Historias de Granada
  • María Antonia Zayas-Fernández de Córdoba, que no tuvo herederos, destinó su inmensa fortuna a la creación de un Fundación para cuidar a personas vulnerables

  • Un ensayo de Alfredo Rodríguez Villegas, que se presenta el próximo jueves, recoge la vida de esta mujer inmensamente rica que vivió los últimos años de su vida de una forma sencilla y sin lujos, practicando la austeridad y la discreción

La gran benefactora de Granada

Maria Zayas, en el coche con su familia en una foto de 1911. Maria Zayas, en el coche con su familia en una foto de 1911.

Maria Zayas, en el coche con su familia en una foto de 1911.

A. C.

Escrito por

Andrés Cárdenas

Esta mujer de la que voy a hablar en esta historia fue testigo de lo que pasó en Granada en casi un siglo. Cuando ella nació, en 1885, Granada tenía una población cercana a los 70.000 habitantes y se estaba ya ideando la construcción de la Gran Vía. También se estaba recuperando del terrible terremoto que asoló la provincia y que causó casi 800 muertos y más de 1.500 heridos. Ella era una mozuela cuando España cayó en un estado de depresión colectiva por culpa del desastre colonial que permitió que se perdiera losa últimos restos (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) del dominio más extenso que una nación hubiera poseído en el mundo. María Antonia Zayas-Fernández de Córdoba y Osorio-Calvache, pues así se llamaba esta mujer, tenía la bonita edad de 15 años cuando comenzó el siglo XX. Por entonces, el esquema de la sociedad granadina era tan simple y primitivo como injusto y doloroso. Era como una pirámide en cuya cúspide estaba la minúscula minoría dirigente, integrada por elementos de la nobleza local y de la alta burguesía (una docena de familias más o menos) a los que se sumaban representantes de otros estamentos igualmente privilegiados y procedentes por lo general de las filas empresariales y agrícolas. Eran los privilegiados de la sociedad. Luego estaba la pequeña burguesía, la que miraba siempre para arriba y nunca para abajo. Era la clase media. Benavente decía que se la llamaba “media” porque en ella “todo es a media: alimentada a medias, instruida a medias, compadecida a medias y a medias rebelde, con la envidia como una muestra de esa rebeldía”. Era la gente que se negaba a vivir como los obreros, aunque tuviera que hacer verdaderos milagros de economía para disimularlo. Y en la parte baja de la pirámide estaba la masa obrera, los proletarios, campesinos, peones y gente sin oficio, además de los marginados que vivían en condiciones lamentables. El sueldo era de 50 céntimos diario, dos reales.

Pues bien, la familia de María Zayas era de clase alta, la que estaba en la cúspide de la pirámide. Sus padres eran terratenientes y ambos procedían de familias muy pudientes con grandes propiedades en Granada y provincias limítrofes. María fue hija única y una niña rica, aunque nunca distante de las capas sociales más bajas. Tanto es así que mostró su punto de rebeldía cuando siendo joven se escapó de casa con un joven almeriense con el que luego se casaría, ante el rechazo total de sus padres, que ya habían previsto un pretendiente con más posibles que el que había elegido su hija. Cuando mueren los padres ella lo hereda todo. Un vasto patrimonio con enormes fincas en Córdoba, Jaén y Granada. Como no tiene hijos y tampoco sobrinos, decide promover una fundación privada sin ánimo de lucro para favorecer a las clases más necesitadas y, sobre todo, a las personas mayores.

