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Coppélia vive

  • La primera cita del Birmingham Royal Ballet con el Generalife se salda con una fresca representación de la historia de la muñeca del Dr. Coppelius

El Festival Internacional de Música y Danza se reservaba para la recta final dos grandes citas de danza. El Birmingham Royal Ballet hizo ayer la primera de sus dos actuaciones en el Generalife, y marcó una diferencia notable con respecto a las compañías anteriores de la programación (los Ballets de Roland Petit y el Bayerisches Staatsballett München) por el hecho de estar acompañado de música en directo, con la Orquesta Ciudad de Granada y Paul Murphy a la batuta, en el foso.

La historia de Coppélia encierra la de uno de los grandes sueños románticos y mitos de la humanidad: insuflar vida a lo inanimado, jugar a ser Dios. Es un instinto mágico y atávico que se alinea con la de personajes como Pinocho, Frankenstein o Eduardo Manostijeras. En este caso, el Dr. Coppelius dota de vida a la muñeca Coppélia, con tal precisión que un hombre, Franz, se enamora de la bailarina robótica locamente. Un proceso de transformación titánico protagonizado por la bailarina Reina Fuchigami que tuvo como contrapunto el brillantísimo papel de la novia de Franz, Swanilda (encarnado por Näo Sakuma), que se ve abandonada por culpa de una misteriosa mujer mecánica que conquista a su prometido e incluso la llega a suplantar haciéndose pasar por autómata. Por su parte, Michael O'Hare interpretó al científico anciano y loco con una viveza teatral incontestable.

A pesar de este planteamiento, no fue una noche de danza trágica, ni mucho menos. La Coppélia que ayer pasó por Granada es la creada por el gran Sir Peter Wright (anterior director de la compañía de Birmingham) en 1995 sobre el clásico de Petipa y Cechhetti, originalmente estrenado en la última fase de la etapa dorada de la Ópera de París, en 1870. Es por tanto un clásico de clásicos, pero recuperado por Wright y además adaptado a un escenario tan mágico como el Teatro del Generalife. La compañía británica destiló magia, fabulismo, también humor (los pasos de baile mecánicos de Willis llegan a ser tan graciosos como los de un B-boy callejero de estos tiempos haciendo pasos de robot) y familiaridad. Esto no quiere decir que sea una obra infantil; al estar basada en un cuento mucho más tenebroso de E.T.A. Hoffmann, también sopló entre los cipreses de la noche granadina ese trasfondo psicológico la humanidad, el progreso, el amor, el desengaño...

El público también supo agradecer la presencia de música en directo, y no pregrabada. La Orquesta Ciudad de Granada, a las órdenes de Paul Murphy, estuvo dinámica y atenta, real, para la partitura de Delibes. Tanto la orquesta como los bailarines estuvieron ensayando estos días hasta altas horas de la madrugada, para evitar el calor, precisamente para que todo fuera perfecto.

Fue inevitable acordarse de la Coppélia del Ballet de Víctor Ullate que vino al Festival en 2007, y habiendo dejado aquella una huella ensoñadora y onírica, la de Wright de ayer resultó fresca, excitante, ilusionante. Las dos horas de espectáculo se hicieron cortas.

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