Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
En un curso de coaching al que asistí hace años me explicaron cosas interesantes. Entre ellas el hecho de que en todas las organizaciones hay que distinguir entre dos tipos de colaboradores en función de la lealtad que van a observar en el ejercicio de sus funciones. Lo resumían con dos términos aclaratorios: o eran soldados o eran mercenarios, así, sin medias tintas.
El aspirante a soldado sería aquel que busca estabilidad, identidad común, vive el compañerismo y piensa a largo plazo atento siempre al bien propio, al de los compañeros y al de la misma organización. A cambio, obedece y da lealtad, esfuerzo, renuncia y exclusividad.
Por contra, el mercenario colabora según las variables implacables de la ley de las ofertas que recibe y la demanda que ofrece siendo su lealtad puntual, volátil y estando ésta en permanente subasta al mejor postor. A cambio, carga en soledad con el precio de su libertad.
Me vino bien esta división para entender el encaje en la madre España de Cataluña. Pero algo chirría aún así.
Porque Puigdemond (que de soldado ni el valor tiene) sería claramente un mercenario demasiado escorado hacia la traición de crear su propio Estado. Su estrategia última es evidente: busca la amnistía pero no para integrarse mejor sino como un medio más para alcanzar su objetivo declarado. En definitiva se debe a sus votantes, esa horda de la burguesía catalana conservadora que se lucró amparada por el régimen del caudillo Pujol del cual son hijos que ahora exigen (sic) que se borre de un plumazo el tropel de delitos, condenas y, si les dejan, hasta que se les indemnice. Si Groucho Marx levantara la cabeza hablaría en catalán, fijo.
Estos mercenarios catalanes piden de nuevo la luna sin mayor novedad tras casi una década fuera de la realidad. Lo cual se ha vuelto normal. El problema de este loquero político es que el nuevo médico (Sánchez) necesita que los ‘boixos’ de Waterloo le den el puesto. Y así escuchamos boutades que pretenden estirar y retorcer el espíritu de las leyes o minimizar las faltas cometidas en el empeño desesperado de un ansioso cuerpo facultativo (el gobierno en funciones) que ya se repartió los puestos antes incluso del veredicto de los pacientes. Un manicomio en toda regla como se ve.
Semejante desquiciamiento, si no se devuelve a la razón, agravia al resto del colectivo que mira cómo la injusticia territorial se abre paso con impunidad, deslealtad y mucha, muchísima caradura.
También te puede interesar
Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Privados fuimos
Las dos orillas
José Joaquín León
Ridículo internacional
Postdata
Rafael Padilla
Padre mío
Lo último