El niño del rollo

Calle Silencio

Alguno de ellos quizá me saque de algún error y a los más equivocados confío en convencerlos yo.

Querida mamá: ¿qué tal por la España vaciada? Os escribo esta carta, como antiguamente, ya que os habéis quedado otra vez sin luz ni teléfono en la comarca. El servicio ferroviario no se ha visto afectado, gracias a Dios, pues lo suprimieron hace treinta años.

Me he quedado en el piso del primo Vicente, en la calle Silencio, mientras hago los preparativos para el curso. El primo me ha ofrecido que siga con ellos. Tienen un cuarto libre porque al hacerse vegetarianos tuvieron que echar a un teleco aficionado a los toros, tras dos tensas semanas sin hablarse. Tampoco les dirigen la palabra a los del piso de al lado, unos traidores errejonistas de la peor especie, ni a los catalanes del 3º, no vayan a ser independentistas. La tensión es incluso mayor entre los neoliberales del 4º A y los conservadores del 5º B; así que en el edificio solo se cuchichea de puertas para adentro y reina un silencio que hace justicia al nombre de la calle.

Por la tarde acompañé al primo a boicotear un debate organizado por feministas regulacionistas, que son las principales culpables de la explotación de las prostitutas. Nosotras, me aclaró Vicente, no hablamos con ellas porque somos abolicionistas. Boicoteado el acto, fuimos a celebrar el éxito, pero tuvimos que repartirnos entre dos bares, ya que algunes del grupo creen en la existencia de hombres y mujeres, algo que nosotres negamos.

Llegó la novia de Vicente, pero no hablaron apenas: están a punto de romper. Maya es, según Vicente, una vegana demasiado dogmática. Lo acusa de complicidad con el holocausto animal, ya que él consume miel ocasionalmente. Vicente está un poco solo. Ha perdido a sus amigos comunistas, porque hablan bien de Fidel Castro, y ya no puede quedar con gente del PSOE, que es igual que la del PP.

Me acosté pronto, pues de tanto odiar a tanta gente me dolía el estómago. Al levantarme decidí que no me voy a quedar en el piso de Vicente, así que fui a la Universidad a rellenar una ficha. La funcionaria me preguntó si fumo. Le dije que no, pero que estaba dispuesto a convivir con fumadores, culés, anticapitalistas, cofrades, libertarios, nacionalistas andaluces, regionalistas granadinos y hasta votantes de Vox. Le expliqué que alguno de ellos quizá me saque de algún error y que a los más equivocados confío en convencerlos yo. Solo puse una condición: "por favor, que el piso no esté en la calle Silencio".

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