Otro cine fue posible

Frank Pavich dirige el documental 'Jodorowsky's Dune', un testimonio sobre la mayor película jamás (literalmente) realizada y la más influyente de las que quedaron en dique seco

Otro cine fue posible
Pablo Bujalance

19 de enero 2016 - 05:00

La historia del cine está hecha también de descartes. Los títulos que no llegaron a rodarse, o que quedaron abandonados a medio camino, constituyen una cinematografía alternativa en la sombra que revelan, aun en esta condición, qué habría sido del séptimo arte si hubiesen llegado a buen puerto. Determinados ejemplos invitan a pensar que, de haber celebrado su estreno, la iconografía reinante, con sus gustos mayoritarios y las consecuentes tendencias de la industria, podrían haber sido distintos. Uno de estos ejemplos es Dune, la adaptación de la novela de Frank Herbert que Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, Chile, 1929) quiso rodar en 1975. El proyecto comparte con el Napoleón de Stanley Kubrick el título de mayor película jamás (literalmente) realizada, y se trata, por todo lo que dio de sí en décadas posteriores, de la más influyente de cuantas acabaron en dique seco. Recientemente, el cineasta Frank Pavich contó todo lo referente a esta odisea en el documental Jodorowsky's Dune, presentado en el Festival de Cannes y ganador del Premio del Público en el Festival de Sitges. Este filme no llegó a verse en salas comerciales pero ahora se recupera para las nuevas generaciones. Así que la ocasión la pintan calva para adentrarse de lleno en una historia que siempre merece la pena volver a contar.

El escritor y periodista norteamericano Frank Herbert publicó en 1965 Dune, primera novela de una saga de ciencia -ficción en la que daba buena cuenta de sus preocupaciones respecto al medio ambiente, en consonancia con las posiciones que el compromiso anticonsumista de la cultura hippie y el ideario situacionista habían logrado cristalizar por entonces. Diez años después, el escritor, cineasta, artista y creador caleidoscópico Alejandro Jodorowsky, que había formado mucho antes en París el movimiento Pánico junto a Fernando Arrabal y Roland Topor, era un artista en plenitud. Había rodado ya tres películas: Fando y Lis (1968, inspirada en la obra de Arrabal), El Topo (1970) y La montaña sagrada (1973) y se encontraba en disposición de hacer algo verdaderamente grande; algo, como dijo entonces, que fuera "como el llegar a un Dios. Quería crear algo sagrado y libre. Algo para abrir la mente". La creación del mundo contenido en Dune sirvió en bandeja esta posibilidad a Jodorowsky, quien también vio la oportunidad de hacer un filme dirigido como un dardo al corazón de su tiempo: "Quería hacer una película que le diera a la gente que tomaba LSD, en esa época, las alucinaciones que la droga daba, pero sin la alucinación. No quería que se tomara LSD: quería fabricar la droga" (lo que no dejaba de entrañar una aspiración notoria desde The Beatles). Tanto El Topo como La montaña sagrada habían resultado ser un éxito, así que los productores le dieron carta blanca a Jodorowsky y cuando éste optó por Dune encontró el camino despejado para su gran sueño megalomaníaco.

Porque todo en Dune tendría que ser grande. Jodorowsky estaba dispuesto a recrear la novela bajo esta premisa redonda y cada detalle, en consecuencia, empezó a hacerse descomunal. El equipo artístico que el director logró armar en torno a sí ha pasado a la historia como uno de los más representativos del siglo XX en los más diversos márgenes y registros. Y, para convocarlo, Jodorowsky se dejó guiar por las pasiones más elementales. La lectura del cómic del Teniente Blueberry le dejó fascinado, así que fichó de inmediato a Jean Giraud Moebius para empezar a traducir en imágenes el mundo de Dune. Intentó contratar como técnico de efectos especiales a Douglas Trumbull, entonces en la cima de esta disciplina gracias sus diseños para 2001: Una Odisea del Espacio (posteriormente trabajo en otros filmes imprescindibles como Encuentros en la tercera fase y Blade Runner), pero tras un nefasto primer encuentro Jodorowsky optó por Dan O'Bannon, cuyo trabajo en Dark Star, ópera prima de John Carpenter, también causó en el chileno un profundo impacto. El trabajo de Moebius iba adquiriendo ya el carácter psicodélico adecuado, pero pronto fueron necesarias nuevas manos. Así que el realizador contrató al ilustrador Chris Foss, curtido en editoriales de ciencia-ficción, que estableció desde el principio una jugosa conexión artística con Giraud. En gran medida, y en lo que respecta al apartado visual, Jodorowsky se rodeó de principiantes; pero lo que este talento demostró después de Dune hizo cambiar el mundo del cine y el cómic para siempre.

