San Cecilio, el santo inventado al que le encantan las salaíllas
Granada es el único lugar de España donde se consume este pan plano al que se le echa sal gorda encima
Este alimento se hace necesario en festividades como la del patrón de la ciudad, al que se acompaña con habas verdes
El quiosco de la música del Paseo del Salón también tiene su historia
El término salaílla no está en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Sí está saladilla, pero hace alusión a una planta que crece en terrenos salobres. Y no está en el diccionario porque solo se hace y se dice aquí, sobre todo en fiestas como la de San Cecilio (que se celebra hoy), en el día de la Cruz o en el Corpus. En todas esas celebraciones, la salaílla llega a ser el alma alimenticia de todo el cotarro, por eso es un producto que está en el ADN de Granada, que forma parte de su identidad. Hasta Joseba Arguiñano, el hijo de famoso cocinero, experto en elaboración de panes, le dedicó un programa en la tele diciendo cómo se hacía. Dijo que este producto contiene harina, agua, masa madre, levadura y sal. Tras el amasado, se pasa a una fermentación de entre cinco y veinte minutos. Luego se forman las masas individuales (hay salaíllas pequeñas y otras más grandes) y se vuelve a reposar por otros quince minutos. Tras aplastar la masa, el mismo elaborador debe hacer con sus dedos los pequeños hoyos que sirven para que el pan se impregne del aceite de oliva. Se aliña con aceite, sal y se cuece. Aclaró que, si se hace en hornos alimentados por leña, mucho mejor. Pero él utilizó el horno eléctrico. Y es que a falta de pan…
La salaílla es un pan humilde que cada día se fabrica menos, sobre todo desde que no hay hornos morunos, que es en donde realmente salen bien. Este pan está muy ligado a la actividad agrícola de la Vega de Granada. Se lo llevaban los campesinos en el morral porque era barato y proporcionaba la energía necesaria para soportar el duro trabajo en el campo. Está hecho a base de pan plano, aceite de oliva y sal gorda que se le echa por encima. Quien sí ha desaparecido prácticamente es su prima hermana la jayuya, que es igual, pero en el acabado final en vez de echarle sal se le echa aceite.
Alfacar y el Albaicín son dos lugares en los que todavía se hacen salaíllas. Pero cada vez más solo se hacen en situaciones especiales como es la de hoy, en la que los granadinos se agarran a la tradición y las consumen acompañadas con habas y un trozo de bacalao, sin duda una bomba culinaria para los hipertensos.
Cuentan los cronistas antiguos que hace muchos años los panaderos de Alfacar llevaban salaíllas y otros panes rústicos a Granada en capachos a lomos de mulas o caballos. Es el origen de una fiesta que se celebraba cada segundo domingo de enero, coincidiendo más o menos con San Antón, que se llamaba la noche de los capachos. Esta tradición ya está finiquitada. También es verdad que muchos restaurantes empiezan a tener entre su oferta de panes las salaíllas.
El santo
En cuanto a San Cecilio, lo de ser nombrado patrón de Granada es una historia que tiene traca final. Viene de cuando dos moriscos llamados Alonso del Castillo y su yerno Miguel de Luna, famosos arabistas del siglo XVI, se encargaron de difundir que durante la demolición de la llamada Torre Turpiana (antiguo minarete de la mezquita mayor), había aparecido un cofre con reliquias cristianas y un pergamino que hablaba de un santo hasta entonces desconocido llamado San Cecilio, que sería medio árabe y medio cristiano y discípulo del apóstol Santiago. El cofre también contenía una imagen de la Virgen. La intención estaba clara, los moriscos tenían que ingeniársela para no ser expulsados de Granada tras la Toma de los Reyes Católicos y necesitaban hacer creer a la gente que las religiones musulmana y cristiana no están muy allá la una de la otra. Resulta que estos dos moriscos, que eran muy cultos y estaban muy ilustrados, tradujeron el pergamino y llegaron a la conclusión de que habla de San Cecilio, un santo que había sido quemado vivo en un horno de cal por los romanos y que había sido el fundador de la diócesis de Granada y, por lo tanto, el primer obispo. Este hallazgo tiene su continuación con otro en el mismo Sacromonte de unos huesos que serían los de San Cecilio. Estamos hablando de la época en la que también aparecen los famosos libros plúmbeos. El arzobispo de Granada por aquel entonces, don Pedro de Castro, da por cierta la versión de los moriscos y se apresura a nombrar a San Cecilio patrón de la ciudad. Años después, el papa Inocencio XI también certificaría que las reliquias encontradas en el Sacromonte pertenecían a un varón apostólico llamado San Cecilio. Y no hay más que hablar. A partir de entonces Granada venera a su patrón y lo integra también en su ADN.
Hay que decir que antes de San Cecilio, a quien veneraban los granadinos era a San Gregorio. Fue a raíz de un brote de epidemia de peste declarada en 1599 cuando la gente subió al Monte Sacro, precisamente el día 1 de febrero, a pedirle misericordia al nuevo santo que habían descubierto los moriscos. Los granadinos depositaron ante el lugar en donde estaban los restos muchas flores y rociaron incienso. Parece que a San Cecilio le fue bien ya que le otorgaron milagros que el anterior santo no tenía en su catálogo.
En cuanto a la fiesta que hoy se celebra, estuvo muchos años relegada al olvido. La romería no existía. Fue en la década de los ochenta, cuando los socialistas se hacen cargo del gobierno municipal, cuando en realidad se rescata. Fue el concejal José Luis Castillo Higueras quien llevó a cabo ese rescate.
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