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Arte

Una semana de ferias: un ARCO con muchas circunstancias

Una de las piezas que puede verse en ARCo

Una de las piezas que puede verse en ARCo / Agencias (Granada)

El arte es un ente vivo manejado por los constantes vaivenes de la existencia social. Sus circunstancias están ligadas a los postulados que un entorno muy definido les quiera dar. Por eso, su realidad ha sido pausadamente definida a través de la historia; desarrollos muy despaciosos que rompieron su tranquilo deambular a finales del siglo XIX para, desde entonces, entrar en una incontrolable dinámica que se iba transformando tal como nacían los nuevos planteamientos. Y esto es igual que lo que ha ocurrido con ARCO y sus particulares sistemas y dimensiones. La Feria de Arte Contemporáneo de Madrid se crea en el momento crucial de la España que quería renacer a lo nuevo. Era febrero de 1982, el partido que gobernaba, primero con Suárez a la cabeza y, después, con Calvo Sotelo, estaba al límite. En lontananza, Felipe González oteaba perspectiva que parecían diáfanas para aquel PSOE, absolutamente distinto a la pobreza reinante del de hoy. El país quería quitarse las legañas del pasado y abrirse a horizontes nuevos; el arte era un novísimo y adecuado medio para hacerlo. Juana de Aizpuru, lúcida, audaz, valiente y emprendedora, lo intenta y, con el apoyo de Adrián Piera, al frente de IFEMA, pone en marcha lo que se convertirá en referencia válida para un primer contacto con el arte más moderno y, especialmente, con el arte internacional; entonces en España sólo atisbado de oídas y casi en blanco y negro.

En los recintos feriales de la Casa de Campo –las primeras ediciones de ARCO se llevaron a cabo en unos espacios expositivos existentes en la Castellana –y en el Campo de las Naciones, desde 1991, se iba a desarrollar una Feria que, aparte de su último y definitivo objetivo comercial, ha servido a la inmensa mayoría de aficionados para tomar el pulso a un arte que, desde hace unos años, no desarrolla absolutamente nada nuevo e interesante.

Pieza de la granadina Marina Vargas adquirida por la Fundación Masaveu. Pieza de la granadina Marina Vargas adquirida por la Fundación Masaveu.

Pieza de la granadina Marina Vargas adquirida por la Fundación Masaveu. / R. G. (Granada)

ARCO viene siendo más de lo mismo; un escaparate para dejarse ver, para ofrecer aciertos coleccionistas –no a los mejores– obras que pueden ser compradas, a mejor precio, en cualquier momento; para aparentar ser algo en el mundo del arte y entrar en un universo de esquivas veleidades. Sí, es verdad, que posee un valor incalculable para que una infinidad de aficionados tengamos la oportunidad de acceder -y recrearnos- a una producción, aceptada y aceptable, que está ahí para ser contemplada y para que la industria artística mantenga ciertos signos de vivificadora existencia. También, y no debemos olvidarlo, para que, al amparo de su poderosa magnitud, aparezcan otras ferias paralelas que promueven lo que ARCO, la madre y maestra, quizás no patrocina, por elitista, soberbia, cara y, a lo peor, ya, poco convincente. Sin embargo, cada febrero, concita un gran interés y atrae a miles de aficionados, provincianos principalmente, que queremos estar presentes en una semana que lleva a Madrid a convertirse en centro mundial del arte y negocio asegurado para una ciudad que se engalana de arte y de significativas proposiciones hacia una realidad que durante todo el año permanece latente pero sin la cohetería mediática de esta semana referencial.

Las ferias paralelas

Pongámonos en la piel de un aficionado entusiasta que acude a Madrid, como cada febrero, para darse de cara con lo que cree puede ser lo más sustancial del arte. Vamos a pensar que llega desde Granada, Málaga, Córdoba, Alicante, Lugoo Jerez. Es jueves y se ha montado en un AVE – o en un ALVIA, cada vez con más dificultad para encontrar billete-. Llega a la Atocha deslumbrante de antaño, ahora bautizada con el interesado apellido de Almudena Grandes. ¡Ya empezamos! Como va bien provisto de información, sabe que este año, el Reina Sofía –lo primero con lo que se va a dar de frente-, como viene siendo habitual por mor de los desvelos afectos de un Director mediatizado políticamente, no merece ni una mirada. Atrás quedaron las maravillas que se daban en la semana de ARCO. Hoy estamos en otros tiempos ideologizados. En el Paseo del Prado, el gran Museo anuncia la exposición de Fernando Zóbel, visita, junto a la de Lucien Freud -en el Thyssen- que hay que dejar para otro fin de semana madrileño. Es tiempo de dejar la maleta en el apartamento turístico que no es, ni por asomo, lo que se anunciaba en la propaganda de internet.

ArtMadrid

La primera cita será en el Palacio de Correos, en Cibeles. Allí, desde hace unos años, se celebra ArtMadrid. Abigarramiento habitual de stands que se repiten ofreciendo casi lo mismo de las últimas ediciones. Salvo excepciones, que las hay, poco donde rascar. Cruzando de acera, nos encontramos el Palacio de Neptuno, junto al santuario de Jesús de Medinaceli, preparado para las avalanchas próximas. Allí se encuentra Justmad que tampoco nos aporta mucho; una feria que empezó bien hace catorce años y ha perdido mucho de su inicial entusiasmo. Lo normal y conocido en stands de galerías venidas a menos que comparten espacios -también mucho en poco sitio- con otras nuevas que quieren abrirse camino. No es mucho lo que se ha encontrado hasta ahora.