En cuanto al reparto, Jodorowsky se mostró dispuesto a llevar la misma pasión hasta el límite. Y es aquí donde más se echa de menos que la película no llegara a hacerse, pues la sola posibilidad de ver a tan bizarro plantel de estrellas en un único filme se antoja insobornable. Uno de los primeros fichajes fue el de David Carradine (Jodorowsky siempre aceptó la influencia de Kung Fu en El Topo) para el papel de Leto, mientras que para Paul, el hijo del mismo y verdadero protagonista de Dune en su rol mesiánico, el cineasta escogió a su propio vástago, Brontis. Pero Jodorowsky rizó el rizo al pretender nada menos que a Salvador Dalí para el papel de Emperador. Tras una entrevista en Barcelona el pintor aceptó, con una condición bien conocida: tendría que ser el actor mejor pagado de Hollywood. Y esto se traducía en 100.000 dólares por cada hora de rodaje. Tras consultar con los productores, Jodorowsky aceptó que Dalí apareciera en una sola escena del filme durante cinco minutos (sólo tres años después, Marlon Brando planteó la misma exigencia para el Superman de Richard Donner; y la solución fue, en esencia, la misma). Pero Dalí trajo consigo algo más que su aceptación a aparecer en la película. En otro encuentro con Jodorowsky, el catalán le enseñó algunos bocetos de un artista suizo llamado H. R. Giger, que consideraba cercano a la escuela surrealista, y lo recomendó para la película a pesar de que nunca había trabajado en el cine. El realizador aceptó y con ello sentó un precedente determinante. Giger desarrolló unos hipnóticos diseños que quedaron recogidos en el storyboard y que, cuando finalmente el proyecto de Dune dio al traste, recreó para la siguiente película en la que trabajó, el filme que hasta el momento mejor ha recogido la esencia del sueño de Jodorowsky: Alien, el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott (para el diseño de la criatura, Giger partió de las figuras humanas con cabezas en forma de pene que había incluido en sus dibujos para Dune). El elenco protagonista se completó con otros dos pesos pesados de órdago: Mick Jagger, que seguía empeñado en desarrollar una carrera cinematográfica (se quedó fuera a última hora de La naranja mecánica de Kubrick, donde iba a interpretar a Álex, el protagonista), en el papel de Feyd Rautha; y nada menos que Orson Welles (Jodorowsky quería rendir homenaje al larguísimo plano secuencia de Sed de mal con un inicio similar en Dune) para interpretar al barón barón Harkonnen. Ambos aceptaron participar en el proyecto.

Mención aparte merece la música prevista por Jodorowsky para el filme (en la que no estaba prevista la participación de Jagger). El cineasta quiso a compositores distintos para ambientar a cada uno de los planetas de Dune y comprometió a Pink Floyd (con quienes venía queriendo trabajar desde The dark side of the moon, en 1973) para Arrakis. El encuentro, celebrado en un restaurante de comida rápida, no terminó precisamente bien, pero el cuarteto (que ya había puesto música a películas de Antonioni y de Barbet Schroeder) aceptó. Para otro de los planetas, Jodorowsky pretendió a Karlheinz Stockhausen. El delirio absoluto.

La resolución de todo esto fue enormemente sencilla: el coste de la producción se elevaba a quince millones de dólares y Jodorowsky precisaba cinco millones para empezar a rodar. Nadie, absolutamente nadie, puso un dólar encima de la mesa. Dune fue percibido como un fracaso cantado. El jarro de agua fría fue tal que Jodorowsky tardó 35 años en regresar al cine (aunque fraguó una relación artística con Moebius que puso boca abajo el arte del cómic). David Lynch rodó su versión, que nada tenía que ver, en 1984. Y hace sólo unos meses, el cineasta israelí Ari Folman (director de Vals con Bashir y El Congreso, adaptación de una novela de Stanislaw Lem) ha mostrado su interés en rodar el storyboard que Jodorowsky realizó para Dune. Ahora que faltan apenas semanas para el estreno de El despertar de la fuerza, cabe señalar que, según no pocos críticos, si Jodorowsky hubiese rodado su obra el impacto de Star Wars en 1977 habría sido menor. Otro paradigma, seguramente más libre, se habría impuesto en el cine fantástico. Pero ¿quién da esta ocasión por perdida sin más?

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último