Inauguración de la exposición 'Solovki' en el Centro Guerrero Tras las huellas del primer gulag de la historia

  • Juan Manuel Castro Prieto y Rafael Trapiello exhiben las fotografías de su viaje a la isla Solovkí, antigua prisión soviética convertida en gélido paraíso turístico, en el Centro José Guerrero

Los autores de la exposición, Rafael Trapiello y Juan Manuel Castro Prieto, posan junto a cuatro imágenes suyas. Los autores de la exposición, Rafael Trapiello y Juan Manuel Castro Prieto, posan junto a cuatro imágenes suyas.

Los autores de la exposición, Rafael Trapiello y Juan Manuel Castro Prieto, posan junto a cuatro imágenes suyas. / Álex Cámara

El gulag, según la historiadora Anne Applebaum, "ha venido a denominar no sólo la administración de los campos de concentración, sino también al sistema soviético de trabajos forzados en sí mismo, en todas sus formas y variedades: campos de trabajo, de castigo, de criminales y políticos, de mujeres, de niños. Los prisioneros en alguna ocasión lo llamaron "triturador de carne": las detenciones, los interrogatorios, el transporte en vehículos de ganado, el trabajo forzoso, la destrucción de familias, los años perdidos en el exilio, las muertes prematuras e innecesarias". Solovkí, como se conoce comúnmente en Rusia a las islas del archipiélago Solovetsky, en mitad del Mar Blanco, fue el escenario del primer gulag de la antigua Unión Soviética. Allí se ensayaron los métodos de tortura, reclusión y trabajos forzados que se replicarían en los demás campos de concentración rusos.

Hace cinco años, la revista alemana Mare encargó a Juan Manuel Castro Prieto fotografiar los restos de este primer gulag. El artista madrileño viajó hasta Solovkí acompañado del fotógrafo Rafael Trapiello en agosto de 2015 y abril de 2016. "Allí no había nada. El Gobierno de Putin se había encargado de borrar todo lo que recordaba aquella época dramática", criticó ayer Castro Prieto en la presentación de la muestra que retrata el viaje de los dos fotógrafos a las islas casi polares de Solovkí, antigua prisión soviética convertida en gélido paraíso turístico. La exposición, abierta al público hasta el 22 de marzo, inaugura así el programa de actividades del 20 aniversario del Centro Guerrero.

Un fotoperiodista capta con su cámara imágenes de la muestra. Un fotoperiodista capta con su cámara imágenes de la muestra.

Un fotoperiodista capta con su cámara imágenes de la muestra. / Álex Cámara

La idea de ambos profesionales era "registrar las huellas del pasado desde un punto de vista simbólico, metafórico". "Queríamos que nuestras imágenes ayudaran a recordar lo que había sido el gulag. Hablamos de sensaciones psicológicas. La isla tiene un pasado atroz. Ahora es un paraíso. Se vive muy bien. Hay turistas, pescadores. Quisimos recoger esa dicotomía entre el pasado tenebroso de este lugar y el presente de un espacio hermoso, donde se vive bien", explicó el artista, Premio Nacional de Fotografía en 2015.

En la zona más protegida de la isla Bolshoi Solovetsky, la mayor de todas, a orillas del puerto natural, se encuentra el complejo ortodoxo Monasterio Solovetsky. El Kremlin (fortaleza en ruso), construido en la segunda mitad del siglo XVI, es el edificio más importante de los que componen Solovetsky, una joya de la arquitectura sacra ortodoxa. Tanto es así que el Monasterio fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1992, poco después de la caída del régimen soviético. Sin embargo, esta joya no sólo irradia arte, sino que es depositaria de un pasado cruel.

En efecto, sus instalaciones fueron utilizadas como prisión para los elementos considerados más peligrosos por los zares durante tres siglos, hasta 1883. Tras la revolución bolchevique, el monasterio fue cerrado en 1920. Y tres años más tarde se creó en aquel lugar el llamado Campo Solovki de Propósitos Especiales. Definido por el historiador Aleksandr Solzhenitsyn como "la madre del gulag", Solovkí alojó medio millón de presos. Miles de ellos -se calcula que entre 6.000 y 30.000- murieron allí. Algunos mientras trabajaban en la construcción del Canal del Mar Blanco.

Retratos de algunos de los habitantes de la isla rusa. Retratos de algunos de los habitantes de la isla rusa.

