieren un análisis con “detenimiento”. En esta localidad se produjo el derrumbe de un edificio abandonado. En Atarfe se procedió a derribar de forma controlada el muro de un colegio. El único daño personal, hasta ahora, fue el herido leve del pasado sábado, cuando un hombre tuvo que ser atendido tras caerle unos cascotes de la chimenea de su vivienda.

Calle cortada en Santa Fe. Calle cortada en Santa Fe.

Calle cortada en Santa Fe. / Miguel Ángel Molina (Efe)

La serie continúa y se engrosa con nuevos sismos, una situación que, según explicó recientemente Mercedes Feriche, investigadora del Instituto Andaluz de Geofísica, puede durar “una semana o meses”. “¿Qué podemos hacer?” se pregunta Buforn en su análisis sobre lo que vive Granada. “Tener una buena norma sismorresistente”, se contesta la propia investigadora. Ibáñez añade “hay norma, pero ¿quién toma el toro por los cuernos? Siempre va a costar menos prevenir que recoger un muerto”, zanja. Este razonamiento viene de la mano de que, en su opinión, deben institucionalizarse medidas y comportamientos, no depender de que se produzca una tragedia para anunciar medidas. “Me gustaría que me dijeran cuántos edificios se han revisado realmente”. En estos días los técnicos municipales de las localidades más afectadas, los del Arzobispado, de la Universidad de Granada, de la Diputación no paran. Revisan grietas, preparan informes que apenas tienen validez unas horas. Para Ibáñez, este trabajo de revisión debería ser continuo. Si un muro presenta deficiencias, siempre será mejor acometer un derrumbe controlado a esperar a que sea un terremoto el que tumbe la estructura. “Desastre viene etimológicamente de sin estrella, significa que los dioses nos han abandonado. No sale lo que queremos. Como raza, somos muy soberbios. No buscamos adaptarnos, sino que construimos donde nos conviene”, reflexiona el investigador.

Docentes en el patio del Capitulaciones, colegio al que el viernes únicamente asistieron tres alumnos. Docentes en el patio del Capitulaciones, colegio al que el viernes únicamente asistieron tres alumnos.

Docentes en el patio del Capitulaciones, colegio al que el viernes únicamente asistieron tres alumnos. / Jesús Jiménez (Photographerssports)

¿Y dónde está construida Granada? El informe del Instituto Geográfico Nacional (IGN) –que cuenta con tres estaciones sísmicas permanentes de velocidad y 22 de aceleración, una de ellas en la propia Alhambra–, indica que “la sismicidad registrada se enmarca dentro de lo esperable en esta zona”, una de las más activas de la Península por ser donde se encuentran las placas africana y euroasiática. Estas dos placas se estrechan a una velocidad de ente cuatro y cinco milímetros cada año. Son habituales los terremotos “de baja a moderada magnitud”. ¿Y alta? Jesús Godoy explica el motivo por el que no es de esperar un gran terremoto en la zona. “En el proceso de ruptura” que se da en la convergencia entre las dos placas “la energía que se libera es proporcional al fragmento” que se rompe. Como bajo los pies de los granadinos no hay grandes fragmentos, no se espera que haya una gran liberación de energía. Eso sí, para ser de magnitud moderada, provocan una notable alerta. “Voy a poner un ejemplo feúcho. Si ponemos una casita encima de un flan y una casita encima de un puré, y moviéramos los platos, la casita sobre el flan se movería más”. Los sedimentos con los que se ha ‘rellenado’ la fértil cuenca donde está Granada y su conurbación. En este terreno el sedimento está “suelto”. Además, los bordes de la cuenca funcionan como caja de resonancia. A esto se une que las sacudidas son superficiales y, además, se dan cerca de núcleos de población. Por eso, pese a no ser grandes seísmos, generan temor. “Una linternita en el ojo, cerca, nos puede deslumbrar. Si vemos los faros de un coche, a lo lejos, no lo harán pese a ser más potentes”.

Además de estos factores propios del entorno se dan otras circunstancias que hacen que miles de granadinos tengan los nervios desechos. El catedrático de la UGR del Departamento de Psicología Experimental José César Perales lo explica. “Estamos más vigilantes y es fácil confundir cualquier otra sensación con un nuevo terremoto”. Hay, señala, dos opciones de hacer frente a una amenaza: reaccionar rápidamente, lo que puede suponer salir con éxito del trance, o esperar a ver qué pasa, lo que evolutivamente no parece muy aconsejable. “Estamos diseñados para cierto sesgo en la sobredetección de estímulos”, añade. Así, en estos días, el ruido de un camión es capaz de hacer que a más de uno el corazón le dé un vuelco. “Notas una vibración y dices ‘ya viene otro’”, señala el investigador.

A este estado se unen meses de pandemia, un confinamiento total –el de la pasada primavera– y meses de restricciones. “Hay quien interpreta que no puede ser casualidad. ¿Cómo es posible que nos venga todo de golpe? Esto genera un estado de hipervigilancia”, apostilla Perales, que recomienda, para hacer frente a situaciones como ésta, evitar exponerse a los bulos y al “exceso de información” para no alimentar la ansiedad y “seguir con nuestras vidas”, además de recopilar recomendaciones sobre qué hacer en caso de que fuera necesario. “Antes de rebotar un wasap hay que pensarlo... No sólo es lo que hacemos por nosotros, sino lo que podemos hacer por los demás”, añade.

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