historias de granada
  • El día en que entré en esta ciudad con la intención de instalarme en ella tuve la sensación de que mi vida había dado el giro definitivo

  • Con el paso de los años he comprendido que es sólo aquí donde me siento a salvo de la fealdad del mundo

La belleza adictiva de Granada

La Alhambra vista desde el Paseo de los Tristes. La Alhambra vista desde el Paseo de los Tristes.

La Alhambra vista desde el Paseo de los Tristes.

A. L. GALVEZ

En Navidad la mente suele sufrir algún tipo de alteración que te hace un poco más sensible. A muchos nos pasa. En esta época del año me siento más proclive a mirar todo de otra forma, de manera más benevolente, como si alguien no determinado te insistiera en que tienes que llevarte bien con tus semejantes. Eso es lo que llaman el espíritu de la Navidad. Incluso a la hora de escribir siento que mis palabras deben ir más por el recuerdo y las confidencias.

Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión. Pienso que el mejor favor que puede hacer un veterano periodista a una ciudad es contar como fue –por supuesto desde su particular punto de vista– la vida del entorno en el que ha vivido tantos años: cómo eran sus calles, cómo eran sus plazas, cómo eran los personajes que la habitaban, cómo eran sus monumentos, cómo eran sus bares y tabernas, cómo eran sus instituciones, cómo eran sus políticos y, en fin, cómo era su historia. De ahí estas crónicas sobre el pasado que estoy escribiendo todas las semanas. Durante cuarenta y tantos años he trabajado como periodista en Granada, primero en el diario Ideal y ahora en Granada Hoy. He sido (otra vez lo soy) presidente del colectivo al que pertenezco y también he participado en muchos programas radiofónicos y de las televisiones locales. He ido siempre que he podido allá a donde me han llamado. He conocido lugares muy acogedores, personas muy interesantes y situaciones que merecen la pena recordar. Pienso que sin recuerdos no hay personas ni ciudades. Y que no hay ciudades sin personas.

Lavadero de la Puerta del Sol. Lavadero de la Puerta del Sol.

Lavadero de la Puerta del Sol. / A. L. GALVEZ

Dios existe

Antes de seguir debo decir que no he nacido en Granada, pero me siento granadino porque me he hecho aquí. Llegado a este punto a lo mejor se hace necesaria la pregunta de quién es más granadino, el que habiendo nacido aquí lleva mucho tiempo viviendo en otro lado o el que ha nacido lejos de Granada y vive aquí desde hace bastantes años. El profesor López Calera dice en su ontología sobre el ser granadino que se puede afirmar que “soy granadino, aunque no haya nacido en Granada”, como también se puede decir “no soy granadino a pesar de haber nacido en Granada”. Todo esto quiere decir que el ser granadino no se construye con la argamasa de la geografía, sino con los impulsos del corazón. Lo mismo que hay un granadino que nace, hay un granadino que se hace. Somos según nuestros genes, pero también de nuestros penes. Aunque no haya nacido aquí, es aquí en donde he concebido a mis hijos y mis hijos a su vez han concebido a mis nietos. Así pues, puedo decir que la esencia granadina se me ha transmitido no por vía de mis ascendientes sino por vía de mis descendientes. ¡Ah! Y con el tiempo he adquirido tanta dosis de malafollá como cualquier otro granadino que haya nacido en el Realejo o en el Albaicín.

Vista de Granada. Vista de Granada.

