Literatura

El señorito y la comunista

  • Almuzara ha recuperado la primera novela de Gonzalo Torrente Ballester dentro de su colección ‘La Guerra Civil contada por sus protagonistas’

El señorito y la comunista El señorito y la comunista

El señorito y la comunista / Archivo

A Gonzalo Torrente Ballester lo descubrí hace treinta años gracias a dos novelas: Filomeno, a mi pesar (1988), que me regalaron, y Crónica del rey pasmado (1989), que me regalé. Durante bastante tiempo le fui aceptablemente fiel -leía lo que publicaba, rebuscaba en su obra previa–, pero reconozco que no había vuelto a su narrativa desde hacía mucho. Los días sólo tienen veinticuatro horas e incluso el mejor lector es un lector con limitaciones, ¡imagínense yo! No había leído hasta ahora Javier Mariño, su primera novela, porque lo poco que sabía de ella lo desaconsejaba; todo lector tiene sus prejuicios, y yo no voy a ser menos.

El mismo autor no le tenía gran estima, ¿por qué perder el tiempo en una obra menor pudiendo llenarlo con obras mayores? He cambiado. En el camino del lector abundan las revelaciones y, en lo que a mí concierne, he descubierto que hay obras “menores” que dejan un impacto más duradero que otras reputadas “mayores”. No es el caso, pero pudo haberlo sido ciertamente.

La historia de la novela merece consignarse: Gonzalo Torrente Ballester escribió Javier Mariño entre el otoño de 1941 y el otoño de 1942. Llegado el momento de publicarla, el escritor introdujo diversas modificaciones en la novela a fin de hacerla grata al régimen franquista. (Su condición de miembro de la Falange debería haber sido aval suficiente, pero no). La novela apareció en diciembre de 1943 y fue retirada de la circulación apenas tres semanas más tarde. Había en sus páginas muchas cosas muy molestas para los Guardianes del Orden, justamente esas cosas que la hacen atractiva a un lector actual.

El informe censor se lamentaba de que había un exceso de “imágenes lascivas” y un evidente regodeo en ellas; más: al censor le disgustaba la posición política del protagonista, muy ambigua; más: Mariño carecía de auténticos sentimientos religiosos, etc. Torrente Ballester la rescató del olvido en la edición de sus Obras completas, en 1973, y Seix Barral la publicó como volumen individual en 1985. En ambas ocasiones, el novelista hizo ajustes de diversa consideración. Hoy, la editorial Almuzara la ha incluido en su colección 'La Guerra Civil contada por sus protagonistas'.

El desarrollo narrativo acusa estas circunstancias adversas. Esa pretensión suya de nadar y guardar la ropa deviene contraproducente, pero Torrente Ballester logra introducir diversas cuñas polémicas en el relato, ya en su planteamiento. El tal Javier Mariño, un señorito muy leído y mujeriego –“cualquier mujer bonita podía seducirlo”–, se marcha de España a mediados de julio de 1936 en vísperas del golpe de estado. Su primer destino es París; luego querría embarcarse hacia América.

En París recibe las primeras noticias del “pronunciamiento” del 18 de julio, así lo llama él. Mariño declara sus simpatías por los “sublevados” en diversas ocasiones, pero esas simpatías chocan ciertamente con la indiferencia, incluso el cinismo, que muestra hacia las cuestiones políticas en general.

La novela cuenta su historia de amor con Magdalena Hauteville, su Julieta particular en esa nueva historia de Montescos y Capuletos. Javier, conservador hasta la médula, cae rendido ante la poderosa personalidad de Magdalena, una joven militante marxista que toca La Internacional al piano y llama “camaradas” a sus amigos. ¿Un intento de reconciliación de las dos Españas? No exactamente. El comunismo de Magdalena es de quita y pon –como el de muchos políticos de izquierda– y ella abjurará de él por amor a Javier.

El valor histórico de Javier Mariño está por encima de su valor literario. Y, aun así, toda ella nos deja entrever el gran escritor en ciernes que hay detrás. Hay apuntes muy sugerentes: “Yo soy el hombre que se puso una careta –confiesa el protagonista–, y ahora descubre, sorprendido, que la máscara se ha hecho rostro, que el cartón tiene sangre y que no me la puedo arrancar”. En otros pasajes, resultan enormemente interesantes las contorsiones discursivas empleadas por el autor para introducir un debate constructivo (pero ni siquiera eso le estaba permitido).

Por desgracia, el personaje que domina la ficción es demasiado débil (o lo debilitaron las sucesivas reescrituras) y el lector moderno asiste con perplejidad a algunas dudas existenciales suyas, que Torrente Ballester secunda: Javier Mariño rechaza a Magdalena no por su credo político, sino por no ser virgen (!). Sea como fuere, aunque lejos de sus mejores trabajos, en las páginas de esta novela nos reencontramos con la prosa rotunda, limpia, elegante, sólida e inagotable de ese gran novelista que fue Gonzalo Torrente Ballester.

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