Arte
El cartapacio de Antonio Raphael Mengs
Decidió convertirse en la voz de São, una mujer de Cabo Verde con demasiado coraje y mucho que enseñar, y le contó su historia al mundo a través de las páginas de Contra el viento, la novela que convirtió a Ángeles Caso en la última ganadora del Premio Planeta la noche del pasado 15 de octubre. El jurado alabó entonces de ella su capacidad de darle alas a la bondad del ser humano; ella, por su lado, prefirió recordar que se trataba de darle voz a "tantas y tantas mujeres invisibles".
-Tener contacto con una historia como la que cuenta en Contra el viento debe casi obligar a un escritor a llevarla al papel...
-Es probable. Conocí esta historia porque le ocurrió a una amiga mía que trabajó conmigo y que me ayudó a cuidar de mi hija cuando era pequeñita y con la que luego he mantenido muy buena relación. La historia que le pasó me pareció tan sorprendente, tan impresionante y que demostraba tantas cosas respecto a ella, respecto a su valor y su capacidad de luchar, que pensé que de ahí podía salir una buena novela y que era una historia que merecía ser contada.
-¿Cuál ha sido la gran lección que ha aprendido de São, la protagonista de su novela, tras contar su historia?
-La gran lección, no sólo de São, sino de todas estas mujeres inmigrantes de las que me he ido haciendo amiga a lo largo del tiempo, es la enorme fortaleza que tienen, la capacidad de lucha y lo ñoños a menudo que somos nosotros, que nos quejamos de cosas de las que realmente no tenemos ninguna razón. Cualquier cosa pequeña que nos pasa y nos desorganiza un poco nos parece una catástrofe, cuando más de la mitad de la población del mundo vive en la catástrofe absoluta desde que nace.
-Después de escribir este libro, ¿sabría decir si España es un país racista o es que simplemente estamos mal acostumbrados?
-Yo creo que somos más racistas de lo que reconocemos... Tengo bastantes amigos negros y mulatos que me cuentan cosas sorprendentes sobre insultos, agresiones y menosprecios a los que son sometidos y que siempre queremos creer que en España no ocurren, pero sí pasa... Lo de quejarnos por tonterías se ve continuamente. Ahora, con las inundaciones en Andalucía o los cortes de luz en Cataluña, que son situaciones desagradables y que han traído muchísimas pérdidas a muchísimas personas, tendemos a hacer una tragedia, pero la realidad es que pasan auténticos desastres como el de Haití. Tenemos tantos bienes materiales, tanta protección social y estamos tan cobijados económicamente que cualquier cosa que nos altere se nos hace muy cuesta arriba.
-Si los libros pudiesen ayudar algo a cambiar algunos de los grandes problemas del mundo, ¿en qué le gustaría contribuir con Contra el viento?
-No quiero ser ilusa a ese respecto, nunca he creído que los libros cambien demasiado las cosas, o si lo hacen, es a base de sumarse muchos los unos a los otros... Pero la verdad es que me gustaría que este libro sirviese para que al menos una persona después de leerlo vea con otra mirada a la mujer que va a limpiar a su casa o a la que friega la escalera, que ha venido de muy lejos y con una vida muy dura tras su espalda.
-Álvaro Pombo dijo la noche del Premio Planeta que su novela "aspira a la bondad"...
-Es que yo la reivindico mucho en esta sociedad en la que la bondad no goza de demasiado buen prestigio, sino al revés, que muy a menudo es objeto de burla. Yo creo que sólo sobreviviremos como especie en la Tierra o como grupos sociales si comenzamos a ser más bondadosos entre nosotros, pero también con el resto del planeta. No creo en la bondad como una cosa tonta o que se haga por naturaleza; creo en la bondad como el producto de una reflexión intelectual y como un esfuerzo de la voluntad. No creo en la gente buena que no se mete en líos; las buenas personas tienen que meterse en líos, porque cuando no lo hace acaban pasando cosas como las que sucedieron en la Alemania nazi. Si realmente aspiras a que la bondad tenga un papel activo en la vida humana hay que meterse en líos. Yo creo que es cada vez más importante, y más en una sociedad en la que parece haberse pervertido por completo el verdadero sentido de la bondad.
-Hace quince años ya fue finalista del Premio Planeta. ¿Da por saldada su 'deuda' con él?
-En realidad no tenía ninguna deuda, para mí ser finalista del Planeta con mi segunda novela a los 34 años y justo la edición en que ganó Camilo José Cela, fue lo más a lo que podía aspirar. Nunca quise presentarme en este tiempo al Planeta porque guardaba muy mal recuerdo de esa época, fue justo cuando mi padre enfermó y murió. Yo viví ese tiempo, que la gente se creía que estaba triunfando, como una tragedia personal, así que le tenía un poco de yuyu al premio. No pensaba que me iba a volver a presentar al Planeta, pero lo hice porque tenía una novela que creía que no desmerecía el premio, que podría responder a su prestigio y porque al cumplir 50 años una empieza a ver la vida de una forma diferente. Reflexioné y me dije: vivo en una casa de alquiler y no tengo nada. Pero si no me hubiera presentado ni ganado tampoco habría pasado nada; los premios son un adorno que no tienen mucho que ver con la verdadera calidad de tu obra ni con la satisfacción que tú tengas.
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