"No digas nada, mamá, pueden reaccionar peor"
Una madre narra el acoso que padeció su hija durante un curso, lo que la obligó a acudir al psicólogo.
"Me sentí culpable de lo que sufría mi hija". Hasta este punto llegó una madre -que no quiere desvelar su identidad- durante el curso en el que su hija fue objeto de injurias, maltrato psicológico y continuas vejaciones por compañeras del aula. El caso de esta alumna reúne las características comunes de una agresión continuada, salvo que ésta se produjo en el primer curso de Bachillerato, cuando lo normal es que se detecten al finalizar la Primaria o al llegar al instituto. Época, por otro lado, de cambios sustanciales en la vida del estudiante.
Al optar por la modalidad de Humanidades de esta etapa posobligatoria, la menor, que tenía entonces 16 años, cambió de centro educativo, pues en el que cursó la ESO no se ofertaban dichas enseñanzas. No fue hasta dos meses después de iniciarse las clases cuando los padres se percataron de que había dado un giro radical a su forma de vestir, un cambio que la familia atribuyó a la edad. Sin embargo, esta "metamorfosis" no sólo afectó a su aspecto estético. La relación con sus progenitores se hizo muy parca. Poco a poco, esta adolescente se volvió introvertida en su casa, algo nada frecuente hasta entonces. A ello se unieron las bajas calificaciones. De concluir la Secundaria con sobresaliente a sacar sólo suficientes y varios suspensos.
La alarma saltó un domingo por la noche, cuando la menor sufrió un ataque de ansiedad. "Le costaba respirar, por lo que la llevé de inmediato al centro de salud más cercano. El médico que le atendió le preguntó si tenía algún problema, a lo que ella no contestó nada", refiere esta madre, quien destaca que se repitieron más episodios como éste. "La crisis de ansiedad la padecía los fines de semana. Acudió al médico varias veces sin decírmelo".
Los padres sospecharon que su hija tenía problemas en el instituto por boca de un tercero. "Una tarde un amigo de ella me llamó. Me dijo que quería hablar conmigo. Quedamos y me confesó que mi hija no podía estar en aquel centro. Que la cambiara cuanto antes". Con el tiempo, supieron que este amigo la acompañaba todos los días al instituto, pues le aterraba la idea de encontrarse con las acosadoras en la calle.
La verdad salió a relucir con un nuevo ataque de ansiedad: "Mamá, tengo miedo de ir al instituto. Hay compañeras que siempre me esperan en los pasillos para intimidarme, para insultarme. Se meten continuamente conmigo. Hasta me agreden físicamente". A partir de ahí los padres lo supieron todo. "Mi hija venía de un centro en el que le habían enseñado a dirigirse al profesor en tercera persona, a usar el don por delante para hablarles. Todo ello la convertía en blanco fácil de un grupo liderado por una alumna. Luego supimos que esta joven había tenido problemas similares con otras estudiantes, que se vieron obligadas a abandonar el instituto por las continuas humillaciones".
La madre se puso en contacto con la dirección del instituto, pero fue en vano. Los profesores no habían visto nada, ya que todas las agresiones se perpetraban fuera del aula. "No digas nada, mamá. Puede que reaccionen peor cuando se enteren de que has ido a hablar con la directora", rogaba la adolescente. "Entonces empezó lo peor para mí, porque llegué a sentirme culpable por no haberme dado cuenta antes", relata esta madre, quien optó por acudir todos los días al recreo para no dejar sola a su hija. Ningún compañero de clase quería apoyarla. Esa postura suponía ponerse en contra del grupo de las acosadoras.
"Sólo quedaba el último trimestre para acabar el curso. Cambiarla de centro a esas alturas era perjudicial a nivel académico. Por eso le pedí que hiciera un último esfuerzo. Sabía que estaba viviendo un infierno, pero era la única manera de dejar ese instituto atrás", refiere esta mujer. Y así fue. La joven logró aprobar el primer curso de Bachillerato en junio. El pasado septiembre comenzó segundo en otro centro distinto. De la pesadilla que vivió sólo quedó constancia en las conversaciones con el equipo directivo, que no movió ni un solo dedo para averiguar si era cierta la queja de la familia. La principal acosadora culmina ahora el Bachillerato en aquel instituto. La víctima ha tenido que acudir durante más de un año al psicólogo para superar las secuelas.
El caso de esta menor se repite en miles de alumnos españoles sin que salgan a la luz, pues, por suerte, no acaban en tragedia, como sí ocurrió con Diego, el niño de 11 años que se arrojó por la ventana. El acoso escolar, la mayoría de las veces, se sufre en el más cruel de los silencios.
No hay comentarios