Retratos de algunos de los habitantes de la isla rusa. / Álex Cámara

"No se puede justificar las atrocidades de Stalin"

Trapiello señaló que el archipiélago Solovetsky es un lugar duro para vivir, donde el mar se congela ocho meses al año, que sólo tiene un vuelo semanal, y que para el medio millón de prisioneros que pasó por allí entre 1923 y 1939 fue un sitio de donde era imposible escapar. "Te esperaba la muerte seguro: el hielo quebradizo", aseguró. El fotógrafo también denunció el lavado de imagen de Stalin puesto en marcha por Putin y favorecido por la Iglesia –"no se puede justificar todas las atrocidades de Stalin, el más sanguinario entre los líderes comunistas", reprochó– y pidió recordar que la función principal de la fotografía es la memoria "y sin memoria se pueden volver a repetir las atrocidades que sucedieron, como las de este primer gulag".

Una profesora de Historia, clave en el viaje

Ambos profesionales se toparon con dificultades en su primer viaje. Un periodista ruso debía de guiarles pero no les resolvió nada en absoluto. Incluso les impidieron fotografiar el interior del monasterio. "Paseando un día por la isla vimos un museo naval. Allí nos encontrábamos con Dasha Morozova, una joven que hablaba inglés. Era profesora de Historia en uno de los colegios. Fue nuestra traductora y nuestra fixer. Es la tercera pata sobre el que se apoya este trabajo", destacó Castro Prieto. Morozova les informó de todo lo que había pasado allí, y les presentó a los habitantes de la isla.

Foto de una procesión en Solovkí que, por momentos, emula una fila de prisioneros de camino a los trabajos forzados. Foto de una procesión en Solovkí que, por momentos, emula una fila de prisioneros de camino a los trabajos forzados.

Foto de una procesión en Solovkí que, por momentos, emula una fila de prisioneros de camino a los trabajos forzados. / Álex Cámara

La planta de abajo del Centro Guerrero exhibe fotografías relacionadas con la Iglesia, la máxima autoridad allí, donde aparece devotos y peregrinos. Una de las imágenes más impactantes, donde se retrata la procesión de la Anunciación de Solovkí, emula por momentos una fila de prisioneros. "Hacen exactamente el mismo camino que los presos cuando iban de camino a los trabajos forzados. Una imagen calcada del pasado y del presente", relató Castro Prieto.

Los rostros de la gélida isla

La primera sala reúne imágenes de gran tamaño de los paisajes helados de Solovkí y retratos de sus ciudadanos. Entre ellos destaca uno hecho a Nikolai Dontsov, el hombre más viejo de la isla, en su casa. "Tiene más de 90 años. Fue farero en la isla. Ninguno de los que vive en la isla vivió el gulag. Él nos contaba su historia, su vida. Esto es como en España. Hay mucha gente que no quiere saber nada de la Guerra Civil y otros que saben perfectamente lo que ocurrió", contó el fotógrafo madrileño frente al imponente retrato.

La última planta exhibe las fotografías más simbólicas, las que transmiten esa sensación de opresión, de sistema dictatorial. "Nuestro objetivo es hacer que el espectador que vea las imágenes sienta esos espacios cerrados, esa desesperanza. Con los paisajes y algunas viviendas se palma esa sensación dramático del gulag. Estuvimos en un prisión. No se utilizó nunca como prisión, pero está la atmósfera de la cárcel. Los presos la construyen entre 1937 y 1939. Ese año se desaloja la isla y nunca llegó a albergar prisioneros", precisaron.

Una mujer tras la alambrada del Aeropuerto de Solovkí. Una mujer tras la alambrada del Aeropuerto de Solovkí.

Una mujer tras la alambrada del Aeropuerto de Solovkí. / Álex Cámara

Ejemplos de ello son la mujer tras la alambrada del aeropuerto; los trapos sucios encima de la mesa, como manchados de sangre; la ventana de la celda sellada con tablones de madera; o el obrero en su barracón, que hace recordar a los prisioneros que allí fueron, retratados por los artistas. "No queríamos imágenes llamativas. Hablamos de memoria y de pasado. Nos apoyamos en un lenguaje lírico. La atmósfera es suave y desenfocada. Queríamos generar sensaciones y preguntas en el espectador", zanjaron. Y eso mismo plantean estas fotografías, dudas sobre un pasado que incluso el presente no puede borrar.

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