Un ensayo a punto de salir

Con tales mimbres biográficos, costaba creer que en Granada no hubiera una investigación en condiciones en torno a su persona. Lo ha hecho Alfredo Rodríguez Villegas en un ensayo que está a punto de dar a luz. Se presenta en Granada el próximo día 5 de mayo en la sede del Colegio de Arquitectos a las 19:00 horas. En dicho ensayo me he basado para conocer la vida de esta mujer que, al menos, se merece que los granadinos la recordemos porque, con su gesto, se convirtió en la más importante benefactora que haya tenido esta ciudad. Después de leerlo sé mucho más sobre María Zayas. Por ejemplo, que había sido una mujer de carácter firme, inteligente y bondadosa. Y que había destacado por su humildad y su acercamiento a las clases desfavorecidas. Y que ella había gestionado personalmente todos los bienes recibidos de sus padres. Y que llegó a tener una inmensa fortuna que entregó a su muerte a la ciudad en la que había nacido y a las personas más indefensas. También he sabido que vivió los últimos años de su vida de una forma sencilla y sin lujos, practicando la austeridad y la discreción.

El ensayo de Rodríguez Villegas comienza hablando de los ascendientes de María. El abuelo paterno fue Mariano de Zayas de la Vega, un destacado granadino que llegó a ser alcalde de Granada y luego presidente de la Diputación en 1875. También llegó a ser senador, hasta su muerte en 1878.

Sus abuelos maternos fueron Fernando Ossorio-Calvache y Zea e Isabel Conteras Aranda, natural de Martos. Isabel Contreras quedó viuda con 30 años, cuando estaba embarazada de su cuarto hijo. Tenía muchas hectáreas de tierras en Begíjar y Martos, que ella misma controlaría a la muerte de su marido. A su muerte, que ocurriría en 1907, había duplicado el patrimonio que le había dejado su marido. También fue la única abuela que conoció María Zayas, la protagonista de esta historia.

María Antonia destacaba por su humildad y acercamiento a los desfavorecidos

En cuanto a sus padres, fueron Francisco Zayas Delgado y Fernanda Ossorio-Calvache Contreras. El autor del libro ha reconstruido la vida de ambos a través de las anotaciones, cartas y el diario que llevaba el padre de María. Así descubre que era un hombre apuesto y distinguido que iba mucho a la barbería y que llevaba siempre sombrero de copa, capa y alzacuellos. Y que solía ser generoso: hasta llegó a pagar el tratamiento de una enfermedad que contrajo su peluquero. También que era aficionado al juego de cartas conocido como el julepe y a las apuestas de tiro. Y que se gastó en su boda con Fernanda unos 1.900 reales. Una fortuna. Era tan meticuloso a la hora de anotar los gastos que hasta detalla los cuatro reales que le dio a una gitana por echarle la buena ventura. Lo que no detalla es lo que le dijo la gitana.

El matrimonio tenía varias casas que las iban ocupando según las temporadas. En Nigüelas poseía un palacete que ocupaban gran parte del año. Francisco Zayas era un hombre instruido, a juzgar por las anotaciones de compras de libros y suscripciones a periódicos como El Noticiero Granadino, el Defensor de Granada y el Imparcial. Con hombres así, el futuro de la prensa escrita estaba asegurado en aquellos años. Era caballero de la Orden de Santiago y consiguió la Medalla de Alfonso XIII.

Infancia y juventud de María

María Antonia de Zayas Ossorio-Calvache nació en Granada en 1885 y cursó sus primeros estudios en el Colegio de la Compañía de María en Santa Fe. Una institutriz francesa y un profesor de música serán los que la preparen para el futuro. Un futuro que pasará por su matrimonio cuando tiene 19 años con el almeriense Francisco Laynez Fernandez. Los padres de María no aceptaban al pretendiente de su hija, por eso no la acompañan cuando ella se casa en la parroquia de San Pedro de Almería.

Fue, quizás, el único signo de rebeldía que tuvo ante sus padres. Con su madre tuvo una relación especial, pues estuvo muy unida a ella y eran muchos los momentos que pasaban juntas. Al poco tiempo el padre de María no tuvo más remedio que aceptar el matrimonio de su hija y nombró a su yerno administrador de varias propiedades.