Vista de Granada. / A. L. GALVEZ

Fue Rainer María Rilke el que dijo que la patria de cada uno es la infancia. Juan Marsé dijo que sí, que estaba de acuerdo que la patria de cada uno es la infancia en el sentido moral y cultural, pero que en el sentido físico era las cuatro esquinas en la que se uno se ha meado. Simón Bolívar era más contundente y dijo que no importa donde se nace, sino donde se lucha. Y Cicerón, mucho más pragmático, dijo que la patria de uno es el sitio en el que te quieren. Yo estoy de acuerdo con Cicerón, porque creo que es muy importante tener un gran hueco en el alma ocupado por el sitio que te acoge y te permite realizarse como profesional y como persona. Mi concepto de patria es aquel que dice que es el sitio en el que se puede tomar unos vasos de vino con viejos amigos y hablar con ellos de lo divino y lo humano. Desde hace casi ocho años, todos los jueves nos reunimos en el Chikito un grupo de jubilados para hablar de todo lo que se tercie al descorche de un par de botellas de vino. En esas reuniones tengo la sensación de que mis amigos y yo ya hemos superado muchos temas trascendentes, por ejemplo, el de la existencia de Dios o el del miedo a la muerte. Cuando estamos sentados en la terraza y vemos pasar a una chica guapa nos sentimos como Michael Caine y Harvey Keitel en la película La Juventud de Sorrontino cuando ambos, ya viejos, están en la piscina de un hotel de lujo hablando de circunstancias de sus respectivos pasados. Uno ha sido director de orquesta y otro productor de cine. Uno es un ateo irreverente y el otro le muestra sus dudas sobre la existencia de Dios. De pronto entra en el agua una escultural chica totalmente desnuda. Ambos se quedan embobados y uno al otro le dice en plan confidencia: ¿Ves cómo Dios existe?

Escena de la película 'La Juventud'. Escena de la película 'La Juventud'.

Escena de la película 'La Juventud'.

Muchas Granadas

Por supuesto, uno de nuestros temas preferidos para hablar es Granada, la ciudad que habitamos y que en la que hemos depositado todos nuestros anhelos. Hay tantas Granadas como queramos ver. Sólo en términos urbanísticos diremos que hay una Granada que empieza en sus barrios más antiguos, en el Albaicín y el Sacromonte, lleno de cuevas y de calles estrechas que recuerdan el pasado árabe. Está la Granada del centro histórico, donde se encuentra la catedral, la plaza Bib Rambla y Puerta Real. Donde están las tiendas que poco a poco han ido adueñándose de la zona y han echado a los vecinos a otros andurriales. Antaño en el centro histórico había zapateros remendones, artesanos de la piel, barberos de toda la vida, carpinteros. Poco a poco ese microcosmos ha ido desapareciendo y los viejos edificios se han convertido en oficinas o pisos turísticos que han vaciado de vida el centro. Eso no solo ha pasado en Granada, ha pasado en muchas ciudades antiguas. Está también la Granada de los barrios populosos como El Zaidín y La Chana y la Granada desarrollista de los años 60 donde se construyeron edificios de pisos en largas calles como el Camino de Ronda o Pedro Antonio de Alarcón. Y luego está esa Área Metropolitana de pueblos que se han ido acercando hasta la capital hasta constituir una periferia asumida y dependiente. Y hay una Granada que se fue con la construcción de la Gran Vía y la desaparición de la Manigua.

Imagen otoñal del bulevar de la Constitución. Imagen otoñal del  bulevar de la Constitución.

Imagen otoñal del bulevar de la Constitución.

Es cierto que Granada tiene una belleza casi adictiva. Lo he ido comprobando a través del tiempo. Si uno no se enamora de ella sentado en una terraza del Albaicín o paseando por el bosque de la Alhambra, mejor es que deje de intentarlo. Poco a poco, como al pintor Apperley, me ha ido ganando Granada, hasta convertirse en la ciudad que quiero y siento como si fuera mía y en cuyas manos he depositado mi destino. Debo decir que la belleza de Granada no me ganó de sopetón, me ha ido ganado con el paso de los años, conforme he ido descubriendo lugares que no sabía ni que existían. Por supuesto que la Alhambra produjo en mí la misma sensación de los que sienten que están en un sitio extraordinario, lleno de historias y leyendas. También me ha ido ganando con el paso de los años su historia, sin duda una de las más apasionantes de toda España porque en ella se han dado circunstancias que no se han dado en ninguna otra. Que aquí hayan vivido tres culturas, que haya sido el último bastión moro o que aquí estén enterrados los Reyes Católicos son motivos suficientes para creer en el peso de los siglos.

Una ciudad está hecha de tiempo y deseo. El día en que entré en Granada con la intención de instalarme en ella tuve la sensación de que mi vida había dado el giro definitivo en mi existencia. Miraba las cosas y a las personas cómo jamás había mirado antes algo o a alguien: con la conciencia nueva y la inquietud calmada. Ese día me pareció que Granada era el sitio que el destino me había confiado.

