• La cantante granadina llegó ser la persona más popular y querida de toda España tras ganar un concurso televisivo

Historias de Granada

El año en que amamos a Rosa López

El padre de Rosa enseña el poster de su hija. Detrás se ve al autor de esta historia hablando con José Moratalla. El padre de Rosa enseña el poster de su hija. Detrás se ve al autor de esta historia hablando con José Moratalla.

El padre de Rosa enseña el poster de su hija. Detrás se ve al autor de esta historia hablando con José Moratalla.

Juan Ortiz

En 1980 el director de cine granadino Juan José Porto estrenó una película que se llamaba El curso en que amamos a Kim Novak. Veinte años después a quien amamos fue a Rosa López. Su historia dio para un argumento de un cuento de hadas: una chica humilde y desfavorecida se convierte en la reina de los corazones de todos los españoles. Yo fui testigo. Uno más.

Aquella tarde de septiembre de 2001 llegué más tarde que de costumbre a la Redacción. Venía de hablar con un jubilado que había hecho una Alhambra con hilo de cobre. Escribir todos los días algo para un periódico a veces es muy difícil y hay momentos en que escribes sobre cualquier cosa. Aquel jubilado no sólo había hecho la Alhambra de hilos de cobre, también la catedral y el monasterio de San Jerónimo. Iba a los basureros en busca de cables de la luz y teléfonos que contenían hilos de cobre y se los llevaba a su casa para hacer monumentos granadinos. ¡Qué cosas!

Bueno, el caso es que al llegar a la sede del periódico encontré a un hombre sentado en un sofá que había en la recepción. Di mis buenas tardes y al acceder al exterior me llamó la recepcionista, que se llamaba Julia. En un fuera parte y con voz muy tenue, Julia me dijo:

–Don Andrés, a ver si puede usted atender a ese señor. Dice que su hija va a participar en un programa de televisión y quiere que se diga en el periódico.

El hombre era de cuerpo recio, barrigudo, de cabeza grandes y ojos muy expresivos. Tenía el aspecto de una buena persona. Le dije a Julia que, de acuerdo, que no se preocupara, que enseguida lo atendía. Entré a la Redacción, dejé mis cosas y salí con mi bloc y un bolígrafo. Vaya tarde, pensé, primero uno que ha hecho la Alhambra de alambre y ahora este que cree que tiene una artista en la familia. Como siga así me van a dar el Pulitzer.

Me presenté al hombre que esperaba y le pregunté en qué podía ayudarle.

Por lo pronto me dijo que se llamaba Eduardo López y después me contó el motivo de su presencia:

–Es que tengo una niña que canta muy bien y la han seleccionado para un concurso de televisión.

Me lo dijo con tal ilusión que pensé que si aquel hombre había ido hasta el periódico porque quería hablar con un periodista, lo menos que podía hacer era escucharlo. El padre de la niña cantante sudaba euforia por todos lados. Hablaba con una pasión desmesurada de su hija. Me dijo que era una chica que había ya recorrido toda la provincia cantando en ferias y banquetes de boda y que ahora tenía la oportunidad de ser conocida a través de un concurso de televisión.

–El concurso se llama Operación Triunfo. Mi mujer oyó por la radio que buscaban gente que supiera cantar y presentó a la niña. De 500 que se han presentado en Sevilla ha salío ella.

Por supuesto yo era la primera vez que oía lo de Operación Triunfo. No sabía de qué iba aquel concurso. De todas maneras, tomé las notas necesarias y redacté unas líneas que salió en un hueco en las páginas de televisión con el siguiente titular: “Cantante granadina, seleccionada para un concurso televisivo”. Eduardo me dio una foto tamaño carnet de su hija. Allí estaba Rosa, gordita, con su cara rellenita y sonrosada y con ojos de joven incapaz de romper un plato. La foto acompañó a la noticia. Ya estaba hecho. Al día siguiente salió la noticia. Había cumplido con el padre de la supuesta cantante. Él me llamó al día siguiente para agradecérmelo. A partir de ahí, cada vez que llamaba al periódico, preguntaba por mí. Se había convertido en el más fiel y entusiasta embajador de su hija.

Actuación de Rosa, con su coro. Actuación de Rosa, con su coro.

Actuación de Rosa, con su coro. / Juan Ortiz

Rosólogo oficial

Lo que nunca pude imaginar es lo que iba a venir a continuación. Ni harto de roscos de vino podía prever la repercusión mediática que iba a tener esta muchacha nacida en Peñuelas y que vivía en Armilla. Rosa comenzó a competir en el programa y a ganar a todos los concursantes. España se estaba rindiendo a una chica gordita que tenía una voz prodigiosa. Una voz verdadera y profunda que alegraba la vida a quienes la oían.

