Historias de Granada
  • La taberna 'El Elefante' reabrirá sus puertas con un nuevo inquilino y en el San Remo ya no está detrás de la barra Armando, el camarero de la sempiterna pajarita

  • Me sorprendía que un poeta tan popular como Manuel Benítez Carrasco no estuviera en las antologías poéticas de corte intelectual o académico

Tiempo de vino y poetas

Mariano Maresca, María José Lara, Muñoz Molina, Juan Vida y José Luis Chacón. Mariano Maresca, María José Lara,  Muñoz Molina, Juan Vida y José Luis Chacón.

Mariano Maresca, María José Lara, Muñoz Molina, Juan Vida y José Luis Chacón.

Archivo Juan Vida

El poeta Luis García Montero dice que en Granada se aprecian mucho las cosas de toda la vida, la panadería de toda la vida, el carnicero de toda la vida o la taberna de toda la vida. Es verdad. Al granadino le gusta la tradición y ver que las cosas que a él le han enseñado siguen ahí y que seguirán ahí cuando él ya no esté. Por eso me duele mucho ver que se cierran negocios que han estado desde siempre ofreciendo a sus clientes un estilo de vida. La dichosa pandemia ha cerrado algunos de estos negocios porque no han sido capaces de sobrevivir a tanto disparate junto, a tanta norma sin sentido, a tanta improvisada idiotez.

Dos tabernas, El Elefante y el San Remo, han estado a punto de echar el cierre. El primero por la pandemia que le impide tener clientes en su reducido local y el segundo por la retirada de Armando, el camarero de la sempiterna pajarita. Los dos van a seguir con nuevos responsables. El San Remo ya funciona y El Elefante lo hará en breve.

Foto reciente del San Remo, con sus famosas bravas en primer término Foto reciente del San Remo, con sus famosas bravas en primer término

Foto reciente del San Remo, con sus famosas bravas en primer término / (Granada)

Yo, adicto al vino bebido con palabras y amigos, muchas veces sigo el ejemplo de aquel viejo periodista que un día me dijo que había más noticia en una taberna que en cien ruedas de prensa. He pasado muchas horas de mi vida en esos sitios en los que se trasiega la cerveza y el vino intentado sondear el fondo de las cosas, aunque en muchas ocasiones no encontrara otro fondo que el de mi misma copa, como dijo un poeta.

El vino y los poetas siempre se han llevado bien. Lo sabía Rafael Guillén cuando escribió su libro de memorias Tiempo de vino y poesía en el que cuenta como los poetas posteriores a Lorca se reunían en cualquier garigolo que sirvieran vino y para hablar de lo que habían escrito. "Algo que no he llegado a aclarar en mis adentros es si lo de las tabernas era consecuencia de nuestra inspiración o si nos inspirábamos para aquellos horrendos alejandrinos, con hemistiquio y todo, a base de vino tinto", dice Rafael Guillén. En un poema exclama: Taberna de mugre y cante/y, en el áspero vino,/borrachos de pergamino/con la noche por delante

Alguien de ese grupo poético (Rafael Guillén, Ladrón de Guevara, Gómez Montero, Miguel Ruiz del Castillo…) me contó que estando sentados en una plaza de La Alpujarra comenzó a caer una fina lluvia. Uno de ellos abrió la boca mirando para arriba para sentir el agua y exclamó: "¡Ay Señor! Ojalá fuera vino". Javier Egea dijo aquello de "Vivo en la calle Tal, pero se me puede encontrar en las tabernas". El poeta Manuel Alcántara alababa el vino "que hace poco fue viña al sol, azulenca de sulfatos, rumoreada de avispas y en él dejó la escarcha su traslúcida cartería".

Con Benítez Carrasco

Manuel Benítez Carrasco, con el que compartí unos vinos en Casa Enrique El Elefante cuando nos dieron a ambos el Premio 'Gorrión', me confesó que sus mejores poemas los había escrito cuando estaba un poco piripi. Siempre me ha intrigado cómo un poeta albaicinero tan popular y querido en Granada no esté en las antologías poéticas o en los sesudos ensayos sobre la poesía granadina o andaluza. Confieso que durante mi época de redactor de Cultura jamás se me ocurrió entrevistarlo. Creía que era un poeta pueblerino y algo ripioso que no era merecedor de estar en las páginas culturales de un periódico. Pensaba que el populismo de su poesía no se merecía un reconocimiento académico. Pasado el tiempo me di cuenta de mi error. Me quito el sombrero cuando compruebo el gran predicamento que tiene este poeta en Granada y en Sevilla (en ambas ciudades tiene calles dedicadas y estatuas) y cómo su poesía es tan apreciada por el pueblo llano. Benítez Carrasco no está en la Universidad, pero está en la calle y su poesía conmueve a la gente. ¡Qué más quisieran muchos que salen en las antologías!