Catedral de Granada vista desde la plaza de las Pasiegas. Catedral de Granada vista desde la plaza de las Pasiegas.

Catedral de Granada vista desde la plaza de las Pasiegas. / A. L. GALVEZ

En el momento correcto

Granada invita a sentir entusiasmo, que es vivir un amor a la vida sin ningún fundamento racional. Pasear por sus calles, entrar en cualquier monumento, es notar como sientes ese entusiasmo. Nada más poner los pies en ella entendí que estaba en el lugar correcto y en el momento correcto. Paseando por sus calles entendía a los poetas que la habían ensalzado en sus composiciones. Era pasto de los ojos y elevación de las almas, que diría el poeta Al-Saqundín. Granada, como a Juan Ramón Jiménez, me cogió el corazón y en absoluto creía lo que había escrito Soto de Rojas, que era un paraíso cerrado para muchos y unos jardines abiertos para pocos. Yo sentía que la ciudad se había abierto para mí. Así de feliz era. En mis primeros tiempos en Granada no sentía nostalgia por nada. Granada, lo pude comprobar, es una ciudad que se podía recorrer con un sueño en la mente y con la esperanza en el corazón. Aquí yo sentía más intensamente que en cualquier otra en la que había vivido. Una ciudad conmovedora, a la vez lírica y prosaica, que me estaba abriendo los brazos con el deseo de acogerme entre los suyos. Con el tiempo he aprendido algo: Granada cambia de vez en cuando, pero nunca deja de parecerse a sí misma.

Calle del Albaicín. Calle del Albaicín.

Calle del Albaicín. / A. L. GALVEZ

No me he arrepentido en ningún momento haber decidido aposentarme aquí. Pude haberme ido en un determinado momento, pero decidí que esta sería la ciudad de mis hijos y de mis nietos. Granada ya me ha ganado para ella y me gana siempre que quiere. Me gana la Granada de San Juan de Dios transportando enfermos y la del beato Fray Leopoldo pidiendo por las casas una ayuda para los pobres. Me gana la Granada de Eugenia de Montijo que se quitó el corsé ante del emperador francés para hacerlo su marido y la de Marianita Pineda que bordaba banderas que significaban libertad. Me gana la Granada que vio cómo asesinaban impunemente a su poeta más famoso en un día en el que jamás debió amanecer. Me gana la Granada de la Alhambra que lleva ocho siglos levantándose a su hora y la de la tumba en la que están enterrados los reyes más católicos de España. Me gana la Granada del remojón de bacalao y naranja, la de la casata de los Italianos y la del vermú de La Castañeda, que de vez en cuando tomo con Rafael Guillén el poeta. Me gana la Granada del Chikito y la Manigua porque son los sitios a los que más voy, la que intenta que la malafollá guevariana sea palabra que esté en el diccionario y la del dejaos de pollas vayamos a pollas y póngame usted una maritoñi con un pulevín. Me gana la Granada de sabios arabistas, la que trató el doctor Olóriz y la que pintaron Maldonado, Apperley, López Mezquita y Dolores Montijano. Y la que pintan Juan Vida y Jesús Conde, por decir dos artistas que aún cogen los pinceles. Me gana la Granada que ha salido de la garganta de Morente, de Carlos Cano, de Rosa, del 091, de Los Planetas y de Miguel Ríos, y la Granada de tablaos sin turistas que han pateado Mariquilla, Mario Maya y Manolete. Me ganan las calles del Albaicín y las cuevas sacromontanas, la del barrio que nació entre dos ríos y la del territorio greñúo. Me gana la Granada de cruces floridas por mayo y la de las juncias del enfervorizado Corpus de junio. Me gana el rugido de Los Cármenes en los días de partido y me duele cuando lo humillan. Me ganan las azofaifas, las acerolas y los granados cuando están en flor. En fin, me gana la Granada que todos los días veo reflejada en el iris de mis ojos, aquella donde me siento a salvo de la fealdad del mundo. He dicho. Por si no nos vemos, que pasen una feliz Nochebuena.

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