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Sherlock Holmes en Cataluña

  • Con motivo de los 25 años de su publicación, Menoscuarto ha recuperado Los secretos de San Gervasio de Carlos Pujol, una novela que trae al insigne detective a tierras catalanas

Sherlock Holmes en Cataluña Sherlock Holmes en Cataluña

Sherlock Holmes en Cataluña / (Granada)

En una de las piezas breves reunidas en Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes (Menoscuarto, 2007) -un volumen sin desperdicio, déjenme decírselo-, el doctor John H. Watson le confiesa al insigne detective que querría emplear un seudónimo para firmar las crónicas de sus investigaciones que va a publicar en el Strand Magazine; el bueno de Watson cree haber hallado un sobrenombre que podría servirles: Arthur Conan Doyle. Este artificio literario no hará mal a nadie, explica Watson con su habitual circunspección, y le permitiría guardar las formas, tan importante para un hombre de su posición.

Sherlock Holmes no se muestra satisfecho con la idea y su fiel escudero la defiende de esta manera: “No puede pasar nada. Somos nosotros los que inventamos al doctor Doyle, él siempre será ficticio y nosotros de carne y hueso”. El tiempo le ha dado la razón. Si hay alguien “irreal” para el lector, éste es Arthur Conan Doyle. Holmes ha existido, existe y existirá en tanto no desfallezca el talento de sus cronistas. A Carlos Pujol le sobraba esto, tal como demuestra su otra contribución a los anales holmesianos, Los secretos de San Gervasio (Menoscuarto), publicada originalmente en 1994 y recuperada hoy con motivo de su vigésimo quinto aniversario. Otro volumen exquisito, déjenme también decirles esto.

La novela principia de manera ortodoxa: Holmes & Watson reciben una inesperada e intempestiva visita en sus dependencias del 22 1B de Baker Street: dos jóvenes beldades, Angélica y Eulalia, la una morena, la otra rubia, españolas para más señas, quieren contratar sus servicios para hallar el paradero de su señor padre, que ha desaparecido sin dejar rastro en tierras de Cataluña, que para un inglés de entonces debía de ser como hablar de África.

Holmes acepta el encargo para sorpresa de Watson, pues todo indica que Angélica y Eulalia no son quienes aparentan y lo más probable es que cuanto afirman o pretenden sea mentira. El caso lleva al celebérrimo detective a abandonar el calor estival de Londres por la cruel canícula mediterránea, yendo a recalar en la ciudad de Barcelona; en el distrito de San Gervasio. Nada más llegar, se confirman todas y cada una de las intuiciones de Holmes: Angélica y Eulalia no tienen ni papá ni mamá, pero se avinieron a la pantomima como favor personal a Alejo Casavella, un escritor de novelas de misterio deseoso de conocer al más grande detective de todos los tiempos para someter a su docto escrutinio el argumento de una nueva novela. Holmes & Watson no harán el viaje en balde: en San Gervasio no tardará en cometerse el preceptivo asesinato. Se diría que cometido en su honor.

El retrato de Sherlock Holmes empieza siendo asimismo el de la ortodoxia. El detective, una criatura puramente cerebral, se crece ante cualquier desafío que ponga a prueba sus conocimientos e inteligencia. Watson lo acusa de falta de humanidad: “¿De qué sirve ser humano para mis investigaciones?”, responde Holmes.

No obstante, el contacto con esa otra realidad a orillas del Mediterráneo transforma al infalible y frío detective. Holmes deviene un devoto practicante de la siesta, se aficiona al tabaco español y no duda en dejar para mañana lo que no tiene ganas de hacer hoy. Carlos Pujol nos muestra al investigador completamente superado por las temperaturas ibéricas y la gastronomía catalana; la solución del preceptivo asesinato se demora a lo largo de semanas sin que el detective haga ningún progreso. 

Holmes deviene un devoto practicante de la siesta, se aficiona al tabaco español y deja para mañana lo que no quiere hacer hoy

Después de décadas de éxitos sucesivos e incontestables, la tentación de hacerlo fracasar acabó siendo una cuestión perentoria para los cronistas de Holmes. No obstante, haríamos mal en interpretar esto como un deseo de revancha. Al hacer fracasar al imbatible investigador, simplemente lo están humanizando.

El fracaso es una lección existencial para todos. Watson escribe: “Siempre había dado por supuesto que semejante cosa no podía suceder, hubiera sido como aceptar la posibilidad de que al día siguiente no amaneciese; vivíamos gracias a la ingenua certeza de que no había caso irresolubles, y que en último término era forzoso que las verdades más ocultas salieran a la luz”. La posibilidad de la derrota, en primer lugar, o la certeza de que no cabe someter todo a los dictados de la razón, en segundo lugar, son sendos cañonazos en la línea de flotación del mundo racional de Sherlock Holmes. Son también un par de verdades provechosas para el lector.

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