Benitez Carrasco con el actor mexicano Cantinflas. Benitez Carrasco con el actor mexicano Cantinflas.

Benitez Carrasco con el actor mexicano Cantinflas. / Revista Alhóndiga

Mi encuentro con él en la taberna de Enrique fue cuatro o cinco años antes de que muriera. A mediados de los noventa. Estaba también mi colega Enrique Seijas, que sentía una predilección especial por el vate albaicinero. Fue un rato muy agradable y el día en el que empecé a desprenderme de los prejuicios que tenía sobre él. Tenía una sonrisa sencilla que se desplegaba en ondas concéntricas por todos los trayectos de su cara. Su voz adivinaba ese gran bardo que era. Me habló muy por encima de lo que había sido su vida y eso hizo que después me interesase por su trayectoria profesional.

Benítez Carrasco nació en la casa parroquial que hay enfrente de la iglesia de El Salvador. Una humilde placa en la fachada de la vivienda así lo recuerda. Su tío era el coadjutor de la parroquia y fue él el que pensó que su sobrino podría ser cura, al menos tendría la manduca asegurada. Entró en un seminario que los jesuitas tenían en Portugal y después ingresó en el Noviciado de la citada compañía en el Puerto de Santa María. Cuando volvió a Granada, desechada ya la idea de ordenarse sacerdote, empezó a publicar sus versos. En Madrid se descubrió como un gran rapsoda: sabía declamar versos de manera magistral. Recitó poemas en muchos países americanos y terminó instalándose en México, donde trabajó como comercial de la firma Domecq.

Rafael Delgado Calvo-Flores, que ha dedicado varios años de su vida a escribir la biografía del poeta, dice que comenzaba todos sus recitales diciendo: "Soy español, andaluz, granaíno y albaicinero". Benítez Carrasco ejerció durante más de cuarenta años de embajador en Hispanoamérica. Sólo a él se le ocurriría decir en una soleá aquello de "viene el vino, si viene cuando conviene, o hago yo que convenga, que venga cuando conviene". Benítez Carrasco, que no se casó nunca, murió en 1999 -el mismo año en que Javier Egea se pegó un tiro- y sus cenizas están esparcidas por su querido Albaicín.

El Elefante

El poeta albaicinero tenía tanta historia detrás como el local en el que estábamos. La taberna Casa Enrique, que la pandemia cerró sus puertas, pasa por ser la más antigua de Granada. Este que escribe la ha frecuentado durante algún tiempo y ha tomado allí vinos con Carlos Herrera, el mago Miguel, Juan Tamariz y con Pepe Ladrón de Guevara, su más ilustre parroquiano, al que le encantaba este recinto con olor a vino de pellejo y en el que la cuenta de las rondas se apuntaba con tiza en su barra de madera. También llevé una noche al escritor Eduardo Mendoza y quedó enamorado del ambiente y del sitio.

Enrique, el ultimo dueño de El Elefante, con Pepe Ladrón de Guevara y su esposa Concha. Enrique, el ultimo dueño de El Elefante, con Pepe Ladrón de Guevara y su esposa Concha.

Enrique, el ultimo dueño de El Elefante, con Pepe Ladrón de Guevara y su esposa Concha.

La taberna tiene siglo y medio de vida y antes había sido una casa postas. Empezó siendo un local en el que se vendía vino para las casas, pero poco a poco se convirtió en taberna al ir los parroquianos a tomarse un vaso de vino a palo seco, si acaso con unas pocas aceitunas o cacahuetes. La taberna de Enrique no podía llamarse de otra manera.

Casa Enrique, la taberna hecha tradición, abrirá sus puertas en breve. Casa Enrique, la taberna hecha tradición, abrirá sus puertas en breve.

Casa Enrique, la taberna hecha tradición, abrirá sus puertas en breve. / Andrés Cárdenas

El primitivo dueño se llamaba Enrique Peña y le traspasó el negocio a Enrique Martínez. De este pasó a su hijo y después a su nieto. Pero todo el mundo la conoce como El Elefante. Aunque son muchos los que creen que el sobrenombre le viene por las trompas que pillaba uno de sus dueños, parece ser que procede del tiempo en el que los parroquianos comprobaran que el primer responsable del local, de gran volumen corporal y con un problema en los pies, se movía como un paquidermo dentro del pequeño mostrador.