Pieza de Paco Poment Pieza de Paco Poment

Pieza de Paco Poment / R. G. (Granada)

SAM –Salón del Arte Moderno-, en la Fundación Carlos de Amberes, proporciona la seguridad de piezas de artistas grandes de la historia del arte reciente. Buenos Barceló, Palazuelo, un Equipo Crónica, varios Dalí, algún Picasso menor, grabados de Miró; un siempre esclarecedor Esteban Vicente y un curioso Ángeles Santos. Buen entrante para entonarse, pero, todavía, casi nada para lo que se busca en el febrero madrileño.

Como no cae lejos, La Fundación Juan March –dirigida por un gestor sabio y paisano, Manuel Fontán del Junco– ofrece unas de las exposiciones que cualquiera debe soñar, la de la pintora surrealista Leonora Carrington. Una muestra que bien vale una visita para ella sola. Será protagonista en otro momento.

Dos ferias se encuentran en la zona de Alonso Martínez y Hortaleza. En la Plaza de Santa Bárbara, se presenta Hybird, una feria que mantiene el formato que, hace años, constituía aquellas comparecencias artísticas en las habitaciones de un hotel. Fue curioso y hasta divertido; hoy no aporta casi nada. Ya, en la calle Hortaleza, en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos, nos encontramos con Urvanity, quizás de lo más interesante de estas ferias paralelas a ARCO. Galerías importantes en el contexto general del arte español –My name’s Lolita, Llamazares, Yusto/Giner, Herrero de Tejada, entre otras y por citar sólo algunas de las españolas- que comparten espacio con algunas internacionales de buen fuste. La presencia andaluza es significativa, con artistas muy importantes en el panorama actual del arte: los granadinos Paco Pomet, Marina Vargas, Rosa Aguilar, los cordobeses Laura Vinós y Fran Baena -al que se le concede el premio residencia Piramidon Centre d’Art Contemporani-, el jiennense Miguel Scheroff, el sevillano Pablo Marchante y la gaditana de San Fernando, Silvia Lermo. Una pieza de la lúcida Marina Vargas era comprada, en ese momento, para la muy importante colección de Cristina Masaveu

ARCO Superstars

No cabe la menor duda, ARCO, es el centro impulsor de la semana grande del arte en Madrid. Muy bien está lo demás; pero lo que se ofrece en IFEMA es de otro mundo, totalmente distinto a lo que se da en otras ferias. Claro que, también existe infinitamente más tonterías, que en otros sitios. Si se deja a un lado las llamativas pamplinas, cada vez menos mediáticas, del marketing artístico –para salir en los telediarios del miércoles y del jueves, con doña Letizia, este año de rosa palo, como centro noticiable-; ARCO es diferente. Lo es todo y, por extensión, es poco.

Me explico. Es, con diferencia donde, en España, se concentra la actuación artística general; donde se puede observar la realidad de un arte con infinitos registros y donde están muchos de los artistas más significativos y las galerías que los representan. Es, por tanto, todo lo que se supone en el arte contemporáneo. Pero, claro está, no es, ni mucho menos, lo que fue ni lo que querríamos que fuera. De ARCO se espera siempre que pueda ofrecer la verdadera realidad de lo artístico; pero vemos que se ha convertido en una estricta feria, en un mercado para vender obras, cuantas más mejor; para sacar beneficios en momentos de tristeza económica. Claro que los coleccionistas de ARCO no aparentan tener tristeza en los bolsillos. Los pobres espectadores esperamos más y nos tenemos que conformar con lo que se nos da, que no es nada más que los argumentos de un arte seguro donde las piezas que se ofrecen son el testimonio de un arte consolidado, pero sin aportar demasiado riesgo. Por lo demás, el visitante se va a enfrentar a los infinitos modos de un arte con muchas circunstancias. Obras que son de artistas del clasicismo moderno, piezas que son eternas, de creadores imperecederos pero no actuales. Hay galerías especialistas en ello y en ellos, Guillermo de Osma, Leandro Navarro, Miguel Fernández Brasso, Helga de Alvear, Miguel Marcos, Rafael Ortiz, Juana de Aizpuru, entre otras. Artistas de todas las dimensiones y de todos los registros. Por cercanía y paisanaje no puedo dejar de nombrar la gran pintura de Julia Santa Olalla, Rubén Guerrero, Ana Barriga –con pieza adquirida por la Fundación María Cristina Masaveu-, Javier Palacios, todo lo de Alarcón Criado, con piezas extraordinarias de Alegría & Piñero, Cristina Mejías, José Guerrero, Ira Lombardia –con pieza comprada por la Fundación DKV-…; Pablo Capitán, Miki Leal, Antonio Montalvo o la pieza de Fuentesal Arenillas, adquirida por la Fundación María José Jove, entre otros. Por cierto, la jerezana Cristina Mejías, presente en Alarcón Criado y Rodríguez Gallery obtiene uno de los premios importantes de ARCO, el IllySustainArt, en su decimocuarta edición. Que esta joven jerezana de treinta seis años es una de las artistas más importantes del panorama español nadie lo debe poner ya en duda.

ARCO es, pues, un auténtico complejo donde se suceden, en cuatro días, un apasionante cúmulo de circunstancias. El espectador debe ser consciente de que todo no se puede apreciar. Es imposible. Hay que saber digerirlo y asimilarlo. Seguramente será complicado quedarse con mucho. No hace falta. Lo que es importante es que aquello te haya enganchado. A nosotros nos enganchó hace más de tres décadas. Y lo esperamos cada año con ansiedad. Que les haya aprovechado.

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