Al morir los padres, María y su marido se hacen cargo de todo. Un inmenso patrimonio con cortijos, casas rurales y viviendas en la capital. “Francisco Laynez se convierte en el administrador del imperio de su mujer, haciendo y deshaciendo lo que estimaba a su parecer”, dice Rodríguez Villegas en su libro. Tomaba decisiones sin el conocimiento y amparo de la legitima dueña, su esposa, mientras ésta estaba cuidando a sus ancianos padres en su domicilio de la calle de San Agustín. Durante los años de la República, Laynez era “especialmente duro negociando con los jornaleros, siempre pagando a la baja”.

En el transcurso de la Guerra Civil, el cortijo de Faucena, una de las propiedades más apreciadas de los Zayas, con 1.800 hectáreas de terreno, fue expoliado y asaltado. Se llevaron incluso las tejas de la casa y cuenta la leyenda que al tirar los trabajadores un armario por la ventana, éste se rompió en dos y salió de su interior una gran cantidad de monedas de oro, que se repartieron entre los asaltantes.

En 1945 muere de una bronconeumonía Francisco Láynez y María se convierte en la viuda más rica y codiciada de Granada. No son pocos los que se le acercan con la consigna de dar el braguetazo de sus vidas, pero María se refugia en sí misma y se dedica en cuerpo y alma a gestionar las propiedades y fortuna, que irá incluso creciendo con el tiempo. Se aparta de cualquier acto social y ni siquiera pasea por la Gran Vía, escenario de los ricos y opulentos. Ella es inmensamente rica, pero en ningún momento quiere aparentarlo. Nombra administrador a Manuel Salud Ester, que le ayudará a gestionar los bienes. Se sabe de la magnanimidad de esta mujer cuando su administrador le escribe para decirle que los alquileres y arrendamientos de sus propiedades se habían quedado desfasados y que hacía falta subirlos. “Manolo, hay que dejar que la gente les queda más para que puedan vivir mejor”, le contesta María.

María Zayas con su administrador, Manuel Salud. María Zayas con su administrador, Manuel Salud.

María Zayas con su administrador, Manuel Salud. / A. C.

Eso no quiere decir que no defendiera a capa y espada su legado, porque más de una vez se tuvo que meter en pleitos judiciales para defender la expropiación de algunas de sus propiedades y alguna que otra vez promovió el desahucio de algunos de sus inquilinos cuando éstos no le pagaban.

En 1965 María Zayas cumple 80 años y empieza a dejar el timón de sus arrendamientos, alquileres y negocios en manos exclusivas de su administrador. Es cuando ella se plantea crear una fundación en la que depositar su inmenso patrimonio y que pudiera ayudar a personas necesitadas. Su vida pasa entonces por un ascetismo creciente. Viste de manera humilde y economiza todo hasta el punto de escribir las cartas en el revés de facturas pagadas o de borradores de cuentas. Se convierte en una especie de monja de clausura al que el exterior le trae sin cuidado. A mediados de 1976 ingresa enferma de corazón en el Sanatorio de Nuestra Señora de la Salud. Estuvo ingresada dos años y medio, hasta que murió en 1979. Tenía 93 años.

En su testamento decía que la Fundación se denominaría San Fernando Rey de España y San Francisco de Asís. Tendría carácter particular, estaría exenta de ánimo de lucro y entre las actividades principales estaría “acoger ancianos de uno y otro sexo que puedan ser sostenidos decorosamente en con las rentas del caudal hereditario, que se transmite íntegramente a la Fundación”. La sede de la Fundación sería su casa de la calle San Agustín (donde está hoy la sede del Colegio de Arquitectos) y el albacea su administrador. La Fundación Zayas, como se le conoce, tiene actualmente tres centros, atiende a casi 250 familias, trabajan en ella 146 profesionales y 17 voluntarios. Sigue trabajando con el objetivo de seguir los principios de la Fundación: atender a colectivos de personas más vulnerables.

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