Hubo un tiempo en que si a Rosa le salía un grano en la nariz, se convertía en noticia

Al conocer yo personalmente a su padre, me convertí en el ‘rosólogo’ oficial en el periódico. Yo llamaba de vez en cuando a Eduardo para que me dijera algo de su hija y él me llamaba a mí cuando tenía una noticia que darme. Una noche fui a su casa de Armilla a ver uno de los programas de Operación Triunfo. El día en que resultó ganadora del concurso. Estaban aquella noche también la madre de Rosa, Paqui, y dos de los tres hermanos: Octavio y Javier. Este último había formado con ella un dúo para actuar en la BBC, como se decía irónicamente a las actuaciones en Bodas, Bautizos y Comuniones. Aquella fue una noche de nervios que acabó en una inmensa alegría. Eduardo y Paqui se abrazaron con los ojos llenos de lágrimas. Yo abracé a Octavio y a Javier al tiempo que les daba la enhorabuena. ¡No se lo podían creer! Su hermana se había convertido en toda una estrella. Había pasado de ser una vendedora de pollos asados y de actuar en pueblos pequeños, a ser admirada por millones de españoles. Aquella noche Televisión Española rompió el récord de su índice de audiencia: 13 millones de espectadores.

Después he escrito mucho sobre Rosa. El periódico me envió a Barcelona a cubrir la rueda de prensa después de resultar ganadora en el concurso. La rueda de prensa era en la sede central de TVE en Barcelona. Cuando iba en un taxi hacía allí, el taxista me dio palique y yo le dije que venía de Granada y que iba a la rueda de prensa de Rosa.

El autor de esta historia charla con Rosa. El autor de esta historia charla con Rosa.

El autor de esta historia charla con Rosa. / Juan Ortiz

–¡No me diga! ¿Va a ver usted a Rosa? –me preguntó muy exaltado-. En mi casa estamos todos locos con ella. Dígale que la queremos muchos.

Sin duda la cantante granadina había llegado a muchos corazones españoles. Ya era conocida por Rosa de España.

Para la rueda de prensa se acreditaron alrededor de un centenar de medios, algunos de ellos extranjeros. Salió nerviosa y creo que no atendió a los consejos que le habían dado porque enseguida ella se mostró tal como era natural, genuina y con su permanente sonrisa en la cara. Creo que sin despertarse todavía del sueño que estaba viviendo y sin ser consciente de lo que le estaba pasando.

Una de las cosas de la que se extrañaban muchos periodistas era como una chica que cantaba tan bien podía hablar tan mal. Casi nadie comprendía sus respuestas. Entre la emoción del momento, su nerviosismo, su ceceo a medias, unido a esa costumbre muy andaluza de comernos la mitad de las palabras, a Rosa casi nadie la entendía. Un gran número de periodistas eran catalanes. A muchos les era difícil seguir a la cantante. En ese momento decidí que debía intervenir y aclarar a la peña periodística lo que decía nuestra paisana. Yo la entendía perfectamente. Cuando ella dijo: ‘Zi ehto zale mal vuervo al azaero pollos”. Yo traduje: “Si esto sale mal, vuelvo a asadero de pollos”. Y cuando ella dijo “Zoy de Graná, pero nací en Peñuelah’. Yo traduje: Ha dicho que aunque ella es de Granada, nació en Peñuelas, que es un pueblecito de la provincia. Y así todo. Los colegas dejaron de mirar a Rosa para mirarme a mí. Cada vez que ella hablaba, yo les comunicaba a los periodistas lo que ella había querido decir. Al final me dieron todos las gracias. ¡Me había convertido en el traductor de Rosa!

Los padres de Rosa, en el concierto de Los Cármenes. Los padres de Rosa, en el concierto de Los Cármenes.

Los padres de Rosa, en el concierto de Los Cármenes. / Juan Ortiz

También fui enviado especial a Tallín cuando ella fue elegida para representar a España en el Festival de Eurovisión. Allí pude comprobar, en el enorme salón de prensa preparado para la ocasión, que la ‘rosamanía’ se había extendido incluso a algunos países extranjeros. La peñoleña había sido la protagonista de un sueño colectivo. Una chica gordita y pobre de un pueblo perdido de España se había convertido en la princesa de un cuento de hadas. No ganó en Tallín, pero su canción Europe’s living a celebration sí gustó lo suficiente como para ser una de las más tarareadas de la época. Aquella noche casi 15 millones de españoles vieron la interpretación de Rosa.

