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Crónicas en tiempos de confinamiento

Tiempos de ser positivo y no dar positivo

  • Estamos a tiempo de diferenciar los que son héroes y los que no lo son

  • Hoy día es más necesario un panadero, un transportista o un boticario que uno que lo único que sabe es darle patadas al balón

Una simpática pancarta colgada en un balcón de Granada durante el encierro. Una simpática pancarta colgada en un balcón de Granada durante el encierro.

Una simpática pancarta colgada en un balcón de Granada durante el encierro. / Photographerssports

Estamos pasando un tiempo que no permitirá olvidos. Tiempos de calles vacías, de escaparates que no reflejan figura alguna, de telediarios todos iguales y de noticias con filetes de esquelas. Tiempos de abrazos perdidos, de cervezas aplazadas, de metro y medio de distancia, de cristales a prueba de virus y de sonrisas con mascarilla. Tiempos de bata de casa ('Morir con la bata puesta' podría ser el título de una película de las que se harán de esta pandemia), de procesiones sin salir, de flores sin cortar y de darle vueltas a la mesa camilla.

Tiempos en los que anida la estupidez y en el que los hipocondríacos se agarran a una noticia favorable como un percebe en una lapa en época de Navidad. Un tiempo raro y extraño en el que a veces nos buscamos nosotros mismos y no nos encontramos. Dentro de unos años, probablemente será un recuerdo que no cabrá nunca en nuestra alma, pero ahora es algo que nos está cambiando. En definitiva, tiempos en los que es necesario ser positivo y no dar positivo.

Por cierto, el que ha dado positivo ha sido mi ordenador. De pronto estoy tecleando y sale una ventanita que me advierte que ha sido infectado por cinco virus muy peligrosos y que si quiero solucionarlo tengo que comprarme un programa antivirus. ¿Vendrán estos programas con guantes y mascarilla? He puesto en cuarentena el pedido del programa. Si este virus es chino… ¿Cómo será el original?

Estos días experimentamos la soledad y la inquietud de ver sitios familiares vacíos. Estos días experimentamos la soledad y la inquietud de ver sitios familiares vacíos.

Estos días experimentamos la soledad y la inquietud de ver sitios familiares vacíos. / PHOTOGRAPHERSSPORTS

Tres reflexiones

Está claro que ahora todo lo que tenemos es tiempo para pensar. Se impone la reflexión y uno de los pensamientos al que dedico unos minutos es a cavilar sobre el comportamiento de los humanos en las alturas. Los viandantes parecen moverse en una prisión en la que los balcones se han llenado de carceleros que los observan. "¿Por qué desde los balcones se mira mal a todos los viandantes, sin saber si están vulnerando el confinamiento por obligación o por gusto?", se preguntaba el otro día un colega.

Me cuenta un allegado el agravio que el otro día sufrió una mujer que iba con su hijo agarrado a su brazo. Alguien desde un balcón les increpó y les recordó que las normas de confinamiento no permiten pasear por la calle con un niño. Lo que no sabía el vocinglero es que el niño era autista y necesitaba de ese paseo para suavizar sus alteraciones en la conducta. Entre las normas que ha impuesto la alarma se contempla el que los niños con problemas psíquicos puedan salir acompañados de sus padres.

Ahora cabe preguntarse por qué el reproche social desde las alturas contra los viandantes se ha convertido en algo habitual. ¿Qué no está pasando? ¿Todo el que va por la calle es culpable de algo? Cuando pasen los efectos de la pandemia el colectivo que más tendrá que trabajar será el de los expertos que se dedican a estudiar el comportamiento social.

Una pancarta con el coronavirus y una calavera dentro ondea en un balcón. Una pancarta con el coronavirus y una calavera dentro ondea en un balcón.

