• Una avería en su coche obligó a Juan Pablo II llegar a la basílica de la Virgen de las Angustias montado en un autobús de línea

  • Pude evitar las colas de siete horas para ver el cadáver del Sumo Pontífice utilizando mi credencial de periodista

Historias de Granada | Visita del papa Juan Pablo II a Granada El papa que vino en la 'alsina'

Desde el autobús, el papa saluda a los fieles Desde el autobús, el papa saluda a los fieles

Desde el autobús, el papa saluda a los fieles

Juan Ortiz

Si hay una iglesia que ejerce un poder balsámico especial sobre el granadino de la capital es la Basílica de la Virgen de las Angustias, en donde está la imagen de la patrona de Granada. De estilo barroco y construida a comienzos del siglo XVII, arquitectónicamente no tiene mucho valor, pero espiritualmente sí tiene mucho porque acapara la fe de miles de granadinos. En septiembre son sus días grandes, el día quince se realiza la ofrenda floral y el último domingo su procesión a la catedral metropolitana, eso si no hay pandemia. Este año no ha habido ofrenda floral (se sustituyó por una donación de alimentos) y tampoco procesión, por lo que no se pusieron los clásicos tenderetes con almácigos, acerolas y tortas de la Virgen.

En la basílica muchos padres quieren bautizar a sus hijos y muchas novias quieren llegar vestidas de blanco ante la Virgen que veneran, eso cuando haya un hueco libre porque existe lista de espera. Tanto es así que antes de la pandemia había que esperar hasta dos y tres años para poder casarse en el popular templo. En un alarde de exageración alguien me contó una vez que había novias que primero reservaban fecha para casarse en la basílica y luego se buscaban el novio. Y lo mismo que hay muchos granadinos que conservan la costumbre de persignarse al pasar por delante de sus puertas, hay también creyentes que se persignan cuando pasan por el edificio colindante de El Corte Inglés con la siguiente plegaria: ¡Dios mío, que no sea mucho lo de la tarjeta de este mes! Además, es la única iglesia de la ciudad en donde ha entrado un papa a rezar.

Juan Pablo II ha sido el único papa que ha rezado a la Virgen de las Angustias Juan Pablo II ha sido el único papa que ha rezado a la Virgen de las Angustias

Juan Pablo II ha sido el único papa que ha rezado a la Virgen de las Angustias / Juan Ortiz

El papa Juan Pablo II fue objetivo de mi teclado de ordenador en dos ocasiones: formé parte del dispositivo del periódico que cubrió la noticia de su visita a Granada, cuando llegó en la alsina en 1982 porque el papamóvil se averió, y cuando murió en Roma en 2005, donde fui como enviado especial para escribir sobre sus exequias. Lo he visto en persona cuando estaba vivo y lo he visto de cuerpo presente. No es que sea un mérito periodístico importante, pero al menos sí un mérito estadístico en mi currículo.

El baile de las cifras

Recuerdo el nerviosismo de Melchor Sáiz-Pardo cuando salió de su despacho y dijo a los que estábamos en la Redacción que el papa visitaría Granada. El periódico aun pertenecía a la Editorial Católica y todos los esfuerzos periodísticos que se iban a hacer resultarían pocos. Y no solo el periódico católico en el que trabajaba se movilizaría, también toda la ciudad. Por lo pronto en los hospitales se iba a reservar varias habitaciones por si al Sumo Pontífice se le ocurría ponerse enfermo. Iría seguido por una UVI móvil y un equipo de especialistas haría guardia en el Hospital de Traumatología, se suspendieron todos los permisos entre las fuerzas de seguridad y el Ayuntamiento comenzó a adecentar las calles por donde iba a pasar el papa y la explanada en Almanjáyar, donde diría una misa ante cientos de miles de personas. El Diario de Granada, de tendencia socialista, dijo que 300.000. Ideal, de la Editorial Católica, dijo que 700.000. Y el pueblo llano dijo que un mogollón de gente. Tan importante visita se produjo el 5 de noviembre de 1982.

A la entrada de la basílica A la entrada de la basílica

A la entrada de la basílica / Juan Ortiz

A Juan Pablo II se le llamaba El papa viajero. A lo largo de su pontificado hizo casi 150 viajes por todo el mundo. Pero en ningún sitio pasó lo que le pasó en Granada. Hay quien lo achaca a nuestra consabida malafollá en las circunstancias que no controlamos, pero el caso es que cuando iba a visitar la basílica de la Virgen de las Angustias el papamóvil empezó a echar humo. El jefe del Estado del Vaticano, ni corto ni perezoso, se fue al autobús de la empresa Alsina Graells que venía detrás con los obispos y se sentó delante, al lado del conductor. De pronto, la muchedumbre comenzó a pasarse el recado como si fuese un guasap colectivo: ¡El papa viene en la alsina! El conductor, Antonio García, diría después a la prensa que había sido el recorrido "más sereno, seguro y bello" que había hecho en su vida. Sin quererlo, Antonio García se convirtió por una hora en el famoso chófer del papa.