El último Enrique, que ha estado más de cincuenta años de tabernero, no piensa volver a ponerse detrás de la barra. Ha alquilado el local y dentro de poco abrirá sus puertas con nuevos arrendatarios. No se perderá la tradición porque hay un documento firmado por el cual los nuevos inquilinos tendrán que respetar la estructura, los enseres y el decorado. Lo de no poner tapa si no la pides y la pagas, está por ver. Dicen que allí estuvo un día tomando vino Ernest Hemingway, pero… ¿en qué taberna española no estuvo el escritor norteamericano? Lo que sí está acreditado por los documentos que hay en las paredes es que por allí pasaron algunos políticos como Tierno Galván y Calvo Sotelo. Y varios artistas como Joaquín Sabina, Enrique Bumbury y Florinda Chico. Muchos de los artistas de teatro que intervenían en el Isabel la Católica, acababan tomando vinos en el Enrique después de la función. Tampoco la farándula se ha llevado mal con el vino.

La tertulia del San Remo

A donde les gustaba ir a los poetas de la experiencia, sobre todo a Luis García Montero, es al San Remo, en la calle Puente de Castañeda. Bar clásico granadino donde los haya. El camarero, Armando, tenía los pantalones cortos como quien dice cuando comenzó a trabajar ahí. El San Remo lo abrió un tal Fernando, un pied noir, de los que tuvieron que salir de Argelia cuando aquel país se independizó de Francia. Fernando se estableció en Granada y montó el San Remo, trayendo hasta aquí muchas de las recetas argelinas que le han dado tanto éxito, desde el pincho moruno al cuscús o la sopa de cebolla.

A comienzos de los años ochenta tenía entre su clientela habitual a un destacado grupo de jóvenes escritores y artistas como Antonio Muñoz Molina, Juan Vida, Luis García Montero, Pablo Alcázar, Juan Mata, Miguel Ríos, Mariano Marezca, José Luis Chacón, María José Lara… que tenían allí sitio y tertulia semanal asegurada. En las paredes de la habitación que sirve de comedor hay decenas de recortes de prensa encuadrados que el camarero Armando ha ido juntando a lo largo de los años y que reflejaban los triunfos literarios y artísticos de algunos de los tertulianos.

Armando, el hombre de la pajarita del San Remo. Armando, el hombre de la pajarita del San Remo.

Armando, el hombre de la pajarita del San Remo. / Juan Vida

Las papas bravas que sirven en el bar se hicieron famosas en los años setenta y ochenta del siglo pasado. Una de las bromas que se le gastaba al estudiante novato que llegaba a Granada se hizo muy popular. Allí llevabas al amigo al que querías gastarle una broma y pedías patatas bravas. Al camarero le guiñabas el ojo y ya sabía lo que el cliente deseaba: que le pusiera dos patatas, una de ellas con picante para rabiar y la otra con un picante normal, pasajero. El cliente resabiado cogía la que picaba menos y dejaba la otra para el que quería gastarle la broma. El resultado era que la criatura que se comía la patata con picante extremo salía echando chispas del local con la boca abierta y pidiendo algo para combatir la picazón, mientras el otro se mondaba de risa. La broma era tan popular que hasta el cineasta granadino Juan José Porto montó una escena de una película (Crónicas del bromuro) en la que un grupo de estudiantes le gastaba esa chanza a un recién ingresado en la Universidad.

Otra de las especialidades del San Remo son las hamburguesas, que se ponen allí mucho antes de que lo hiciera el MacDonals. Y los llamados 'jerónimos', unos bocadillitos de carne que llevan ese nombre porque uno de sus principales consumidores era el abogado Jerónimo Páez. Había unos 'jerónimos' normales y otros 'jerónimos' especiales, como en la vida misma.

Armando, el hombre de la sempiterna pajarita al que Juan Vida le hizo un dibujo que está en las servilletas y en los cuadros del local con su cara de entrañable malafollá, se ha visto obligado a dejar la barra por culpa de una inoportuna enfermedad. Ha estado un tiempo cerrado y ahora lo ha reabierto un familiar suyo manteniendo todo lo que había.

Si el Elefante y el San Remo se hubieran perdido, algo muy nuestro hubiéramos perdido. Menos mal.

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