Una pancarta con el coronavirus y una calavera dentro ondea en un balcón. / PHOTOGRAPHERSSPORTS

Una segunda reflexión iría encaminada a pedirles a las cadenas de televisión para que, por favor, no pongan durante la cuarentena películas de terror ni distópicas de esas con escenarios catastrofistas. ¿Es que no hay ya suficiente canguelo? Si veo una película de esas en estos tiempos me parecen que los actores tienen una vida real y que la vida de ciencia ficción es la mía. Si después de ver el telediario que nos dice que por el virus hay más muertos que ayer pero menos que mañana, nos ponen una película de terror, apaga la luz y vámonos a la cama.

Leo en un diario lo mal que les ha sentado a los futbolistas del Barça rebajarse sus sueldos millonarios mientras la liga esté parada. Si se hace necesario un tiempo para reflexionar, ahí va otra meditación: ¿Cómo una sociedad se permite el lujo de pagar más de un millón de euros al mes a hombres que solo saben darle patadas a un balón y les paga 1.800 euros a los investigadores o científicos que pueden encontrar la solución a esta pandemia? Creo que tenemos que reflexionar sobre eso. Ya está bien de tratar a los futbolistas como héroes. Ni son héroes ni son dioses del olimpo, aunque se comporten como tales.

Está bien que el fútbol llegue a ser una pasión, pero cuando esa pasión nos deja pensar llegamos a comprobar que esos pretendidos dioses a veces son caprichosos, incompetentes, incultos… Cuando no tramposos o defraudadores de Hacienda. Estamos a tiempo de diferenciar los que son héroes y los que no lo son. Para mí hoy día es más necesario un panadero, un transportista o un boticario que uno que lo único que sabe es darle patadas a un balón. Otros que debería bajarse el sueldo y no lo van a hacer son los señores diputados, los cuales están cobrando dietas y desplazamientos estando confinados en sus casas. ¡Habrá caraduras!

Una farmacia granadina cuelga en su escaparate un mensaje de ánimo. Una farmacia granadina cuelga en su escaparate un mensaje de ánimo.

Una farmacia granadina cuelga en su escaparate un mensaje de ánimo. / PHOTOGRAPHERSSPORTS

La letra de los médicos

Hablando de boticarios, yo de niño los admiraba. Cuando te daban la medicina prescrita por el médico te daban consejos sobre la mejor utilización o para que surtiera más efectos. Si te decían que esas pastillas eran muy buenas, tú ya te sentías mejor. Pero los admiraba sobre todo porque sabían descifrar la letra de los médicos. Echo de menos la letra de médico de antes. Me daba confianza. Ahora veo una receta electrónica con una falta de ortografía y me entra un canguelo de cojones.

Un escritor aficionado amigo mío, se siente un poco frustrado. Ha escrito un par de libros, de los que ha hecho edición electrónica para ponerlos a la venta a través de internet. Eso fue el año pasado y hasta hace un par de meses los que había vendido se podrían contar con los dedos de las manos, de una mano. Cuando llegó el enclaustramiento por el que estamos pasando, se le ocurrió ponerlos gratis para ayudar a la gente a pasar la cuarentena. Eso fue el día 11 de marzo. En 20 días que han pasado nadie se lo ha descargado. Me lo contaba con la esa misma desazón que le ha hecho replantearse ser fiel a su pasatiempo favorito, que es escribir. Me dice que cuando salga de este confinamiento se va a apuntar a un cursillo para aprender a capar ranas. Yo le he dicho que me apunto con él.

Termino contándoles que ayer, al salir del Covirán, me hice un selfi teniendo como fondo mi calle totalmente vacía. Dentro de unos años, seguramente veré la fotografía y recordaré ese día en el que el aire de la mañana me daba en la cara, un día en el que experimenté la soledad y la inquietud al ver un sitio tan familiar desprovisto de almas y de ruidos. Si no es así, es que todo se habrá ido al garete.

El personal sanitario aplaude a las ocho de la tarde como de costumbre. El personal sanitario aplaude a las ocho de la tarde como de costumbre.

El personal sanitario aplaude a las ocho de la tarde como de costumbre. / PHOTOGRAPHERSSPORTS

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