Después del rezo en la Virgen de las Angustias, la comitiva papal se dirigió a Almanjáyar, donde se había instalado el altar desde el cual se iba a oficial la multitudinaria misa. En el altar había dos mil rosas rojas, una talla policromada de Cristo crucificado y una Virgen de la Soledad, ambas del siglo XVII. También había dos tapices flamencos del museo de la catedral; la candelería de plata de esta misma iglesia; el sillón catedralicio utilizado en las procesiones del Corpus y la cruz de orfebrería de plata del siglo XVI de la antigua colegiata de Santa Fe, entre otras obras. Para unos lo que el papa se merecía y para otros demasiado lujo para exhibirlo en un barrio tan pobre como Almanjáyar. Una periodista de El País escribió en un tono escéptico, creo que encaminado a ridiculizar el fervor que provocaba la visita, que estaban previstos de cuarenta a sesenta partos prematuros, que serían provocados por la emoción de mujeres que deseaban que sus hijos nacieran coincidiendo con la visita del Sumo Pontífice. Una tuna y un coro cuyas mujeres iban vestidas con bata de cola, cantaron la salve rociera y en una pancarta que había en primera línea, se podía leer: Juan Pablo II, olé a la madre que te trajo al mundo.

Ese día nacieron 25 niños en Granada.

Juan Pablo II con el alcalde socialista Antonio Jara en las puertas de la basílica Juan Pablo II con el alcalde socialista Antonio Jara en las puertas de la basílica

Juan Pablo II con el alcalde socialista Antonio Jara en las puertas de la basílica / Juan Ortiz

En el entierro en Roma

Volví a ver en carne y hueso -aunque ya de cuerpo presente- a Juan Pablo II cuando el periódico me envió a cubrir los actos de sus exequias y de recoger testimonios de granadinos y andaluces que estaban en Roma. El papa había muerto el dos de abril del 2005 y yo estaba en Roma un día más tarde. Me fui con un grupo de jóvenes en una furgoneta desde Granada. Ellos eran del Opus y entre mi cometido periodístico estaba también explicar a los lectores lo que significaba para los creyentes la pérdida de tan carismático papa. Los turnos en la furgoneta eran constantes y el motor solo paró para repostar y comer sus pasajeros. Sólo me acuerdo del nombre de dos de los jóvenes, Javier Cercas e Ismael Martínez, que creían que debían estar en la plaza de San Pedro rezando por el alma de su querido Karol Wojtyla. Llegamos a Roma cerca de las dos de la madrugada y temíamos que no nos dejaran entrar en la ciudad porque habíamos oídos que había sido sitiada por las fuerzas del orden como medida de seguridad: allí iban a ir en los próximos días prácticamente todos los jefes de estado de todo el mundo. De todas maneras, nosotros no tuvimos problemas para entrar. Dos carabinieri nos pidieron el carnet de identidad y luego nos saludaron con una sonrisa. Sabían que Roma iba a duplicar su población en unos días y que al menos 80 jefes de estado habían anunciado su presencia.

A mí personalmente el Vaticano siempre me ha suscitado una inmensa curiosidad. Siempre me pregunto qué hay dentro y qué refinadas intrigas se traman en sus estancias. La más seguro que haya mucho menos de lo que se cuenta en el cine y en las novelas, pero no deja de intrigarme lo que se cuece tras aquellas paredes.

La ciudad eterna estaba paralizada y sucia. Miles de periódicos gratuitos con la noticia de la muerte del papa sembraban las estaciones de metro. Roma, le pasa igual que a Granada, es una ciudad que cambia y evoluciona para seguir siendo ella misma. Las colas para ver el cadáver del líder religioso en el interior de la basílica de San Pedro eran enormes. Se necesitaban siete u ocho horas de cola para pasar durante unos segundos por delante del cuerpo inerte de Wojtyla. Pero a la gente no le importaba esperar. Estaban los creyentes que esperaban con los ojos lacrimógenos entrar en la basílica para darle el último adiós a Juan Pablo II y los curiosos que querían ser testigos de una importante circunstancia de la Historia. Yo utilicé mis poderes de periodista y tras sacarme mi credencial en la oficina de prensa creada para tal fin, no tuve que esperar tanto para entrar en la capilla ardiente. Su cuerpo era como el de cualquier cadáver, pero con mitra y zapatillas rojas. Para mí Juan Pablo II había sido un buen papa, valiente y carismático. Conservador en sus principios y con un notable talento político. También fue un comunicador excepcional, aunque muchos decían en esos días que como gestor en el Vaticano había sido un desastre porque no le interesaban las cuestiones organizativas. De todas maneras, todo lo que había sido estaba ya en aquella carne apergaminada que tenía delante. Entonces recordé el momento en que lo vi de cerca al pasar por el sitio donde nos habían asignado a los periodistas en su visita a la Virgen de las Angustias. Al pasar delante del cuerpo yacente, dice en voz baja: "Adiós Wojtyla, recuerdos de Granada".

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