Después del concurso Rosa estuvo con toda la delegación granadina que había ido a verla hasta la capital de Estonia. Se mostró tan natural y alegre como siempre. La crónica que envié al periódico resaltaba lo satisfecha que había estado Rosa con su actuación. Cogida a las manos de su madre, nos dijo que había estado tan nerviosa que no sabía ni lo que había pasado.

Buena para parar un tren

Después de aquello hablar con Rosa resultaba imposible. Al poco tiempo de ganar Operación Triunfo se hizo cargo de ella una productora musical que se llamaba Gestmusic o algo así. La instalaron en Madrid y no la dejaban hablar con la prensa si no era bajo su control. Prácticamente la habían secuestrado. Pero yo tenía un truco que utilizaba de vez en cuando para saber algo de ella. Quedaba con su padre y juntos llamábamos a Rosa, a la que sólo le permitían recibir llamadas de familiares. Después de saludarla, Eduardo le decía: “Ahora espera, que te voy a pasar con mi amigo Cárdenas el periodista”. Y hablaba con ella. Me contaba sus proyectos y en lo que estaba trabajando. Así me enteré de que la habían sometido a un férreo control, que estaba haciendo régimen alimenticio y que estaba dando clases de dicción. Los de la productora habían decidido que era necesario cambiar su imagen.

Vista del Estadio de las gradas de Los Cármenes durante el concierto de Rosa. Vista del Estadio de las gradas de Los Cármenes durante el concierto de Rosa.

Vista del Estadio de las gradas de Los Cármenes durante el concierto de Rosa. / Juan Ortiz

El día en que Rosa dio un concierto en Los Cármenes, a donde fueron casi 20.000 personas, estuve sentado detrás de los padres de Rosa. Mi crónica resaltaba lo orgullosos que se sentían esos progenitores por la carrera meteórica de su hija. Todo el mundo los saludaba y la daba la enhorabuena por el fenómeno que habían concebido. Eduardo estaba tan eufórico que iba por las gradas enseñando el póster de su hija. También sabía de las venidas de Rosa a Granada para ver a su familia por su tío Pepe Abasolo. Cuando el corazón de Rosa sufría el desgaste de la añoranza, regresaba a Monachil, donde les había comprado una casa a sus padres. Todos los movimientos de la cantante granadina eran noticia por entonces en los medios locales. Fue a través de su tío Pepe cuando me enteré de que Rosa estaba en Granada, en su casa de Monachil, y que había venido para celebrar con la familia su 22 cumpleaños. Pepe me dijo que esa noche, a su regreso a Madrid, iban a llevarle a la estación de Renfe una tarta y un ramo de flores. Así que me fui a la estación para cubrir el cumpleaños de Rosa. Si en aquel tiempo a Rosa le salía un grano en la nariz, también era noticia. Su fama era tal que su nombre había llegado a todos los rincones de este país. Un día fui a hacer un reportaje al centro budistas de Bubión, un retiro espiritual al que va la gente que no quiere saber nada del mundanal ruido, cuando me encontré con la responsable del centro, una monja budista que vestía su característico hábito color azafrán. Llevaba debajo del brazo una revista del corazón que había comprado en Órgiva esa misma mañana cuando había bajado a comprar alimentos.

–Es que viene un reportaje de Rosa –me dijo la monja para justificar su interés por una publicación tan casquivana.

–¿Pero es que ustedes conocen a Rosa y siguen ese concurso? –le pregunté extrañado de que en aquel lugar tan alejado y solitario hubiera siquiera un televisor.

–Por supuesto –me contestó ella.

Al día siguiente escribí una columna sobre el poder de convocatoria de Rosa, que tenía fans hasta en los centros budistas.

Habían pasado dos años desde que ganó en Operación Triunfo y aquella chica gordita se había puesto tan buena como para parar un tren. Y de hecho lo hizo, lo de parar un tren, porque el expreso que le iba a llevar a la capital de España estuvo parado en la estación de Granada más de media hora porque todos los viajeros del tren se bajaron cuando se enteraron de que a Rosa le iban a entregar una tarta de cumpleaños en el vestíbulo de la estación. Yo estaba allí y puedo prometer y prometo que ha sido uno de los actos más entrañables que he cubierto como periodista. Más de doscientos viajeros rodearon a Rosa y le cantaron el cumpleaños feliz. Con aquel gesto lograron que ella llorara a moco tendido. Todo el mundo quería darle un beso y abrazarla. Rosa en aquellos tiempos era quizás la persona más querida de España. Y eso es algo que poca gente puede conseguir.

Ahora cada vez que veo a Rosa casi siempre terminamos hablando de su padre, de su manía porque su hija fuera cantante. Él murió en marzo de 2008 y me consta que su ausencia dejó un hueco importante en el alma de aquella niña que soñaba con triunfar en la canción.

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