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La sencilla hondura

Es muy difícil hacer sencillo y comprensible lo que pertenece a las profundidades del ser humano. Más aún en pocas palabras o, en este caso, en pocos versos. Sabemos que no todos los que escriben poesía son poetas en el sentido más sustancial de la palabra, ni todos los poetas son capaces a su vez de hablar de la vida sin palabrería ni vanidad. Rafael Juárez poseía ese don. Su modo de mirar el mundo, la delicadeza y la atención con que lo hacía, la manera de mostrar esa mirada, le confería una cualidad poética que nos ha cautivado siempre. Hacía sencillo y bello lo que los demás percibían como complejo o indecible.

No sé si confundo ahora el profundo cariño que le teníamos, las horas de paseo y conversación, con el juicio que me merece su obra literaria. Es un riesgo que asumo sin preocupación. Hablo del amigo poeta o del poeta amigo y no me inquieta la interferencia, pues lo que me importa ahora es mostrar públicamente mi pesar por su muerte y celebrar a la vez una escritura que siempre he recibido con fervor, deslumbramiento y admiración. Sé que al hablar de su poesía no me ciegan las pasiones de la amistad, pero si ocurriera no sería nada injusto, simplemente estaría dando cuenta del entusiasmo de un lector amigo o de un amigo lector.

Me fascinaba de Rafael Juárez la capacidad para hacer que sus poemas parecieran parte de una conversación de gente juiciosa y mesurada, que habla y camina sin prisas, que sabe mucho de la vida pero no alardea, que no malgasta palabras en naderías. Leías un poema suyo, sobre todo en voz alta, y parecía que en realidad estabas escuchando a un pensador sereno y sabio. Todo en su poesía era natural, fluido, significativo. Aunque eso es profundamente engañoso, pues esa percibida sencillez, era el resultado de una trabajosa labor de revisión y afinamiento, tanto en su sentido musical como físico. Rafael Juárez era incansable en esa tarea. Hacer que todo lo que por definición es artificial, y un poema lo es, parezca recién salido de la boca de una persona sutil y transparente es una cualidad al alcance de pocos. Le gustaba especialmente decir sus poemas, no leerlos, y al escucharlo daba siempre la impresión de que estabas participando en una conversación profunda y fácil a la vez.

Esa cualidad era especialmente relevante en sus sonetos, la forma métrica más retórica y artificiosa. Los lees y te da la impresión de que en realidad hablamos así, con palabras precisas y medidas, con acentos en ciertas sílabas oportunas, con rimas imperceptibles y exactas. Nos hacen pensar que la poesía es una prolongación de la lengua corriente, de la lengua que aspiramos a hablar y alguna vez conseguimos.

Rafael Juárez poseía además una cualidad que enlazaba su carácter y su poesía. Era una persona profundamente discreta, en el sentido más primigenio del término, es decir, una persona prudente, reflexiva e inteligente. Su poesía es un reflejo exacto de su personalidad. Nunca percibía escisión entre lo que era cuando conversaba y lo que era cuando escribía. Por eso apreciaba tanto su poesía, porque prolongaba los encuentros de la misma manera que los encuentros introducían a su poesía. Para quienes frecuentábamos a Rafael Juárez, su poesía será ahora la pauta de una conversación interrumpida, sin posible continuación ni respuesta por nuestra parte. No es consuelo pensar que, ausente el amigo, nos queda su palabra, pero al menos alivia saber que su poesía puede paliar un poco su ausencia física, llenar el vacío de un cuerpo ya sin posibilidad de abrazo.

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